Por Glenda Gutiérrez Silva
Entender a México implica reconocer su dimensión y su complejidad. Somos un país grande, diverso y profundamente desigual, donde la mayoría de las personas atraviesa al menos una carencia social, y donde muchas instituciones operan desde hace años al límite de sus capacidades. En ese contexto se incluye también Hermosillo, y no es extraño que muchas de estas problemáticas se hayan ido normalizando en nuestra vida cotidiana.
Entre el trabajo, el transporte, las responsabilidades familiares y el ritmo acelerado de los días, muchas veces desarrollamos una especie de blindaje emocional que nos permite seguir adelante. Tiene sentido: cuando no es posible resolver todo, aprendemos —casi por necesidad— a mirar menos aquello que sí podríamos ayudar a transformar.
Participar no siempre es sencillo. Implica tiempo, esfuerzo y, muchas veces, la disposición de mirar de frente problemas que no siempre nos afectan directamente, pero que forman parte de la realidad compartida. También implica aceptar cierta incomodidad: la que aparece cuando dejamos de ignorar lo que sabemos que necesita cambiar.
Lo vimos el pasado marzo en Hermosillo, cuando cientos de mujeres —cada vez más adolescentes y niñas— salieron a marchar para exigir condiciones más justas y seguras. Estas expresiones generan conversación, y con frecuencia también incomodan. Pero esa misma incomodidad aparece cuando un padre habla públicamente sobre la falta de servicios para personas con autismo, o cuando las personas con discapacidad recuerdan que nuestras calles y edificios siguen sin estar pensados para todas y todos.
Son conversaciones necesarias, aunque no siempre sepamos cómo responderlas.
Los datos locales ayudan a dimensionar este reto. De acuerdo con la Encuesta de Percepción Ciudadana 2025 de Hermosillo ¿Cómo Vamos?, el 88% de la población hermosillense declaró no haber participado en acciones para mejorar su colonia o su municipio durante el último año. Entre quienes no lo hicieron, las principales razones fueron no haber sido convocados (32%), no tener tiempo (32%) o considerar que nadie participa (22%). Además, solo el 3% de las personas reportó pertenecer actualmente a alguna organización civil, social o política.
Sin embargo, incluso en este contexto, la participación ciudadana sí existe. Durante este último periodo, el porcentaje de personas que participaron en acciones comunitarias alcanzó el 11.9%, lo que representa un incremento cercano a dos puntos porcentuales respecto al ciclo anterior. Es un avance pequeño, pero significativo: muestra que hay más personas involucrándose en nuestro entorno inmediato.
Quienes participan lo hacen principalmente en acciones como la limpieza de calles y parques, la siembra de árboles o actividades comunitarias. Son esfuerzos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que reflejan algo importante: hay ciudadanía dispuesta a participar cuando encuentra espacios para hacerlo.
En los últimos años también han comenzado a aparecer nuevas formas de involucramiento colectivo: grupos vecinales que se organizan para atender necesidades cercanas, personas que aportan tiempo o recursos para sostener causas locales, y redes ciudadanas que acompañan proyectos comunitarios desde lo posible. También han surgido esquemas como los círculos de dar, donde personas se organizan para contribuir de manera periódica a iniciativas sociales de su propia comunidad.
Esto no sustituye la responsabilidad de las instituciones, pero sí construye algo igual de necesario: la confianza social. En un país donde, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Cultura Cívica del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, una de las principales barreras para participar es la percepción de que nadie más lo hará, reconocer estas formas de involucramiento cotidiano resulta especialmente relevante.
La pregunta ahora es más cercana y personal: ¿qué tema te duele socialmente? ¿La educación, la salud, la seguridad? ¿Las mujeres, las infancias? Siempre hay una forma posible de involucrarse. Porque incluso cuando parece que nadie participa, siempre hay alguien empezando: colectivos, organizaciones civiles, redes ciudadanas. La diferencia muchas veces está en el interés por informarnos y sumar con acciones concretas. Ahí, aquí, comienza la ciudad que queremos habitar.


