
En abril, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum decidió intervenir en Morena, quedó claro que el partido y el Gobierno tenían un problema: la fallida dirigencia de la presidenta Luisa María Alcalde Luján y del secretario de Organización, Andrés Manuel López Beltrán. Su retiro de los cargos pareció darle un respiro a la 4T, pero hoy, apenas tres meses después, Luisa y Andy vuelven a ser un problema.
La dupla Luisa-Andy había llegado a los principales cargos de dirección de Morena en septiembre de 2024, sin nadie que se animara a participar en una competencia interna con ellos. Su designación se dio cuando Andrés Manuel López Obrador aún era presidente de la República, a una semana de la toma de protesta de Claudia Sheinbaum. Fue una especie de herencia política que, junto con el “Plan C” de reformas constitucionales, maniató a la presidenta en los albores de su sexenio.
En un inicio, la presidenta parecía conforme, pero muy pronto los problemas afloraron: la falta de comunicación entre ellos dos, su mala relación con los coordinadores parlamentarios, sus diferencias con los partidos aliados (Verde y PT), sus decisiones erráticas, el fracaso de la reforma político-electoral, los malos resultados electorales en las elecciones locales de 2025 (Durango y Veracruz), y la anunciada derrota en Coahuila en los únicos comicios de este año. Todas las señales apuntaban a la urgencia de sacarlos del partido. Y así lo hizo Sheinbaum.
En abril, la dirigencia ya había emitido lineamientos para comenzar la selección de candidatos para 2027, y preparaba la estrategia para la elección más importante del sexenio. Pero, justo en ese momento, la presidenta Sheinbaum decidió intervenir y sustituirlos por dos de sus principales colaboradoras: Citlalli Hernández, secretaria de las Mujeres, y Ariadna Montiel, secretaria del Bienestar.
A ellas se sumó una tercera: Esthela Damián, quien tuvo que desalojar la Consejería Jurídica de la Presidencia para que Sheinbaum pudiera darle una salida digna a Luisa María Alcalde.
El costo para la presidenta fue muy alto: de un plumazo se deshizo de tres de sus colaboradoras más eficientes y cercanas en el Gobierno, para tratar de resolver una crisis en el partido, provocada por los yerros de los jóvenes Luisa y Andy, las dos caras más visibles de lo que AMLO llamaba “el relevo generacional” de Morena. Jóvenes y ambiciosos, herederos de un poder obtenido por derecho consanguíneo, ambos fueron privilegiados por sus apellidos y ambos sucumbieron en la hoguera de las vanidades del poder.
Luisa, “la censora”
Luisa María Alcalde tiene muchos más méritos que él. Nacida en 1987, estudió en la Facultad de Derecho de la UNAM; en 2012 fue electa diputada plurinominal de Movimiento Ciudadano y, en 2015, dejó la bancada naranja para sumarse al naciente partido Morena. Hija del abogado laborista Arturo Alcalde Justiniani y de la contadora Bertha Luján Uranga, Luisa fue también la protagonista de los primeros spots de Morena, lideresa de los jóvenes del naciente partido y una defensora férrea del aumento al salario mínimo desde la tribuna de San Lázaro.
Su papel en la LXII Legislatura, su lealtad al movimiento y su linaje (es la hija de dos notables fundadores del movimiento obradorista), la colocaron en el primer gabinete presidencial de AMLO, como secretaria del Trabajo. Con solo 31 años de edad.
En 2023, cuando Adán Augusto López renunció a la Secretaría de Gobernación para competir por la candidatura presidencial, Luisa lo suplió en la principal posición política del gabinete. No fue una secretaria imparcial. Desde Gobernación, participó en la redacción de la reforma judicial y el diseño del Plan C con el que Morena se hizo de la mayoría legislativa. Después de las elecciones de 2024, usó ese cargo para defender la sobrerrepresentación del oficialismo en la Cámara de Diputados.
Y, a partir del 1 de octubre de 2024, se convirtió en la presidenta nacional de Morena.
Su salida de la dirigencia, año y medio después, no le quitó protagonismo político. De hecho, ha aprovechado la Consejería Jurídica de la Presidencia para volver a los medios y hacer política; en unos cuantos meses, se ha vuelto a colocar en la primera línea de la disputa contra la oposición.
De alguna manera, Luisa convenció a la presidenta de usar una posición tan delicada como la Consejería Jurídica para hacer política partidista. Desde el 3 de junio, tiene un espacio llamado “Derecho de réplica”, creado para desmentir noticias y reportajes publicados en medios de comunicación.
