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viernes, septiembre 11, 2026

La lectura como mercancía y el libro como estatus social

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Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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Se viene de nuevo la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, el evento editorial más grande del mundo en habla hispana, y de nuevo se viene también el torrente de publicaciones y presentaciones, de novedades editoriales y escritoras(es) codeándose unos con otros en los pasillos del centro de convenciones. La FIL es un negociazo, un eje central en el balance de capitales donde se columpian las figuras públicas que escriben libros en nuestra lengua. Como tal, es un pretexto perfecto para pensar, aunque sea de paso, en las implicaciones del mercado del libro y el capital social y cultural que conlleva.

Hay quienes aún, no sólo desde el lugar común, piensan que el libro se escapa de maneras diversas de los circuitos de circulación capitalistas. Ya sea a través de los estímulos públicos que en muchos de nuestros estados todavía hacen posible la publicación de obras literarias que poseen un amplio rango de calidades y hallazgos felices; o tal vez a través de museos o bibliotecas hay supuestos de que el libro está exento de la comodificación, por usar el calco del inglés. Esto, claramente es un intento fallido de lograr lo imposible: que el libro se quede en un espacio meramente estético, fuera del mercado.

Para probar esta ingenuidad, no sólo hay que recurrir a la inmensidad del duopolio del mercado del libro en español, es decir Grupo Planeta y Penguin Random House. Pienso, mejor, con lo que ha escrito José Ramón Ruisánchez en Libro Mercado: “no sólo debe pensarse el libro como mercancía,, sino que puede pensarse como la mercancía arquetípica del mercado contemporáneo: un artefacto cuyo valor no reside en sus pobres materiales, sino en un más allá. Un más allá que proviene del esfuerzo intelectual de su autor”. Es decir, el libro es aquel que no vende su materialidad. Al contrario, el libro guarda su valor en la promesa de que el lector se encuentre en él, de que ese trabajo intelectual diga exactamente eso que yo nunca he podido decir.

En este sentido, el libro, sea el de un Premio Nobel o un manual para hacer dinero fácil, funciona igual que un huevito Kínder Sorpresa. No compramos el libro por lo que está ahí afuera, sino por el juguete inservible que hay que descubrir. Esa es la mercancía por excelencia, la que promete algo más que su apariencia, que sus materiales más sencillos. Es aquella cosa que siempre fracasa en llenar el vacío por el que la compramos en primera instancia.

Esto está muy claro en los libros que no pretenden ser remotamente un objeto estético. Pienso precisamente en los libros de autoayuda, esos que prometen una “desintoxicación” bastante ingenua y los manuales de finanzas para dummies, o mejor aún, aquellos que prometen siempre resolverte la vida en pareja con algunos tips insuperables. La inmensa superficialidad de su escritura, esa que se declara de entrada como un “manual de uso”, es exactamente la promesa de su potencia como objeto de consumo. El libro como la mejor mercancía posible es aquel que transforma a la lectura de sí misma en la promesa de la siguiente lectura. De ahí el éxito de los Best Sellers, sólo leyendo esto puedes leer el siguiente, y si los lees todos entonces cambiarás tu vida, y etcétera etcétera.

Basta después ver de qué manera el capital de este trabajo y el sano producto de sus ventas se traduce en capital cultural. Ahí en las exclusivas cenas entre personas que escriben para los grandes conglomerados editoriales se encuentran en primera fila los nombres más reconocidos del gremio. No están ahí por la inmensidad de su talento (o no necesariamente), sino por la inmensidad de su capital cultural que es consecuencia natural de la promesa incumplida de su trabajo.

Podríamos incluso ir más allá. Ya no hablemos de un gremio intelectual selecto, hablemos de una clase intelectual que no está en las instituciones públicas, sino que vive de la promesa siempre imposible del capital: aquí, en este producto listo para abrirse, está la sorpresa pasajera que no sustituye el deseo del siguiente producto. Y así, también la gran literatura, esa que está en todas partes, es también parte del capital. Nadie se escapa de ese mecanismo, ni siquiera aquel que pretende producir objetos enteramente estéticos.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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