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domingo, julio 3, 2022

Año 2022, persona nueva y utopía

Héctor Rodríguez Espinoza
Héctor Rodríguez Espinoza
Doctor en Derecho, catedrático desde 1969 del Departamento de Derecho de la Universidad de Sonora. Editorialista y autor de 25 libros de Jurisprudencia y Cultura, Ed. Porrúa y Editorial Académica Española. Expresidente del Consejo de Certificación Barra Sonorense de Abogados. Profesionista distinguido 2013 y 2016.

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“Con solo leer a Humboldt actualmente me basta. Él, como otro sol, ilumina todo lo que observo”.

Charles Darwin

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I.- Con la inercia de la eterna incógnita Historia del tiempo –libro clásico de Stephen Hawking– y a partir del nacimiento de Jesús de Nazareth, el hombre más universal –La biblia, obra más leída de la civilización cristiana-, la humanidad lleva un sistema de cómputo de años solares, meses, semanas y días, división artificial del año civil.

El hombre sintió, desde remotas edades, necesidad de esa pauta para organizar su vida y se basó en la distribución de los períodos de luz y oscuridad, para ordenar –en términos precisos y preciosos– la moral y la cultura y para regir sus usos y costumbres.

Mientras que las leyes humanas se escriben en la arena, las costumbres se inscriben en granito. 

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El primer día de cada mes, de luna nueva, era llamado por los romanos “calendas” y el informe de los sacerdotes al pueblo se llamaba “calendario”, unos llaman almanaque. Son famosos los de Gotha a partir de 1764 y el del pobre Ricardo, que durante 28 años publicó Benjamín Franklin, con informaciones, máximas y consejos éticos.

El calendario egipcio surge a principios del tercer milenio aC y es el primer solar conocido de la Historia. Estaba en pleno uso en tiempos de Shepseskaf, el faraón de la dinastía IV. En las Pirámides se mencionan los 365 días del año civil egipcio. Se reguló primero por la aparición de la estrella Sirio de oriente y luego por el sol, a lo que se atribuye su grandeza y regularidad agrícola. Desde entonces el año se divide en 12 meses de 30 días, con 5 días al final de cada uno.

El calendario hebreo o judío, el más antiguo porque su iniciación se sitúa junto a la creación del mundo según las Sagradas Escrituras, se divide en años de 12 meses de 30 y 20 días, semejantes al de los babilonios y griegos. El islámico comienza el año 622 de nuestra era, con la huida de Mahoma de La Meca, que rige a cientos de millones de musulmanes. Se suceden el calendario romano y el reformado gregoriano de 1582, aceptado por Europa, Asia y América. Otros son el Solar, el Lunar, el Lunisolar, el Positivista, el Racional, el de Flora y el Republicano.

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II.- El cómputo del tiempo en América, antes de Colón, había alcanzado, entre mayas y aztecas, una precisión admirable. El azteca o piedra del sol –en el Museo Nacional de Antropología e Historia-, es un enorme basalto de más de 24 toneladas y 3.66 mts. de diámetro, tiene esculpido un círculo con signos, figuras y jeroglíficos en relieve, delicadamente trabajados, computaba en 365 días y seis horas, menos algunos minutos, aproximándose a la exactitud astronómica con mayor precisión que el Juliano, usado en la época.

III.- ALEXANDER VON HUMBOLDT. Federico Guillermo Enrique Alejandro, Freiherr von Humboldt (Berlín, 14 septiembre 1769 – ibid., 6 mayo 1859), transliterado al español como Alejandro de Humboldt, polímata, geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador prusiano, hermano menor del lingüista y ministro Wilhelm. Cofundador de la geografía como ciencia empírica.

El 22 de marzo de 1803 llegó con una fragata española de Guayaquil (Ecuador) a Acapulco, en el Pacífico. Visitó las cercanías y las describió en su diario, antes de proseguir por Chilpancingo y Taxco hasta la Ciudad de México (el 12 de abril). En un México construido con las ruinas de la capital de los aztecas, descifró el calendario azteca o Piedra del Sol, desenterrado en la Plaza Mayor e hizo varias excursiones por los alrededores.

