-Anuncio-
miércoles, junio 24, 2026

Las aventuras de Alicia en El País de la Hipocresía Victoriana

Relacionadas

- Advertisement -

Esta columna será más a tipo ensayo por una cuestión personal. Alicia y su relato es una obra que me toca directamente, no solo  por el nombre y todo lo que me evoca, sino porque pocas obras en la historia de la literatura han pasado por un proceso de edulcoramiento tan radical como las crónicas de Lewis Carroll. 

La maquinaria cultural moderna, cada vez más y más según pasan los años desde su primera edición, se encargó de transformar una de las sátiras políticas, científicas y sociales más feroces del siglo XIX, en un simple viaje psicodélico para niños. 

Sin embargo, cuando se levanta el velo de la aparente inocencia de Charles Lutwidge Dodgson (el verdadero nombre de Lewis Carroll), lo que emerge es un complejo laberinto de denuncia social, represión personal y secretos arrancados a la fuerza de la historia.

Las páginas mutiladas y el misterio de la institutriz

En el canal de YouTube La Biblioteca Secreta, dedican un episodio al autor y sus crónicas, en el que se toca un punto neurálgico que ha obsesionado a los biógrafos de Carroll por generaciones: los diarios mutilados de Dogson. 

En 1863, la familia de la niña Alice Liddell cortó abruptamente toda relación con el escritor. Poco después, Menella Dogson, su sobrina se encargó de arrancar algunas páginas de su diario correspondientes a esos días. 

Durante más de un siglo se asumió lo peor, alimentado por las perturbadoras fotografías que Dodgson tomaba a niñas de la época, bajo el permiso de los propios padres y completamente en luz pública.

Sin embargo, el hallazgo tardío de una nota escrita por su sobrina destapó una línea de investigación histórica fascinante: los rumores victorianos afirmaban que Carroll utilizaba sus constantes visitas a las niñas Liddell como una elaborada pantalla para cortejar a la institutriz (la dama de compañía) de la familia, Miss Mary Prickett.

Como detalla el especialista Morton N. Cohen en su monumental biografía Lewis Carroll: A Biography (1995), una relación directa o un cortejo inadecuado entre un académico de Oxford —que además era diácono de la Iglesia anglicana—, y una empleada doméstica de la casa del decano habría provocado un escándalo social de proporciones cataclísmicas para la reputación de la familia Liddell.

Lewis Carroll fotografió a muchísimos niños a lo largo de los años, y algunos historiadores lo consideran uno de los mejores fotógrafos del siglo XIX. Titulada El sueño y tomada en 1863, esta fotografía muestra a una niña dormida en una silla. A la derecha se aprecian las imágenes fantasmales de un niño y una niña, creadas con la técnica experimental de la doble exposición. Derechos de autor en poder del Museo Victoria & Albert de Londres. Número de registro: RPS.2235-2017. 

Sea esto real o una excusa para tapar una fijación más oscura, el trauma del rechazo y el peso de la censura moldearon directamente la geografía del País de las Maravillas: un mundo regido por adultos tiranos, caprichosos y obsesionados con las apariencias.

La institutriz Miss Mary Prickett, las hermanas y su hermano Liddell y Charles Dogson (Lewis Carroll).

La madriguera de la denuncia

Más allá de los traumas biográficos, el verdadero valor de Alicia reside en su dimensión como artefacto de denuncia. Para la Inglaterra de 1865, el cuento no era una fantasía sin sentido (nonsense), sino un espejo deformante de sus propias instituciones, sus carencias industriales y hasta de las disputas en la vanguardia de la ciencia.

Imagen del manuscrito original de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas.

1. El ataque a la educación doctrinaria y la “memorización vacía”

El cuento expone cómo la aburrida hermana de Alicia lee un libro “sin ilustraciones ni diálogos”, reflejo de un sistema diseñado para anular la curiosidad infantil. Historiadores de la educación como Gillian Avery, en su obra Childhood’s Pattern: A Study of the Heroes and Heroines of Children’s Fiction (1975), señalan que las escuelas victorianas utilizaban métodos de aprendizaje rígidamente memorísticos e impositivos.

