Un brazalete dorado con el perfil de un mono araña y dos picos cónicos, a manera de rosetones, que muestra semejanza con ornamentos de ese tipo pertenecientes a la colección de orfebrería prehispánica conocida como las “Joyas del pescador”, fue repatriado, a través del Consulado General de México en Nueva York, Estados Unidos.
Las secretarías de Relaciones Exteriores y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), concretaron su restitución en coordinación con la sede consular, la cual recibió la pieza en una entrega voluntaria de un particular, a finales de 2025.
Tras su dictaminación como bien arqueológico mueble, por personal de la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos (DRPMZAH)del INAH, el brazalete fue trasladado a la Ciudad de México, donde la Consultoría Jurídica de la Cancillería hizo su entrega a las autoridades del instituto.
El subdirector de Registro de Monumentos Arqueológicos Muebles de la DRPMZAH, Alejandro Bautista Valdespino, indica que el objeto consiste en un fragmento de banda de 8 cm de largo y casi 2 cm de ancho, ondulado y curvado, elaborado en metal mediante técnicas de fundición a la cera perdida y filigrana, por orfebres zapotecos en el periodo Posclásico Tardío (1200-1521 d.C.).
Mediante las imágenes brindadas por el consulado, de forma preliminar, los peritos de esta instancia observaron que sus características coinciden con las de una docena de brazaletes, completos e incompletos, elaborados en una aleación de oro con un porcentaje de plata y cobre, del conjunto conocido como “Joyas del Pescador”, bajo resguardo del Museo Local Fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz.
Como narra el arqueólogo, hace 50 años, al sumergirse en busca de pulpo entre los corales del río Medio, Raúl Hurtado Hernández vio un destello dorado.
Al cabo de los días, extrajo diversas piezas metálicas, varias de las cuales vendió y luego fueron fundidas por joyeros de la localidad, hasta que las autoridades fueron alertadas y le decomisaron los objetos que aún conservaba.
Es de suponer, comenta Bautista Valdespino, que el brazalete en cuestión haya sido una de las piezas que lograron ser vendidas y, en un momento dado, traficada de forma ilegal hacia Estados Unidos.
El saqueo de Diego de Figueroa
En la tarea de documentar y analizar este bien, los especialistas de la DRPMZAH han consultado estudios previos, como los realizados por la investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas, de la Universidad Nacional Autónoma de México, Edith Ortiz Díaz, relativos al origen de aquel cargamento de oro y el intento fallido de atravesar el océano Atlántico con él.
A través de fuentes del siglo XVI y excavaciones en la región, Ortiz Díaz reivindica la Sierra Juárez, en Oaxaca, como área de expansión zapoteca en la época prehispánica, conocida por sus placeres auríferos. De ahí que también fue codiciada por los españoles, una vez sujeto a la Corona española el gobernante de México-Tenochtitlan, Moctezuma II.
De esta manera, hacia 1526-1527, Diego de Figueroa fundó la Villa Alta de San Ildefonso de los Zapotecas, quien “después de establecer el cabildo y repartir las encomiendas, tuvo problemas con Alonso Herrera, el primer gobernador de la villa. En un altercado entre ambos, Figueroa salió herido, y se dedicó a saquear las tumbas de los antiguos caciques de la sierra, buscando oro para regresar a España.
“Al salir del puerto de Veracruz, su barco se hundió. Esta historia viene a colación debido a que la colección conocida como las ‘Joyas del pescador’, se atribuye como parte del botín saqueado por Figueroa en sus correrías por la sierra”, anota la experta en su artículo La metalurgia prehispánica en Oaxaca.
En el mismo, explica que la hipótesis de que este corpus sea originario de la Sierra Norte de Oaxaca se sustenta –además de los escritos de Bernal Díaz de Castillo, su estilo e iconografía– en que fue analizado con métodos químicos, mediciones de fluorescencia y exámenes microscópicos, que determinaron las técnicas de fabricación y las aleaciones ternarias (porcentajes de oro, plata y cobre) que componían a cada objeto.
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Por su parte, el arqueólogo Bautista Valdespino concluye que, además de la información aportada por la arqueóloga Ortiz y las características propias del brazalete prehispánico recién recuperado, el análisis de sus aleaciones confirmará que forma parte de las “Joyas del pescador”.



