El uso prolongado de dispositivos electrónicos en niñas y niños menores de tres años se ha convertido en una práctica generalizada en México y América Latina, a pesar de las recomendaciones internacionales. Investigaciones recientes publicadas en la Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes y en PLOS ONE coinciden en que la sobreexposición a pantallas en edades tempranas está asociada con afectaciones en el desarrollo infantil.
Los estudios indican que la mayoría de los menores de entre 12 y 48 meses pasa más tiempo frente a pantallas del aconsejado, lo que se relaciona con retrasos en la adquisición del lenguaje, así como con un menor avance motor y cognitivo. En el caso de México, se documentó que niñas y niños de uno a tres años permanecen entre tres y cuatro horas diarias frente a televisores, tabletas o teléfonos móviles.

Gabriel Gutiérrez Ospina, investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, explicó que el desarrollo infantil depende de la interacción social y de la exploración física del entorno, por lo que la interacción exclusiva con pantallas compromete aprendizajes esenciales.
De acuerdo con los especialistas, la plasticidad cerebral y el desarrollo motriz están directamente vinculados con la variedad y calidad de estímulos. En ese sentido, la dependencia excesiva de dispositivos electrónicos limita el fortalecimiento de habilidades cognitivas y sociales.
La Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes encontró que a mayor tiempo de exposición a pantallas, menor es la densidad léxica y más frecuentes son los retrasos en hitos del desarrollo, como sentarse, caminar o comenzar a hablar. Por su parte, PLOS ONE identificó una relación entre la falta de regulación en el uso de dispositivos y la disminución de habilidades cognitivas, además de una reducción en el tiempo dedicado al juego, la interacción social y la exploración activa.
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En una muestra de mil 878 infantes de 19 países latinoamericanos, PLOS ONE documentó que el tiempo diario frente a pantallas rebasa de forma constante las recomendaciones internacionales, sin diferencias significativas entre niveles socioeconómicos. Ambas publicaciones coinciden en que este fenómeno se intensificó tras la masificación de dispositivos digitales y el confinamiento derivado de la pandemia.
¿Cuánto tiempo se recomienda el uso de pantallas en la infancia?
La Academia Americana de Pediatría establece que los menores de dos años no deberían utilizar pantallas, mientras que de los dos a los cinco años el tiempo debe limitarse a una hora diaria, siempre con la supervisión de una persona adulta.
Uno de los hallazgos clave de las investigaciones es que el acompañamiento adulto marca una diferencia significativa. Cuando el uso de dispositivos se realiza de forma compartida, mejoran los niveles de vocabulario y la construcción de oraciones. En el estudio realizado en México, solo el uso acompañado predijo una adquisición más temprana de los hitos del desarrollo motor.

El consenso científico señala que el principal problema no es la tecnología en sí, sino la ausencia de interacción humana durante su uso.
Contenido y formatos: otro factor de riesgo
Además del tiempo de exposición, el tipo de contenido y la velocidad de los formatos audiovisuales representan un desafío adicional. Alan Alexis Mercado Ruiz advierte que plataformas como TikTok, basadas en la reproducción continua de videos cortos, pueden acostumbrar al cerebro a lapsos de atención muy breves, dificultando la concentración sostenida.
Por ello, los especialistas destacan la importancia de fortalecer la alfabetización digital en el entorno familiar y de generar mayor conciencia sobre los contenidos consumidos por niñas y niños.
Claves para reducir los riesgos
Mercado Ruiz, docente de la UNAM, subraya la necesidad de supervisar activamente el uso de pantallas y seleccionar contenidos adecuados. Enfatiza que:
“El enfoque debe ser en cómo se usan las pantallas, combinando tecnología con interacciones humanas”.
Los expertos coinciden en que madres, padres, personas cuidadoras y responsables de políticas públicas deben establecer límites claros y fomentar experiencias humanas que favorezcan un desarrollo equilibrado.
La supervisión constante y la elección cuidadosa de contenidos son elementos fundamentales para disminuir los riesgos asociados a la sobreexposición digital. El debate, concluyen, no debe centrarse en prohibir la tecnología, sino en promover hábitos responsables y una participación activa de las personas adultas, de modo que la tecnología complemente y nunca sustituya las experiencias esenciales para el desarrollo infantil.


