Hace unos cuantos días, tuve una charla (de esas en donde nos miramos por wasup) con un joven médico. Hablamos sobre un tema que removió las neuronas de mi memoria. Mire usted en las sin razones en las que nos metimos: Él, me comentaba sobre una persona quien está por iniciar un posgrado en Salud Femenina y, por el título, me revolotearon las ideas y la primera que me vino fue: “si hay un postgrado en Salud Femenina, entonces debe de haber otro en Salud Masculina”. Luego pensé sobre cuál podría ser la temática de ambos estudios, ¿se quedarán orientados hacia la problemática de los órganos reproductivos de sus respectivos sexos? Si esto fuera así, entonces, ¿en dónde cabría la definición de Salud de la OMS? Que a la letra dice: “Salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, y yo le agregaría a esta búsqueda del bienestar, “físico, mental y social” el bienestar ¡Histórico! Abajo, le iré diciendo por qué es importante la historia para tener bienestar en nuestras vidas,
Enseguida pensé: Quedarse este posgrado de “Salud Femenina” en solo a los órganos de la reproducción sería mutilante para la mujer, porque en su humanidad (por genética), tiene tres dimensiones: La individual, que la deja siendo una persona única y diferente a todas y todos los demás; la segunda, es un ser social, y sociable quien hace su vida entre y con los demás; la tercera, por ser miembro de la sociedad en la que vive, ella es parte de un pueblo, que viene haciendo una historia.
¿Qué papel (individual, social e histórico) han venido teniendo las mujeres a largo de su historia?
Ahora permítame transitar, a brincos, por la historia de las raíces de vida de las mujeres, que empieza cuando apareció la vida sobre la tierra hará unos 4,000 millones de años. Y después de tantas vidas que han pasado por el transcurrir del tiempo, ellas hoy están aquí. Pero, en esta historia, falta algo. Ciertamente, los orígenes de la vida, déjeme situarlos, para cosa práctica, en aquellos microorganismos unicelulares que se partían en dos para reproducirse, y así, pasan millones de años, y la vida se complejiza, y en esto llega el Reino Vegetal y en él, al tiempo, empezaron a aparecer plantas hembra y plantas macho. La huella de la vida prosigue y después de mucho caminar, el Reino Animal copió, porque era bueno, la fórmula reproductiva del concurso de una hembra y un macho, y la vida sigue viniendo, hasta que un día, la huella bípeda anunciaba la presencia de la especie humana.
Ahora permítame buscar la huella de la humanidad en el terreno de un mito antropogónico, y encontramos a la mujer como la mala de la película, tentando como una serpiente astuta y seductora a un cándido inocente e impoluto hombre. Los años pasan, y en la antigua Grecia hallamos a la mujer como la administradora del hogar y como un vientre reproductor de griegos, mientras sus hombres se placen, sexualmente satisfechos, con sus efebos por los embellecidos pórticos de Pericles, mientras los maestros imparten sus lecciones con la técnica didáctica sexual para despertar un profundo aprendizaje en sus estacados alumnos. Luego los griegos dominan a los romanos y los romanos a los judíos y por ahí vemos a Pablo de Tarso dejando una carta a los efesios con la orientación: “Casadas estad sujetas a vuestros maridos… porque el marido es cabeza de la esposa…”. Tres culturas, la griega, la romana y la judeocristiana son la base del pensamiento occidental del que somos parte. El tiempo corre, o ¿seremos nosotros los que correremos por el tiempo? y carniceramente nos empleitamos en la segunda guerra mundial en una competencia para ver quién mata más personas, y en la matazón, las mujeres salen de sus casas para hacer trabajos de hombres y los hacen mejor que éstos. Después de este “descubrimiento”, el empresariado de las maquilas, de las minas, de los bancos, de las oficinas y más, las contratan (mejor si son madres solteras), por ser más responsables, finas y puntuales en su desempeño: la productividad aumenta. La mujer sabe que puede, la mujer se empodera. Pero la mujer en igualdad de puestos de trabajo gana menos que los hombres. La mujer es explotada y en la explosión: explota. ¡Basta! Y lo grita desde su feminidad herida por una cultura dictatorial machista que se vive en lo religioso, en lo político, en lo laboral, en lo familiar (del que soy parte), y más.
