Por Michelly Félix Velarde
George Orwell imaginó el control como un Gran Hermano que vigila. Aldous Huxley lo describió como un mundo donde nadie necesita vigilarte porque ya aprendiste a no pensar. Dos visiones distintas, e inquietantemente ambas se parecen a nuestro presente.
Durante años se han construido ecosistemas laborales protagonizados por la burocracia y la hipervigilancia mutua. El antropólogo David Graeber los llama bullshit jobs. Ecosistemas completos que alargan la ineficiencia: analistas que analizan lo que consultores ya consultaron, gerentes que coordinan lo que nadie decidió, reuniones sobre reuniones que no mueven nada.
En México, la reforma a la semana laboral de 40 horas ya es ley. Aunque responde a una necesidad real, ya que México figura entre los países con más horas trabajadas y menos vacaciones del mundo, también genera una consecuencia que no se está hablando con claridad: les da a las empresas la justificación perfecta para hacer lo que ya querían hacer.
Con nóminas más caras y márgenes más apretados, la pregunta no será si integrar inteligencia artificial, sino cuándo y a cuántos puestos reemplaza primero. En el Foro Económico Mundial de Davos 2025, esto fue el centro de la conversación entre los líderes más influyentes del planeta, quienes coincidieron en que la automatización no es una amenaza futura sino una decisión presente de asignación de capital. Y la respuesta más obvia serán exactamente esos puestos que llevan años existiendo sin producir nada que una máquina no pueda hacer mejor y más barato.
Lo que hace diferente este momento no es que los empleos desaparezcan, sino la velocidad a la que ocurre. Las revoluciones industriales anteriores tardaron generaciones en reorganizar el mercado laboral. Esta está tardando años. En México, el Banco Interamericano de Desarrollo identificó que más del 40% de los puestos actuales tienen alta probabilidad de ser automatizados en la próxima década.
Las consecuencias sociales de ese desajuste ya tienen efecto en otros contextos y México no será la excepción. Cuando el empleo formal colapsa más rápido de lo que la sociedad puede adaptarse, lo que sigue es el aumento de la informalidad como válvula de escape, erosión de la clase media como motor de consumo interno, y una fractura generacional donde los jóvenes entran a un mercado laboral que ya no tiene espacio para el aprendizaje gradual ni para la curva de experiencia. Y todo esto sumado a la pérdida de cohesión social.
El trabajo no solo distribuye ingresos, organiza comunidades y da ritmo a las familias. Cuando eso se rompe se produce desconfianza, fragmentación y una búsqueda desesperada de certezas en un entorno que ya no las ofrece. Y aquí es donde el reto actual se vuelve doble. Porque justo en el momento en que más necesitamos pensar con claridad, evaluar opciones y tomar decisiones complejas, estamos desarrollando el hábito opuesto.
Porque además del peligro de perder el empleo, también estamos luchando para mantener la capacidad de pensar. La Wharton School publicó el artículo Thinking: Fast, Slow and Artificial, con más de 9,500 pruebas, y encontró que cuando la IA se equivocaba, el 79.8% de las personas seguía obedeciendo a la máquina por encima de su propio criterio.
A eso se le llama rendición cognitiva: el momento en que delegamos el pensamiento porque el algoritmo responde más rápido, mientras nuestro juicio entra silenciosamente en modo ahorro de energía. Daniel Kahneman explicó que los humanos operamos con dos sistemas: uno rápido e intuitivo, y otro lento y analítico. El primero nos hace eficientes. El segundo nos hace indispensables.
El problema es que ese “Sistema Dos”, el que cuestiona, detecta errores y construye criterio real, es el más costoso mentalmente porque exige concentración sostenida, tolerar la ambigüedad y resistir el impulso de aceptar la primera respuesta disponible. Y el entorno actual te lleva a lo contrario. Vivimos rodeados de plataformas diseñadas específicamente para capturar atención en fragmentos cada vez más cortos. Cada scroll, cada notificación, cada respuesta instantánea va entrenando al cerebro para huir del pensamiento profundo. Mantener activo el “Sistema Dos” es disciplina mental, y un acto de resistencia contra una arquitectura tecnológica construida para debilitarlo.
Conocer las palancas que te hacen relevante en la economía actual es el primer paso para activarlas. El psicólogo Tomás Chamorro-Premuzic lo plantea así: la IA democratiza el acceso al conocimiento, pero no al juicio. Hoy cualquiera puede generar una estrategia, un análisis o un discurso con un buen prompt. Lo que no se automatiza es saber cuándo esa respuesta está mal. La experiencia ya no será tener respuestas. Será saber hacer mejores preguntas.
Harvard Business Review señaló que para construir juicio hay que clarificar quién toma decisiones y cómo, exponer a las personas a las consecuencias reales de sus elecciones y crear experiencias que estiren el pensamiento en lugar de eliminarlo. Esto significa buscar activamente los problemas incómodos, los proyectos sin respuesta clara, las conversaciones difíciles. Significa usar la IA como amplificador, no como sustituto.
Orwell temía que nos quitaran la capacidad de pensar. Huxley temía que aprendiéramos a renunciar a ella voluntariamente. Hoy tenemos ambos escenarios y la única diferencia es la elección.
Cuando los presupuestos se ajusten y las máquinas hagan cada vez más, lo que te hará irreemplazable no es la velocidad ni la eficiencia. Es el criterio. Ser humano y tener la capacidad de ver lo que el algoritmo no ve, y asumir la incomodidad de pensar lento cuando todo empuja a responder rápido.
La humanidad no va a prevalecer por resistir la tecnología, hay que usarla. Pero seamos parte de quienes mantienen su humanidad y su criterio, porque las demás, como Huxley anticipó, simplemente serán felices sin saber que perdieron algo.
— La autora es Maestra en Marketing e Inteligencia Artificial. Consultora de comunicación para organizaciones civiles. Co-Fundadora de Voluntariados Hermosillo. Integrante de la Red HCV.
— Hermosillo ¿Cómo Vamos? es una organización democrática e incluyente, la opinión del autor(a) en esta colaboración no representa necesariamente la postura, ideología, pensamiento o valores de la organización desde donde promovemos el derecho a la libre expresión, la construcción de opiniones y la formación de pensamiento crítico.
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