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lunes, julio 6, 2026

¿Por qué seguimos llamando habilidades blandas a competencias que sostienen el negocio?

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“Resulta curioso que llamemos habilidades blandas a competencias cuya ausencia cuesta millones de pesos a las organizaciones.”

Durante décadas hemos utilizado el término habilidades blandas para referirnos a competencias como la comunicación, la inteligencia emocional, la escucha activa, la gestión del conflicto, la empatía, la adaptabilidad o la capacidad de influir en otros. Sin embargo, pocas expresiones resultan tan contradictorias en el contexto actual de las organizaciones.

¿Qué tienen de blandas habilidades cuya ausencia deteriora la productividad, incrementa la rotación, debilita el compromiso y compromete la capacidad de adaptación de una empresa?

En un entorno caracterizado por la incertidumbre, la transformación digital acelerada y el agotamiento laboral, seguir llamándolas blandas parece minimizar precisamente aquello que hoy sostiene la continuidad de los negocios.

Los datos son contundentes. Un estudio de la consultora internacional Gallup encontró que los equipos con líderes altamente comprometidos y emocionalmente competentes presentan hasta un 23% más de rentabilidad, 18% mayor productividad y 43% menos rotación voluntaria.

A su vez, investigaciones de la Universidad de Harvard han señalado que aproximadamente el 85% del éxito profesional está asociado con competencias relacionadas con la interacción humana, mientras que el conocimiento técnico representa apenas una fracción de ese resultado.

Paradójicamente, las organizaciones continúan invirtiendo cantidades significativas en tecnología, automatización y especialización técnica, mientras subestiman las capacidades que permiten que las personas colaboren, se adapten y generen resultados de manera sostenible.

La psicología organizacional lleva décadas explicando este fenómeno. Los resultados de una empresa no son únicamente consecuencia de procesos, estructuras o indicadores; son, en gran medida, el resultado de interacciones humanas.

De hecho, Amy Edmondson, investigadora de la Escuela de Negocios de Harvard, ha demostrado que la seguridad psicológica (la sensación de poder expresarse sin temor a ser castigado o humillado) es uno de los factores más importantes para el aprendizaje, la innovación y el desempeño de los equipos.

Y la seguridad psicológica no se instala mediante una política corporativa o un comunicado institucional; se construye a través de conversaciones, retroalimentaciones, desacuerdos bien gestionados y liderazgos capaces de escuchar con intención.

Por otra parte, la teoría de la autodeterminación desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan señala que las personas alcanzan mayores niveles de bienestar y compromiso cuando experimentan autonomía, competencia y conexión con otros. En otras palabras, las relaciones importan. Y mucho más de lo que históricamente hemos querido reconocer.

Incluso desde la neurociencia sabemos que nuestro cerebro procesa muchas amenazas sociales de manera similar a una amenaza física. Ser excluido, ignorado, ridiculizado o recibir una retroalimentación mal gestionada puede activar respuestas de estrés comparables a las que se producen frente a un peligro tangible. Esto explica por qué conversaciones evitadas, liderazgos autoritarios o entornos emocionalmente inseguros generan desgaste, resistencia al cambio y disminución del desempeño.

Quizá por eso resulta preocupante que, mientras hablamos de transformación organizacional, sigamos considerando secundarias las competencias que permiten precisamente sostenerla.

La resistencia al cambio, por ejemplo, pocas veces tiene que ver exclusivamente con la implementación de una nueva tecnología, un proceso o una estructura. Con frecuencia está vinculada con preguntas profundamente humanas: ¿Voy a perder influencia? ¿Seguiré siendo valioso para esta organización? ¿Tengo claridad sobre lo que se espera de mí? ¿Puedo expresar mis inquietudes sin consecuencias negativas?

Responder estas preguntas requiere comunicación efectiva, empatía, escucha, manejo emocional y capacidad de construir confianza. Es decir, aquello que insistimos en llamar habilidades blandas.

La realidad es que no existe innovación sin conversaciones difíciles. No existe liderazgo sin inteligencia emocional. No existe transformación cultural sin capacidad de influencia. No existe colaboración efectiva sin habilidades para gestionar desacuerdos. Y no existe una estrategia capaz de ejecutarse si las personas no logran coordinarse, comprender expectativas y construir relaciones de trabajo saludables.

Quizá ha llegado el momento de replantear el lenguaje. Porque las palabras importan y moldean la forma en que asignamos prioridades, presupuestos y esfuerzos de desarrollo. Llamarlas habilidades blandas transmite la idea de que son deseables, complementarias o accesorias. Pero la evidencia demuestra lo contrario: Son competencias críticas de negocio.

Son capacidades que reducen costos asociados con la rotación, fortalecen la experiencia del colaborador, favorecen la innovación, incrementan la productividad y permiten a las organizaciones responder con mayor agilidad a contextos cambiantes.

Tal vez sea momento de empezar a llamarlas por lo que realmente son: Competencias estratégicas, competencias humanas o incluso competencias de sostenibilidad organizacional.

Porque en una época en la que la inteligencia artificial automatiza tareas, procesa información y optimiza procesos, las ventajas competitivas más difíciles de replicar continúan siendo profundamente humanas.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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