… En enero de 1804 regresó a la alcantarilla de Huehuetoca y escribió sobre su penosa construcción; lamentó las inhumanas condiciones de trabajo de los indios. Se preocupó de las circunstancias en las minas coloniales; escribió amplio informe sobre la mina de Guanajuato e intercedió en favor de los trabajadores. Muy activo: planeó perfiles geológicos, atendió exámenes del Colegio de Minería y visitó varias instituciones y a diversos eruditos. Calificó las condiciones en las cuales trabajaban los institutos como modélicas, ante todo debido a que blancos e indios trabajaban juntos en ellos. …”

En su vida se publicaron numerosos elogios de sus contemporáneos. En México: En 1827, recibió la nacionalidad mexicana como reconocimiento, por el primer presidente de México, Guadalupe Victoria. En 1854 recibió, por el general Uraga, la gran cruz de la orden de Guadalupe que le había otorgado Santa Anna. En 1859, Benito Juárez lo declaró Benemérito de la Patria. …

IV.- La modificación del calendario actual sigue preocupando, se considera inconveniente que haya meses de 28, 30 y 31 días, y de 29 en febrero del año bisiesto y que ocurran fiestas a mitad de semana. No han prosperado, sin embargo, los proyectos rectificadores, que buscan una solución total.

Toda esta cultura astronómica y religiosa, acumulada por la mente y fe de primitivos y sofisticados científicos y religiosos por siglos y cargada de  evocadoras nostalgias, renovados propósitos  y  sinceros deseos, constituye la representación anual de una inconsciente y circular utopía, concepto griego hecho famoso por Tomás Moro, traducido tanto como “ningún lugar” como por “buen lugar”, significa región, estado o época ideal y perfecta, pero imaginaria, en la cual las horas de trabajo, la propiedad y los bienes estaban armoniosamente distribuidos.

El tiempo sigue su inexorable marcha. El cosmos nos seguirá negando las evidencias de su principio y fin. Su misteriosa infinitud –representación de la idea de Dios, que inquieta a teólogos, filósofos y científicos-, regirá e inspirará ¿por siempre? la exacta y espiritual cultura humana. Los calendarios regularán la civilización terrestre y los almanaques desecharán sus hojas y alimentarán la historia, con sus fastos y nefastos.

V.- ¿TEOLOGÍA VS. CIENCIA ESPACIAL? ¿Cómo negar la misión del telescopio James Webb? Costó US $10 mil millones y tardó tres décadas en construirse, despegó desde la Tierra el pasado 25 de diciembre y busca las primeras estrellas que alumbraron el cosmos. Lanzado a bordo del cohete Ariane desde el puerto espacial Kourou en Guayana Francesa. Como “Buscador de vida”, nos permitirá conocer mejor las atmósferas de los planetas extrasolares y, tal vez, encontrar los componentes básicos de la vida en otros lugares del universo.

Marcia Rieke, astrónoma de la Universidad de Arizona e investigadora principal de la Cámara del Infrarrojo Cercano a bordo, contesta: “Su objetivo de estudiar las galaxias lejanas es: En el estudio de las primeras galaxias se llevarán a cabo varios proyectos. Entender el proceso por el cual el gas presente después del Big Bang se agrega en cúmulos que forman estrellas y protogalaxias. Cómo cambian las galaxias con el tiempo. Sabemos, por el Hubble, que las galaxias lejanas (y, por tanto, jóvenes) tienen formas mucho más grumosas que las que vemos cerca. Se desconocen la mayoría de los detalles de cómo las galaxias grumosas se convierten en las espirales y formas más regulares que vemos ahora. …” https://www.metroworldnews.com/noticias/2021/10/12/los-retos-de-desarrollar-y-enviar-un-nuevo-telescopio-gigante-al-espacio/

VI.- En –a veces en contra de– la naturaleza, cada uno de los mortales hombres que la poblamos y cultivamos, desde los humanistas sabios griegos, agotaremos nuestra limosna de vida, de luz y de oscuridad, con nuestras glorias y miserias, individuales y colectivas. Millones mirando al ignoto sideral, implorando: “Padre nuestro, que estás en los cielos …”   

Pero el periodo anual es el mismo. Sin embargo, frente a la pasividad del Nihil novum sub sole (“nada hay nuevo bajo el sol”), cada día es, para cada uno, en verdad, el activo reto y oportunidad de ser los artífices del tan deseado “feliz año nuevo”, o como debiera decirse: del “feliz persona nueva”, que estás en la tierra.

Construyámoslos.

Héctor Rodríguez Espinoza

Doctor en Derecho, catedrático desde 1969 del departamento de Derecho de la Universidad de Sonora. Editorialista y autor de 25 libros de Jurisprudencia y Cultura, Ed. Porrúa y Editorial Académica Española. Expresidente del Consejo de Certificación Barra Sonorense de Abogados. Profesionista distinguido 2013 y 2016.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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