Cuando Alicia cae y trata de recitar poemas morales típicos de la época —como “Against Idleness and Mischief” de Isaac Watts—, las palabras se tuercen en su boca para hablar de cocodrilos depredadores. Carroll, un pedagogo y académico brillante, denunciaba así cómo la educación de su tiempo despojaba de significado al lenguaje para convertir a los niños en loros repetidores de dogmas morales.

2. La gran burla a las “Matemáticas Modernas”

Charles Dodgson era un matemático profundamente conservador de la Universidad de Oxford. Amaba la geometría euclidiana clásica, basada en la lógica visual y deductiva. Por ello, usó Alicia para satirizar las nuevas corrientes matemáticas abstractas que emergían apenas a mediados del siglo XIX, las cuales consideraba un absurdo sin pies ni cabeza, un argumento ampliamente documentado por la investigadora Melanie Bayley en su revelador estudio Alice’s Adventures in Algebra: Wonderland Revisited (2009).

● El cambio de base numérica: Cuando Alicia cae por el pozo e intenta calcular si sigue siendo ella misma, dice: “Cuatro por cinco son doce, cuatro por seis son trece…”. No es un error aleatorio; Bayley demuestra que si operamos en un sistema de base numérica distinta a la decimal (Base 10) —específicamente progresando a través de Base 18 y Base 21—, esas operaciones son matemáticamente exactas. Carroll se burlaba de cómo el cambio de bases abstractas hacía perder el sentido común a los números.

● El hongo de la Oruga y los cuaterniones: El encuentro con la Oruga Azul es una parodia directa del álgebra de cuaterniones de William Rowan Hamilton, una teoría donde los números podían rotar en un espacio tetradimensional. Cuando la Oruga le dice a Alicia que un lado del hongo la hará crecer y el otro la hará encoger, Carroll satiriza la pérdida de la geometría plana e intuitiva frente a los nuevos y desconcertantes espacios abstractos de la geometría no euclidiana.

Alicia en el País de las Maravillas. (Geronimi/Jackson/Luske. E.U. 1951) 

3. El horror médico: El bebé cerdo, los jarabes de opio y el eretismo mercurial

Carroll llenó sus cuentos de metáforas biológicas y médicas británicas, traduciendo a fábulas absurdas los males endémicos que la Revolución Industrial infligió a las clases más vulnerables.

La cocina de la Duquesa y el infierno de los “bebés opio”

En el capítulo de la cocina, Alicia recibe en brazos a un infante que emite un gemido ronco y sibilante, cuyas extremidades se curvan y cuyo rostro se deforma hasta convertirse en un cerdo. Historiadores de la medicina social como Anthony S. Wohl, en su obra clásica Endangered Lives: Public Health in Victorian Britain (1983), explican una realidad dantesca: las madres de la clase obrera, al trabajar jornadas de 12 horas, debían dejar a sus hijos con cuidadoras negligentes (baby-farmers). 

Para mantener a los niños callados y letárgicos, se les administraban compuestos masivos de opio, morfina y alcohol como el Godfrey’s Cordial o el famoso Jarabe Calmante de la Sra. Winslow. El uso continuado de estos narcóticos anulaba el reflejo del hambre, provocando un estado de desnutrición extrema conocido como marasmo infantil. 

Los rostros de los “bebés opio” perdían la grasa subcutánea, provocando que sus ojos se hundieran profundamente en las cuencas y sus narices se afilaran o deformaran debido al raquitismo óseo, dándoles facciones cadavéricas o porcinas. 

La Duquesa zamarreando al niño en una cocina sofocante llena de humo y pimienta es, como apunta Wohl, la perfecta alegoría de estos siniestros centros de cuidado donde se deshumanizaba y adormecía a la infancia obrera hasta la muerte. Al hacer que el niño se convierta en cerdo y Alicia lo libere en el bosque porque “como cerdo, me parece que es bastante hermoso”, Carroll asesta una feroz crítica a un sistema que prefería animalizar a sus niños antes que frenar su maquinaria fabril.

