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lunes, agosto 17, 2026

Para los hombres no hay santuarios

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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La mariposa monarca recorre cada año más de 4,000 kilómetros desde Canadá y Estados Unidos hasta los bosques de oyamel en Michoacán, un viaje que no requiere visa ni permiso, y que culmina en un santuario protegido por la ley y por acuerdos internacionales que entienden que, si el bosque desaparece, la especie también lo hará. Los hombres, en cambio, migran y encuentran muros, vallas y políticas de disuasión que los tratan como una amenaza en lugar de como lo que son: personas que buscan sobrevivir. La diferencia no es biológica, es política. La monarca es admirada; el migrante, criminalizado.

Los números son brutales y no dejan lugar a dudas sobre la dimensión de la crisis. El pasado 30 de julio, cerca de 72,000 personas intentaron cruzar las vallas de Ceuta y Melilla, y muchas murieron en el intento. La cifra oficial de fallecidos ronda los 67, pero organizaciones de derechos humanos elevan el número a más de 140, y los cadáveres recuperados en las costas marroquíes no siempre se contabilizan, lo que deja una estela de desaparecidos sin nombre ni registro. En América Latina, la situación es igual de devastadora: la Organización Internacional para las Migraciones reportó que en 2026 más de 390,000 personas han cruzado el Darién, una selva letal que conecta Colombia con Panamá, y solo en agosto fueron 82,000 las que se adentraron en ese infierno verde. La mayoría proviene de Venezuela, Ecuador y Haití, y son familias enteras que caminan sin agua, sin comida, sin protección, expuestas a la violencia, el robo y el abuso sexual, y muchas de ellas no logran llegar al otro lado. México, por su parte, sigue siendo la ruta principal para medio millón de centroamericanos que atraviesan el país cada año huyendo de la violencia y la pobreza en el Triángulo Norte, y en el camino son extorsionados, secuestrados y violados por el crimen organizado y, en muchos casos, por las propias autoridades que deberían protegerlos.

La respuesta de los gobiernos no ha estado a la altura de la tragedia. Europa responde con vallas y devoluciones en caliente, una práctica que ha sido condenada por organismos internacionales pero que sigue aplicándose con normalidad. Estados Unidos construyó más muro fronterizo durante la administración Trump y ahora presiona a México para que detenga a los migrantes antes de que lleguen a su territorio, mientras que México militariza su frontera sur con la Guardia Nacional y aplica una política de contención que no resuelve el problema de raíz, solo lo desplaza y lo vuelve más peligroso. Y mientras tanto, los países de origen siguen expulsando gente porque sus economías están colapsadas, sus Estados son débiles y la violencia es cotidiana. Venezuela se desmoronó. Haití no logra levantarse. Honduras, Guatemala y El Salvador siguen siendo territorios donde el crimen organizado es más fuerte que el Estado, y donde la falta de oportunidades empuja a millones a arriesgar su vida en rutas mortales.

Nadie habla de crear santuarios para los migrantes, y eso no es casualidad, porque la decisión de no recibir es una decisión política, no una imposibilidad material. Europa podría abrir corredores seguros, pero no quiere. Estados Unidos podría regularizar a millones de personas, pero no quiere. México podría ofrecer protección a quienes cruzan su territorio, pero no quiere. Los santuarios de la monarca existen porque alguien decidió que valía la pena protegerlos, pero para los hombres no hay santuarios porque nadie ha decidido que valga la pena protegerlos, y esa indiferencia tiene consecuencias mortales. Las muertes en el Mediterráneo, en el Darién y en el desierto de Sonora no son accidentes, son el resultado de políticas diseñadas para disuadir, contener y devolver, no para acoger y proteger.

Hasta que no cambie esa lógica, los muertos seguirán acumulándose y las fronteras seguirán siendo cementerios. La mariposa seguirá encontrando su santuario, porque la naturaleza no entiende de decretos, pero los hombres, los que sobreviven al viaje, seguirán buscando un lugar donde detenerse sin ser perseguidos, y muchos no lo encontrarán porque para los hombres, al menos por ahora, no hay santuarios.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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