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jueves, abril 30, 2026

Economía de guerra

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“No hay peor lucha que la que no se hace” (dicho popular)

A estas alturas, nadie puede negar o ignorar los efectos económicos de la guerra. De hecho, algunos países han hecho fama y fortuna gracias a sus empeños en despanzurrar gente, hacer papilla a enemigos reales o ficticios que se interponen entre ellos y el oro, la plata, el petróleo, tierras raras o el agua.

Está demostrado que en la medida en que alguna nación se interesa por lo ajeno, desarrolla el arte de la diplomacia y la guerra; es decir, la economía da lugar al derecho y la política o, en otras palabras, habiendo interés material habrá normas y formas que lo protejan.

Si nos fijamos atentamente en las trapacerías gringas, desde hace aproximadamente 250 años, su ánimo belicoso se relaciona con la defensa y construcción de un “espacio vital” que, por obra de algún sagrado designio, se amplía, y amplía, y amplía.

¿Para qué sirven las fronteras si no se pueden violar, mover y alterar?, ¿de qué sirve tener armas si no se pueden utilizar para tener más armas y recursos estratégicos de uso extensivo e intensivo en la industria y el comercio? ¿Para qué sierve la vecindad si no es objeto de abusos y manipulaciones expansivas?

Ahora, si partimos del supuesto de que estamos rodeados de enemigos reales o virtuales, entonces cualquier cosa que se mueva a la redonda es una amenaza potencial que hay que atacar preventivamente, porque al que madruga Dios lo ayuda. Porque más vale pedir perdón a pedir permiso. Porque “se me figura que eso puede ser peligroso… o lo es”.

Si Dios mismo designó (según ellos) a los Estados Unidos como una sede alterna de la tierra prometida, o un paraíso 2.0, o la nueva Jerusalén, o el espacio terrenal donde se fragua la democracia, la paz y la justicia; o el tribunal nombrado por Dios para juzgar preliminarmente a vivos y a muertos y dictar sentencia como se le frunza.

Entonces podemos suponer por qué se sienten amenazados por algo que pasa a 10 mil kilómetros de su frontera, se sienten obligados a meter las manos, la nariz y las armas en cualquier parte del planeta donde, desde luego, haya metales preciosos y otros recursos aprovechables industrialmente, en un territorio seguramente mal gobernado que requiere urgentemente que alguien ponga orden.

Por eso las intervenciones, los golpes de estado y las andanadas de desestabilización política y económica; por eso las 800 bases militares en el mundo. Por eso el monopolio de la verdad, la comunicación, las costumbres, las tendencias y las explicaciones del progresismo hecho sociología, ciencia, educación y destino.

La guerra y el uso de explosivos atómicos o no, es la demostración de que hay alguien que tiene el ánimo y los recursos para hacer del progreso y el avance social una caricatura, una broma vacía y una respuesta a casi todo lo que requiera firmeza y decisión. Es el acto supremo del onanismo político.

Parece ser que la solución para casi cualquier problema es alguna generosa carga explosiva, tal como ocurrió en la etapa del auge de los monopolios en el propio suelo estadounidense. Un bombazo acababa con la competencia y ablandaba el ánimo de los sobrevivientes. El sistema vio la luz a base de explosiones.

Los bombazos han evolucionado hasta llegar a cargas radioactivas, mediáticas, financieras, económicas, políticas, sociales, culturales… Un rumor, una amenaza, una revelación fuera de contexto puede hacer caer un gobierno, tronar una economía, un régimen y una legitimidad desprevenida.

Los horrores a que nos tiene casi acostumbrados el vecino del norte buscan convertirse en argumentos de razón y derecho, porque el temor termina siendo un instrumento educativo, una parte esencial del arsenal mediático y práctico de la dominación imperial.

La resistencia al abuso parte de la autoestima, del respeto a la historia nacional, de la voluntad de hacer posible lo necesario (como decía el promocional de la antigua Conasupo). Empecemos industrializando al país, diseñando un plan de desarrollo industrial propio, sin injerencias ajenas, sin dedicatoria al sector privado transaccional, que responda a los intereses nacionales, sin simulaciones patrioteras o demagógicas.

Lo cierto es que, si queremos la paz, debemos ser pacíficos y promover la paz. Lo absurdo del caso es que nuestros vecinos y socios europeos insisten en lo contrario, aumentan el gasto militar por la vaina de que Rusia los quiere atacar, algo así como asustar a los ingenuos con el petate del muerto, mientras la industria armamentista gringa engorda a ojos vista.

Cabe recordar que cuando no hay ni talento ni voluntad para la paz, siempre queda el recurso de hacer explotar una bomba. La economía de guerra es y será el recurso práctico de los imbéciles e incapaces, pero con poder y sin respeto por el derecho, las libertades y la democracia, por eso se acompaña de hipocresía y cinismo.

Nuestro país junto con la sociedad latinoamericana y caribeña deben pronunciarse, actuar en consecuencia y dejar de ser cómplices activos o pasivos de la barbarie.    

Como dijo el maestro Amadeo Hernández Coronado, a la sazón director de la secundaria de la Unison en la década de los 60, “el movimiento se demuestra andando”.

http://jdarredondo.blogspot.com

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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