A la izquierda una Ilustración literaria del pasaje de Alicia y el bebé de la Duquesa. A la derecha un fotorama de Alicia adaptada por Burton, T. (E.U. 2010)

El Sombrerero y el eretismo mercurial. 

El Conejo Blanco y la mesa de té perpetua retratan la neurosis de la productividad de la clase media. Sin embargo, el Sombrerero Loco esconde una denuncia industrial: en el siglo XIX, los talleres de sombrerería utilizaban nitrato de mercurio para procesar el fieltro de los sombreros. Los artesanos trabajaban inhalando vapores tóxicos en espacios cerrados. El mercurio destruía su sistema nervioso central provocando eretismo mercurial. Los síntomas eran exactamente los que Carroll otorgó al Sombrerero: temblores físicos severos, cambios bruscos de humor, alucinaciones y severa confusión del lenguaje. Carroll expuso ante los ojos de la élite la desastrosa realidad médica a la que la industria condenaba a su clase obrera.

Fotorama de Alice in Wonderland (Miller, J. 1966) 

La Liebre de Marzo y el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas

La compañera del sombrerero encarna la psicosis estacional (la agresividad de las liebres en época de apareamiento), pero las constantes distorsiones de tamaño que sufre la propia Alicia (crecer y encoger salvajemente) inspiraron al psiquiatra John Todd en 1955 a bautizar formalmente el “Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas” (AIWS por sus siglas en inglés). Se sabe por sus diarios que el propio Carroll sufría de migrañas severas acompañadas de alteraciones ópticas y micropsias/macropsias (ver los objetos más pequeños o grandes de lo que son), una condición neurológica dolorosa que el autor camufló como un elemento fantástico.

4. A través del espejo: Ajedrez de clases y geopolítica imperial

En la secuela, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871), Carroll estructuró toda la novela como una partida de ajedrez. Como explica el crítico literario Martin Gardner en su obra de referencia The Annotated Alice (1960), esta elección reflejaba la visión rígida y determinista del determinismo social victoriano.

Alicia empieza el juego siendo un simple peón, la pieza más vulnerable y sacrificable del tablero. Su único objetivo en la vida es cruzar las casillas (las fronteras invisibles de la escala social británica) para coronarse como Reina. 

Al hacerlo, Carroll desnudó el arribismo de la burguesía y la falsedad del “sueño victoriano”. Además, las figuras del Rey y la Reina Roja moviéndose mecánicamente representaban una aguda crítica a la geopolítica del “Gran Juego” imperialista británico: un sistema donde las colonias y las personas reales eran tratadas por los gobernantes como meras piezas de madera en un mapa abstracto.

Alicia a través del espejo deformante del cine

Detrás de los vestidos celestes, los gatos risueños y las teteras danzantes que la cultura pop nos ha grabado en la retina, Alicia en el país de las maravillas nunca fue un simple cuento de hadas. Lewis Carroll escribió una sátira feroz contra la rigidez, la hipocresía y las neurosis de la Inglaterra de esa época.

El cine, lejos de ignorar esta subtextualidad, la ha tomado como bandera en diversas épocas. Para esto un ejemplo de cinco adaptaciones cinematográficas que supieron transformar el viaje de Alicia en una denuncia directa contra las sombras de la era victoriana:

1. Alice in Wonderland (1903) – Dir. Cecil Hepworth y Percy Stow

Sobre la deshumanización industrial y la pérdida de la infancia, esta joya del cine mudo británico es el primer vistazo visual a la obra. Rodada apenas dos años después de la muerte de la reina Victoria, la película retrata a Alicia atrapada en encuadres claustrofóbicos. En un contexto donde la Revolución Industrial reducía a los niños a mano de obra barata en fábricas y minas, esta cinta muda refleja el desamparo de la infancia frente a un entorno adulto rígido, mecanizado y completamente indiferente a la inocencia.