Un “Basta” que se opone a esta historia que ha venido conformando una cultura, machista y dictatorial que conforma a una sociedad, que da forma a las familias, y familias vierten el modelo en sus machos hijos, y el ciclo de esta historia milenaria, de nuevo se recrea a través de: los hijos ya adultos cuando enseñan su machismo a sus familias, familias quienes manifiestan sus hábitos de vida en la sociedad de la que son parte, y esta parte más otras partes, se hacen costumbres y tradiciones culturales, una cultura popular que se hace historia cuando se traspasa a la siguiente generación. Y así, ¡la historia del machismo se recrea!*
Me pregunto si desde estas costumbres heredadas, brotan las represiones y los reproches, los temores infundidos e infundados, los lentes obscuros que esconden la golpiza de anoche, y otros moretes, y quizá, también, las violaciones sexuales ocasionales y/o repetidas que se guardan en silencios con sentimientos de culpa (“La, mujer es la ocasión que hace pecar al hombre”), las culpas no culpables que se manifiestan en trastornos mentales profundos, con sus respectivos deterioros físicos (orgánicos), que sufren calladamente las mujeres, en una sociedad que guarda un silencio cómplice, para controlar, quizá, la feminidad de las mujeres a través del miedo y la culpa. Agreguemos las sublimaciones de la pureza femenina. Ante este acoso histórico que ha venido sufriendo la mujer en su feminidad, me pregunto si esto, ¿pudiera ser un equivalente a esas sectas conversionistas, las cuales mutilan a sus niñas quitándoles el clítoris para que “salven a sus almas”?
También me pregunto si las mujeres que ejercen con feminidad, un feminismo a ultranza, ¿tuvieron a un depredador masculino que las tuvo sujetas por el simple hecho de ser mujer?
Me pregunto si el solo grito ¡YA BASTA! podría romper el silencio cómplice social que ensordece el sometimiento femenino.
Arriba le decía que algo falta: Falta revisar nuestra masculinidad. Y cómo no recordar a Ines de Asbaje quien nos restriega en la cara: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…” “¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?” Sor Juana, hace casi 400 años denunció nuestra doble moral y seguimos en el túnel.
Amable lector, de esto se trató la llamada que tuve con el joven médico, la que me dejó más preguntas que respuestas sobre nuestro origen común; sobre nuestras diferencias biologías; sobre nuestra mentalidad; sobre los rangos diversos para vivir nuestra sexualidad (¿Será esta aprendida, o biológica, o una revoltura de las dos, o la vida entera que hemos vivido, o…?)
No tengo respuestas ante tantas preguntas, y me cuestiono si el feminismo a ultranza sea una respuesta ante el machismo que la historia nos deja.
Una luz en el túnel de esta historia la prendió Meryl Steep cuando comentó: “Claro que México ha dejado atrás a Estados Unidos teniendo a una presidenta mujer y, aunque no tiene nada que ver con el género, es genial, para las niñas pequeñas. Es genial saber que cualquiera en su familia puede ser un líder”.
Un feminismo que, con feminidad femenina, está enseñando a nosotros los hombres a ejercer una masculinidad masculina, para juntos, hembra y hombre podamos construir una historia sobre nuestra sexualidad que se manifieste en una igualdad en todos los actos de nuestro vivir.
Creo, que ya estamos construyendo una nueva historia que nos irá permitiendo tener bienestar, físico, mental y social desde nuestra propia humanidad.
José Rentería Torres.
Abril de 2026
*Relea unas letras en negritas que están por ahí arriba, pero ahora dele un sentido, no de recreación, sino de construcción de la historia de nuestra sexualidad. Podría ser un buen comienzo empezar desde uno mismo. Quizá.


