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sábado, junio 25, 2022

Arqueólogos recuperan 2 mil 550 objetos de las ofrendas del Templo Mayor de Tenochtitlan

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Son, hasta ahora, 2.550 piezas de madera las que arqueólogos, restauradores y especialistas han logrado rescatar de las extraordinarias ofrendas halladas al pie del Templo Mayor de la vieja Tenochtitlan: dardos, lanzadardos, pectorales, pendientes, máscaras, ornamentos, orejeras, cetros, jarras, tocados, una representación de flor y otra de hueso encontradas todas en los depósitos rituales que hacían los sacerdotes para consagrar algún edificio o lanzar alguna petición a los dioses aztecas. Se trata de una auténtica proeza de la ciencia dedicada a la conservación de estos materiales vegetales delicados por naturaleza. Los objetos han sobrevivido más de 500 años sumergidos en agua, algunos completamente anegados.

Un alto y constante nivel de humedad, poca cantidad de oxígeno y de luz, así como mínimas fluctuaciones de temperatura, contribuyeron a la conservación de los restos orgánicos hasta nuestros días. Mientras que, un moderno método de conservación y estabilización, en el que se usan azúcares sintéticos (lactitol y, posteriormente, trehalosa)— técnica usada por primera vez en México, en 2002, por la restauradora Alejandra Alonso, quien llevó a cabo la estabilización de los artefactos de madera procedentes de la Ofrenda 102 en el Templo Mayor — logrará su conservación para que lo vean esta y las próximas generaciones. Debido a su vulnerabilidad natural, la preservación de los objetos de madera en las ofrendas localizadas al pie del centro espiritual de los mexicas se considera ejemplar.

Arqueólogos y restauradores trabajan en una de las ofrendas halladas al pie del Templo Mayor de la vieja Tenochtitlan.
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Desde 1978, año en que arrancó el Proyecto del Templo Mayor — el gran hito arqueológico del México moderno, fundado por Eduardo Matos Moctezuma — no se habían rescatado muchos objetos de madera y los que se lograban rescatar, no se conservaban por mucho tiempo. “Lo contaba mi maestro Jorge Angulo [reconocido arqueólogo mexicano]”, dice el director del Proyecto Templo Mayor, Leonardo López Luján, en conversación con EL PAÍS, “una vez nos trajeron una máscara de madera donde estaban los laboratorios del INAH; aquí en Moneda, en el Centro Histórico. Llegó la máscara, en los años 60, y a las pocas horas se hizo polvo. Se había deshecho. En aquella época no teníamos la capacidad ni el conocimiento para cuidar de estos objetos que son tan vulnerables. No podíamos conservarlos años, apenas unos días”, explica López Luján. Pero, gracias al intercambio de conocimientos con arqueólogos y restauradores de otros países, como Andras Morgos y Setsuo Imazu, se ha logrado perfeccionar el método con azúcares sintéticos para la conservación de estos objetos de origen orgánico.

El arqueólogo Víctor Cortés Meléndez hace el análisis de la madera hallada en las ofrendas del Templo Mayor. Foto: Mirsa Islas Orozco

“Actualmente, las restauradoras María Barajas Rocha y Adriana Sanromán Peyrón, están aplicando una técnica de conservación novedosísima. Gracias a ella, la madera no se nos deshace en las manos. Son objetos sumamente delicados; cuando los extraemos de las ofrendas salen como si fueran chicharrón en salsa verde”, dice entre risas el arqueólogo. “[La del Templo Mayor] es una colección, yo me atrevería a decir, única en su tipo. Es de las más ricas de toda Mesoamérica. Primero, por su estado de conservación. Este tipo de objetos normalmente no llegan hasta nuestros días, entre otras cosas, porque ésta era una isla rodeada de un lago. Las condiciones hicieron que estos objetos sobrevivieron mucho más de 500 años; otra es la riqueza de la colección y la diversidad. Y, a nivel simbólico, es excepcional, porque estamos en la capital del imperio mexica. Los materiales que tenemos aquí son espectaculares porque estamos en el corazón de un imperio. Eso explica, en parte, porque hemos encontrado no sólo madera, sino de hule, flores, cocodrilos, estrellas de mar… Es un lugar único en el sentido que tienes tres capitales superpuestas. México, capital de 21 millones de habitantes. Luego, la capital de la Nueva España, la Ciudad europea más importante de Ultramar, con 170 mil habitantes; más abajo, tienes a México-Tenochtitlan, de unos 200 mil habitantes. Nosotros estamos excavando en un lugar privilegiado como lo puede ser Jerusalén, Estambul; Alejandría, en Egipto o la misma Roma”, sentencia López Lujan.

Máscara de Tláloc, dios de la lluvia que regía fenómenos meteorológicos como los relámpagos, los truenos, el granizo o las tormentas. Foto: Mirsa Islas Orozco

La estabilización y conservación de los objetos de madera, tanto in situ como durante y después de su exhumación, ha representado un gran reto para el equipo de restauración del Proyecto Templo Mayor. Al detectarse la presencia de estos materiales en las ofrendas, se estableció una estrecha y necesaria colaboración entre arqueólogos y restauradores, ya que su material constitutivo los convierte en elementos altamente vulnerables y propensos a sufrir mayores deterioros. Con ayuda de espátulas de teflón o de plástico; rejillas y láminas flexibles de polietileno, los artefactos de madera se trasladan al laboratorio de campo, donde son resguardados en refrigeración de manera temporal e inmersos en agua dentro de contenedores de plástico. De este modo los objetos se mantienen estables durante las tareas de registro y planeación, antes de dar inicio con el proceso encaminado a su estabilización y consolidación.