Fotorama de Alice in Wonderland (Hepworh/Percy. 1903)

2. Alice in Wonderland (1933) – Dir. Norman Z. McLeod

Esta película se dedica a mostrar el absurdo de las jerarquías burocráticas y el sistema de clases. Con un elenco plagado de estrellas de Hollywood ocultas tras máscaras grotescas (incluyendo a Cary Grant y Gary Cooper), esta versión de los años 30 resalta la alienación de los personajes de la corte. 

Un reflejo de la estricta y asfixiante pirámide social victoriana, donde el protocolo, los títulos y las apariencias importan más que la lógica o la empatía. Las conversaciones caóticas exponen la inutilidad de las instituciones coloniales y gubernamentales de la época.

Fotorama de Alice in Wonderland (McLeod, N. 1933)

3. Alice in Wonderland (1949) – Dir. Dallas Bower (Segmentos en vivo y marionetas de Lou Bunin)

Una de las denuncias más específicas y crudas de la era victoriana —la realidad de las madres de la clase trabajadora que debían dopar a sus bebés con opiáceos (como el infame Godfrey’s Cordial o “Quietener”) para que no lloraran mientras ellas trabajaban jornadas extenuantes en las fábricas— debemos mirar hacia una de las adaptaciones más políticas, oscuras y de corte vanguardista de la obra.

Como se menciona en párrafos anteriores, ahora se muestra en esta versión franco-británica (históricamente boicoteada por Disney para que no compitiera con su versión de 1951) enmarca la fantasía dentro de una cruda realidad social. 

La película inicia en los suburbios de Oxford, mostrando la disparidad de clases y la miseria de la época. Cuando la historia se traslada al País de las Maravillas y llegamos a la cocina de la Duquesa, el grotesco pasaje del bebé que se convierte en cerdo adquiere su verdadero significado histórico. En la Inglaterra victoriana, las madres obreras no tenían licencias de maternidad ni guarderías; para evitar que sus hijos murieran de hambre o por accidentes laborales, recurrían a jarabes de opio y láudano para mantenerlos sedados. 

Fotorama de Alice in Wonderland (Bower, D. 1949)

El resultado era una desnutrición severa, rostros demacrados y una degradación física que Carroll satirizó con el bebé deforme que termina chillando como un cerdo. Las marionetas de Lou Bunin, de estética áspera y febril, capturan perfectamente esa atmósfera de negligencia industrial, miseria urbana y el dolor silenciado de los hijos de la clase trabajadora, despojados de su humanidad por el engranaje del capitalismo victoriano.

Al sustituir la fantasía comercial por el cine de posguerra, queda claro que el grotesco “bebé-cerdo” de Carroll no era un simple chiste absurdo, sino el reflejo de la tragedia más silenciosa de los barrios obreros victorianos.

4. Alice in Wonderland (1966) – Dir. Jonathan Miller

La miseria obrera y el abuso de opiáceos en la primera infancia (El “jarabe tranquilizante”), también forma parte de una de mis favoritas adaptaciones de la obra de Alicia. Esta descarnada adaptación de la BBC prescinde de disfraces de animales y viste a los personajes como victorianos lúgubres. 

La escena de la cocina de la Duquesa y el bebé que se convierte en cerdo es una denuncia directa a las condiciones de la clase trabajadora. En la época, las madres obreras, obligadas a jornadas de 14 horas en las fábricas, recurrían masivamente a remedios como el Godfrey’s Cordial (un jarabe de opio y láudano) para mantener a sus bebés sedados, desnutridos y en un estado letárgico (“atontados como cerdos”) para que no lloraran mientras ellas producían. El ambiente de la cocina, asfixiante, lleno de humo y violencia, expone la cruda negligencia sistémica provocada por la pobreza industrial.

