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miércoles, marzo 18, 2026

Paso a pasito

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Qué diferente es pensar la vida a los ochenta que a los veinte años, pero no crea que hay mucha diferencia en cuanto al método. Ahora alzo la mirada, miro unos metros adelante para saber hacia dónde me dirijo, y hacia allá voy, fijándome en cada paso que piso para no tropezar, porque si no lo hago, directamente al suelo voy a dar, y en este dar es en donde se podrían presentar las fracturas de nuestros huesos, huesos rotos que incapacitan nuestra vida.

Permítame hacer un paréntesis: ciertamente, el envejecimiento es inevitable y así como se nos nota al andar o en la piel de las manos, igual se va deteriorando el cerebro y los demás órganos. Los huesos no tendrían que ser la excepción. Esto que le comento no es un catastrofismo. El envejecimiento es un acontecer natural, como natural es también nuestra naturaleza pensante, que puede adelantar o retrasar el proceso del envejecimiento.

En este ir viviendo, vemos por allá al bello Narciso, a quien los augurios le habían predicho que viviría muchos años siendo hermoso y conservaría su belleza, siempre y cuando no se admirara a sí mismo, porque, de ser así, envejecería. Era tal su hermosura que se enamoraban de él tanto hombres como mujeres. Era pedante el tipo.

Cierto día, una pobre chica de nombre Eco se enamoró de él y él la repudió. Entonces, por aquí entra Némesis (la diosa de la justicia y la venganza), quien salió en defensa de la joven. La diosa sabía aquello de las pitonisas e indujo al pedante para que se mirara en aquel arroyo de aguas espejeantes, y zas, cayó redondito. Y en su tanto mirarse, se quedó pegado en sí mismo y, al ver que envejecía, entristecido (en depresión profunda), acabó con su vida.

Disculpe, lector, por haberme salido del guion original. Pero esta historia no se ha terminado: un poco más acá, está Cleopatra bañándose en una tina con leche de burras, o un Juan Ponce de León perdiéndose en la Florida en la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, o el personaje de la novela de Oscar Wilde en donde Dorian Gray no envejece, en cambio su retrato sí; o en el aquí, con los trastornos obsesivos compulsivos de quienes no salen de los quirófanos componiéndose lo que no les desfiguraron ayer, metidos y metidas en sus fobias dismórficas. Todo por negarse a envejecer.

Con esto no estoy negando el derecho de las personas de cualquier edad de arreglarse esto o aquello, o el uso de hormonales y más; esto es parte de la personalidad de cada cual y expresión de nuestra cultura.

Ni quién lo dude, le decía, el envejecimiento es natural, pero también natural es nuestra capacidad pensante.

Le comento: por las mañanas, después de hacer mis caminatas en el parque, antes de llegar a mi casa, me detengo en la tienda de Ismael para comprar lo mandado por Carmen (y lo hago porque prefiero que mi dinero quede en los bolsillos de uno de los nuestros y no que se vaya hacia el extranjero).

En esto estaba cuando, delante de mí, se encontraba un joven como de unos treinta y pico de años, con unos audífonos haciéndolo oír lo que oía sin oír a su entorno. ¡Uy!, con los accidentes de tránsito… El muchacho pagaba dos cajetillas de cigarros. Disculpe, lector amable, ya me fui de lado, pero sigo por ahí.

Hay un refrán popular que dice: “Así como es nuestra juventud, así será nuestra esperanza de vida”, y por el refrán me salió lo entrometido. Fue entonces cuando le tenté el antebrazo, él se despojó de ladito los audífonos y le dije:
—Pobrecitos pulmones.
—De algo me tengo que morir —me respondió despectivamente.

Esto me trajo a la mente a la muerte, quien acaba con nuestra esperanza de vida. Uno ha venido creyendo que la muerte se encuentra por allá en la lejanía, pero no, ella es nuestra compañera cotidiana, y conforme pasan los años, su presencia es una actualidad al avisarnos que de aquella camada con quienes convivíamos, cada vez se reduce más.

Recuerdo el funeral de mi padre, cuando un amigo de la infancia me comentó:
—Compadre, ahora seguimos nosotros.
Y así es, y es cuando uno quisiera quitarse los años. Pero no: ¡lo vivido, vivido está!

Ahora deseo volver al tema, pero me brotan otras ideas, por lo que sigo de lado. A uno lo han venido haciendo creer que la esperanza de vida ha aumentado gracias a las medicinas. Ciertamente, estas han influido, pero principalmente ha aumentado porque ahora tenemos mejores servicios públicos, mayor disponibilidad de alimentos, menos analfabetismo que antes, y más.

Mire usted, la naturaleza es tan sabia que nos dejó un organismo con una organización que me hace recordar a don Sebas. Él era un corredor madrugador de la Milla (amigo del psiquiatra Fernando Pérez Beltrán y de la Lic. Lourdes Gómez).

Cierto día, don Sebas concursó en una carrera en Chihuahua y, a su regreso, me comentó:
—Fíjate, doc, en la carrera sufrí una caída. Era de bajada, di una vuelta en el aire, reboté en el piso de cemento y seguí corriendo.

Don Sebas tenía ochenta y tantos años. Él probablemente no fumó dos cajetillas de cigarros diarias, pero esto sí: don Sebas no tenía osteopenia (disminución de la masa ósea, propia de la vejez). Sus huesos estaban muy bien nutridos porque en su sangre fluían el suficiente oxígeno y los nutrientes elementales que lo hacían tener sus huesos duros y fuertes, que vislumbraban una esperanza de vida prolongada.

Le decía al principio sobre la diferencia del pensar entre los jóvenes y los viejos, pero en cuanto al método, existe poca diferencia. Antes, en la infancia, las metas no existían, pero al crecer, uno se las ponía a corto, mediano o largo plazo. Pero ahora, uno las va cumpliendo al dar el paso, para ir: paso a pasito.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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