En paralelo, se ha convertido en la principal vocera del Gobierno en el delicado tema de los llamados “lineamientos generales para la defensa de los derechos de las audiencias”. Un asunto que ha confrontado al gobierno de Sheinbaum con medios, especialistas y activistas de la sociedad civil, y que ha servido para que la oposición acuse una intentona por acabar con la libertad de expresión y la libertad de prensa.
Como hizo antes en “La Moreniza”, un podcast que transmitía cada jueves en el Canal de YouTube del partido, Luisa usa “Derecho de réplica” para confrontar a lo que ella misma llama “la oposición mediática”.
La semana pasada, Luisa presentó un “ecosistema de amplificación mediática” supuestamente creado y diseñado para combatir a la 4T. En él, participan cuatro grupos: 1. Medios, comentócratas y analistas políticos (54 cuentas); 2. Personajes políticos (32) que retoman y politizan los contenidos del primer grupo; 3. Un bloque de 34 cuentas de ataque (trolls) y 4. Un anillo de amplificación de 560 mil cuentas de bots para ampliar el impacto de los contenidos y de la narrativa en contra del Gobierno.
Al presentarlo, Luisa rebasó una línea, pues mostró dos listas: una de periodistas, conductores de noticieros, creadores de contenido y medios, y otra de dirigentes políticos, legisladores, exconsejeros electorales y dueños de medios.
Las “listas negras” de Luisa la han colocado en el ojo del huracán. A partir de ese día, es llamada censora y ejecutora de una política represora y del trabajo sucio del régimen. La abogada está donde nunca imaginaron quienes la conocen desde que era una joven activista, entusiasta defensora de los derechos de las personas y de las mejores causas sociales, hace apenas 10 años. Luisa, otra vez, es un problema y no una solución para la presidenta y su administración.
Andy, un operador sin visa
La historia de Andrés Manuel López Beltrán es más breve y se resume en siete palabras: es hijo de Andrés Manuel López Obrador. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, pero a diferencia de Luisa, no fue un alumno destacado. Desde la fundación de Morena, en 2014, ha sido un discreto operador político, principalmente en la Ciudad de México y el Estado de México.
Es dueño y fundador de una empresa de chocolates, y su nombre ha aparecido en múltiples investigaciones de corrupción y otorgamiento irregular de contratos en obras como la Refinería Dos Bocas, el Tren Maya y el Tren Interoceánico.
En octubre de 2024, cuando asumió la Secretaría de Organización de Morena, ya era un personaje polémico, pero su mala fama se acrecentó en 2025, cuando fueron exhibidos sus excesos en viajes al extranjero y, además, se le vinculó en la trama del “huachicol fiscal”.
A Andy López Beltrán no le gusta que le digan Andy, y siempre se ha dicho víctima de campañas de desprestigio orquestadas por quienes odian a su padre y su legado. Andy no fue el mejor secretario de Organización de Morena, ni el operador exitoso que se hubiera esperado. Y quizás por eso la presidenta decidió que él también renunciara a su cargo, un mes después de la separación de Luisa.
Poco después de las elecciones de Coahuila, en las que el PRI arrasó gracias a las malas estrategias de Morena, Andy inició un recorrido por el distrito 6 de Tabasco, en el que aspira a ser candidato a diputado federal. Pretende, al fin, ganarse un cargo con votos.
En esas estaba cuando se enteró de que le fue revocada su visa para entrar a Estados Unidos, y él mismo decidió hacerlo público en una carta dirigida al presidente Donald Trump, escrita en un tono desafiante y soez, que en nada ayuda a la presidenta Sheinbaum en su voluble relación con el mandatario norteamericano, pero que a él le sirve para hacerse pasar por el nuevo mártir de la defensa de la soberanía nacional.
Por más que la presidenta y la dirigencia de Morena salgan en su respaldo, el hijo del expresidente se ha convertido en un pasivo, un elemento tóxico en la imprescindible relación México-Estados Unidos. Si es real la advertencia del subsecretario de Estado, Christopher Landau (“¿les está gustando el show?, rellenen sus palomitas, amarán la siguiente parte”), Andy seguirá siendo usado por la administración Trump para presionar a México y acorralar a Sheinbaum.
Andy es, otra vez, un problema grande para la 4T y, sobre todo, para la presidenta.