Fotorama de Alice in Wonderland (Miller, J. 1966) 

5. Alice / Něco z Alenky (1988) – Dir. Jan Švankmajer

Por mucha creatividad, genialidad y demás, esta versión del checoslovako director Švankmajer es de mis preferidas para recomendar si vas a ver una adaptación de Alicia. En su obra cinematográfica, realza la crítica sobre el castigo a la disidencia y la severidad de la educación victoriana.

Fotorama de Alice (Švankmajer, J. 1988)

El maestro del stop-motion checo creó una obra maestra perturbadora. Aquí, Wonderland no es mágico; es un almacén de objetos viejos, animales disecados y calcetines deshilachados. Švankmajer captura a la perfección la opresión de la crianza victoriana, que veía la imaginación infantil como un defecto a corregir y exigía un comportamiento robótico de “niña buena”. La película denuncia de forma visceral el maltrato psicológico institucionalizado bajo el lema victoriano de que “los niños deben ser vistos, pero no oídos”.

Como contraparte, el cine europeo de la posguerra encontró en Carroll el vehículo perfecto para denunciar los totalitarismos modernos. La magistral versión de Jan Švankmajer en Checoslovaquia (1988), Něco z Alenky, utilizó un crudo stop-motion y objetos cotidianos desgastados para devolverle al relato su atmósfera claustrofóbica y amenazante. 

La Alicia de Švankmajer no está en un parque de diversiones; está atrapada en un entorno burocrático, absurdo e impositivo que dialoga directamente con la opresión de los regímenes comunistas de la Europa del Este. Aquí, la Oruga y los juicios sin sentido adquieren un tinte kafkiano, demostrando que la denuncia de Carroll contra las estructuras de poder seguía dolorosamente vigente.

Disney como el capitalismo industrial al rescate del boicot de la crítica 

Décadas más tarde, la célebre película de Disney (1951), capitaneada por Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske en EE. UU., operó el mayor ejercicio de censura política sobre la obra. Al transformar el relato en un festín musical de colores pasteles, la factoría estadounidense removió las aristas más incómodas: la Oruga dejó de encarnar la pedantería de la academia estéril y el Sombrerero Loco se convirtió en un payaso excéntrico, borrando de tajo el trasfondo trágico del eretismo mercurial y la denuncia de la explotación obrera. La Reina de Corazones fue reducida a una rabieta cómica, diluyendo la dura analogía sobre la arbitrariedad del sistema judicial británico.

Y para acabar de opacar todas la antipropuestas edulcorantes y vistosas europeas y de cine de arte, el retorno comercial en la versión de Tim Burton (EE. UU., 2010) replanteó la historia como una fábula de un pedante empoderamiento gótico donde una Alicia adulta se rebela contra un matrimonio por conveniencia y las rigideces aristocráticas, que se centra más en repetir y ridicularizar que en realmente un acto subversivo contra toda la clase alta, todo esto más que saturada de efectos digitales y carente de verdaderas interpretaciones. baraja de naipes.

Alicia en el País de las Maravillas. (Geronimi/Jackson/Luske. E.U. 1951) 

El origen bibliográfico del desprestigio

Es aquí donde el análisis literario, la historia editorial y su trasfondo cinematográfico convergen en una sospecha inquietante: ¿Es posible que la constante sombra de la pedofilia que pesa sobre Carroll sea, en parte, una represalia histórica por la profundidad de sus denuncias?

Estudiosos y revisionistas de la biografía de Carroll, como la investigadora Karoline Leach en su provocador libro In the Shadow of the Dreamchild: A New Understanding of Lewis Carroll (1999), han demostrado que la imagen de Carroll como un hombre asexual, alienado y obsesionado exclusivamente con las niñas fue, en gran medida, una construcción biográfica inventada por su propia familia tras su muerte en 1898. 

Sus primeros biógrafos (empezando por su sobrino Stuart Dodgson Collingwood) crearon el mito del “niño eterno” para proteger su privacidad y desviar la atención de sus verdaderas e incómodas relaciones con mujeres adultas de la época (incluida la polémica institutriz).