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María Barajas Rocha y Adriana Sanromán, especialistas en conservación y parte fundamental del Proyecto arqueológico, cuentan a EL PAÍS el proceso para que la madera recobre su estructura. Un método necesariamente lento en el que se va concentrando paulatinamente una solución con azúcares sintéticos hasta alcanzar el máximo deseado. Estos azúcares tienen la ventaja de que, además de ser estables a los ataques de microorganismos y a las fluctuaciones de humedad relativa, son compatibles química y físicamente con la madera. “El proceso inicia después de remover cuidadosamente los restos de sedimento depositados sobre la superficie de cada objeto. Posteriormente, los objetos se sumergen en la primera solución de azúcares sintéticos, a una concentración del 5% en agua, y conforme las estructuras vegetales van absorbiendo los azúcares, se incrementan las concentraciones en las soluciones hasta lograr la máxima saturación, la cual alcanza un 82%”, explican las restauradoras a este diario. El incremento en los porcentajes de las diferentes soluciones se logra en 13 pasos, lo cual hace que la duración total del proceso de impregnación sea de aproximadamente seis a nueve meses. Al concluir con la impregnación, los objetos arqueológicos se enjuagan con agua tibia de manera cuidadosa y posteriormente se resguardan al interior de una cámara de calor en la que se mantiene una temperatura promedio de 50°C. El secado final dentro de esta cámara ayuda a brindar a la madera la estabilidad que requiere a partir de la cristalización controlada de azúcares al interior de su estructura, lo que genera a nivel microscópico un engrosamiento en sus paredes celulares.

Los objetos de esta colección, encontrados al interior de 7 unidades de excavación y de 14 ofrendas de la vieja Tenochtitlan, fueron fabricados a partir de maderas blandas obtenidas de distintas especies de pino. También se ha identificado la utilización de cedro blanco, ciprés, ahuehuete, aile y tepozán, de acuerdo con los estudios que se han hecho en la investigación en curso con las 62 muestras que se seleccionaron y analizaron junto con el Laboratorio de Biología de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, con el que se estableció un protocolo de investigación dirigido a la identificación taxonómica de la madera. El estudio de la colección de los objetos de madera también se ha podido complementar con observaciones puntuales y detalladas sobre diversas muestras mediante microscopía electrónica de barrido. Esta técnica analítica permite, por medio de un haz de electrones, la observación y caracterización superficial de materiales tanto orgánicos como inorgánicos. Los artefactos se hallaron completos o casi completos, y muchos incluso conservan restos de policromía en sus superficies: azul, rojo, negro y blanco; típicos colores usados por la cultura mexica. El azul, por ejemplo, está asociado al dios de la lluvia. El blanco y negro eran usados para delinear figuras, por ejemplo, para marcar los ojos cerrados en las máscaras.

De acuerdo con Víctor Cortés Meléndez, arqueólogo del Proyecto del Templo Mayor, los relatos de fray Bernardino de Sahagún mencionan que en la época mexica los carpinteros y talladores eran artesanos especializados que hicieron uso de los árboles y las plantas existentes en la Cuenca de México. “Los árboles en Mesoamérica, sobre todo algunas especies, eran considerados axis mundi, eran sagrados. Había piezas adornadas con madera por los sacerdotes mexicas, por ejemplo, figurillas de copal, braseros de basalto y cuchillos de pedernal. Al cuchillo de pedernal le ponían sus orejeras y su cetro serpentiforme, uno de los atributos a Tláloc”, explica el arqueólogo a este diario. La mayoría de las piezas de madera son representaciones miniatura de jarras, cetros con forma de venado o serpentiformes; máscaras miniatura y pectorales; dardos, lanzadardos (átlatl) y mazos, con las que adornaban a los animales protagonistas de las ofrendas del Templo Mayor.

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El hallazgo del monolito de la diosa Tlaltecuhtli, la inigualable escultura monumental que representa a la tierra, en el predio que fuera anteriormente ocupado por el Mayorazgo de Nava Chávez, motivó al equipo de especialistas del Proyecto Templo Mayor, dirigido por el arqueólogo Leonardo López Luján, a seguir excavando. Y qué bueno. Hasta el momento, se han registrado 40 depósitos rituales, donde se han hallado restos botánicos, aves, mamíferos y animales marinos, objetos de cobre y oro, piezas de pedernal y de cerámica. Y, claro, madera. Hasta ahora, 2550 objetos de madera. Pincelada a pincelada, los arqueólogos y restauradores van descubriendo, lentamente entre la tierra, huesos, flores, pepinos de mar, trocitos de madera que parece que se desvanecen por el tiempo, pedazos de historia del imperio mexica que se resisten al olvido.

Información de El País

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