Sin embargo, esta cortina de humo familiar se volvió contra él con la llegada del siglo XX y el auge del psicoanálisis freudiano. Lo que la era victoriana leía como una inocente e idealizada “amistad infantil” propia del romanticismo tardío, la mentalidad del siglo XX lo reinterpretó inmediatamente bajo una lente patológica.

Como argumenta el crítico cultural William A. Marotti, el “desprestigio” resultante resultó sumamente conveniente para el establishment cultural británico y las posteriores lecturas comerciales de Hollywood. Al etiquetar a Carroll como un individuo con fijaciones psicológicas perturbadoras, la crítica literaria oficial logró desactivar el potencial subversivo de sus textos. 

Es un mecanismo clásico de invalidación: si el autor está “enfermo”, sus feroces críticas al sistema judicial, a la corona, a la explotación industrial del mercurio y a la vacuidad de las élites académicas de Oxford pierden validez institucional y se reducen a meras excentricidades de una mente desequilibrada.

La madriguera del conejo: el escondite perfecto

Charles Dodgson entendió a la perfección la doble moral de su época: un imperio que colonizaba el mundo bajo el estandarte de la civilización, pero que en casa explotaba a sus trabajadores con químicos letales, alineaba a sus estudiantes con dogmas y permitía que su ciencia abandonara la realidad tangible.

Obligado a vivir en esa fractura, Dodgson creó a Lewis Carroll para poder gritar lo que por las calles de Oxford no se atrevía a susurrar. Alicia en el país de las maravillas terminó siendo el escondite perfecto porque los poderosos censores de la época consideraron que los niños eran un público demasiado trivial para albergar peligro político.

No es la intención de la autora defender ni acusar al finado autor, sino hacer una revisión sobre su obra y como sus opiniones críticas han quedado a un lado, por encima de la mirada trágica y oscura de lo posible criminal sin prueba de una o la otra, pero por otro lado, seguir asintiendo a las readaptaciones complacientes, en torno a su obra literaria.

Reducir hoy a Carroll al banquillo de los acusados, o contentarse únicamente con las versiones edulcoradas que omiten su mordacidad, es caer en la última trampa de la hipocresía victoriana: preferir discutir el morbo del autor antes que admitir que, 150 años después, el mundo que denunció sigue siendo exactamente una baraja de naipes.

Fotorama de Alice in Wonderland (Miller, J. 1966)

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

- Advertisement -

Opinión

Las aventuras de Alicia en El País de la Hipocresía Victoriana

Esta columna será más a tipo ensayo por una cuestión personal. Alicia y su relato es una obra que me toca directamente, no solo  por el nombre y todo lo que me evoca, sino porque pocas obras en la historia de la literatura han pasado por un proceso de edulcoramiento tan radical como las crónicas de Lewis Carroll. 

Del calor de Hermosillo a la NBA: Karim López, una historia de pasión y esfuerzo, llega a Memphis Grizzlies como una promesa del baloncesto...

Hermosillo, Sonora.- La historia de Karim López rumbo al Draft de la NBA 2026 comenzó en las canchas de Hermosillo, una ciudad marcada por las altas temperaturas y una profunda pasión por el deporte.

¿Un pato como mascota? Especialista asegura que aves como ‘Merlín’ son dóciles y fáciles de cuidar

La popularidad del pato Merlín ha despertado el interés por estas aves como mascotas. Un especialista de la Universidad de Sonora explica si pueden vivir en casa, qué cuidados requieren y cómo conviven con perros y gatos.

Javier Aguirre descarta exceso de confianza antes de enfrentar a Chequia: “No nos creemos superiores a nadie” 

La Selección Mexicana llega con paso perfecto al cierre de la fase de grupos del Mundial 2026, pero para su entrenador, Javier Aguirre, todavía hay aspectos importantes por corregir antes de encarar las rondas decisivas.
- Advertisement -