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martes, octubre 26, 2021

Familias enteras de haitianos, ecuatorianos y hondureños se alimentan y descansan en el albergue Vida Plena, Corazón Contento A.C. en Hermosillo

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Hermosillo, Sonora.- Vinelson Alisma huyó de la guerra, del hambre y de la falta de trabajo en Haití. Tiene 27 años y entró a México por la frontera sur, en Tapachula, Chiapas, junto a doce amigos e integrantes de su familia, incluida su esposa y su hijo de ocho meses. Desde hace cuatro días llegó a un albergue hasta el norte, en Hermosillo, Sonora, con la esperanza de una vida más digna para todos, aquí o en cualquier otro lugar.

“Nuestro país tiene guerra, mucho complicado”, cuenta en español y portugués, lenguas que aprendió en la escuela y en una estancia en Brasil. Ahora es intérprete entre su grupo y la gente local para comunicar sus necesidades, pues los demás sólo hablan criollo haitiano.

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“Se sabe”, continúa: “no tiene presidente y nosotros estamos procurando un lugar melhor pra vivir, que tiene trabajo para poder ayudar familia. Nosotros queremos ficarmos en cualquier lugar que tiene trabajo y nosotros ficamos pra trabalhar. Nuestro país no hay trabajo, encontrar trabajo es mucho complicado. Yo hago cualquier cosa, porque me gusta mucho mi familia, no gustaría dejarlos pasar fome -hambre- y pasar por necesidades. Aquí nos han ayudado mucho: comemos bien, dormimos bien, tomamos baños todos los días”.

Es un día de aparente calma en el albergue y comedor Vida Plena, Corazón Contento A.C. en la colonia San Luis, en Hermosillo. Hay unas cuarenta personas asiladas, pero la semana anterior hubo casi doscientas. Al mes, pueden atender hasta mil 500 migrantes e indigentes.

Es pasado el mediodía y, en la espera de la hora de comer, la gente descansa sobre dos filas de colchonetas sobre el piso. Algunos mandan mensajes de texto, otros conversan y un grupo de niñas juega con muñecas.

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A este espacio han llegado decenas migrantes en las últimas semanas, la mayoría deportados de Estados Unidos, traídos por el Instituto Nacional de Migración (INM), en espera de sus respectivos procesos de repatriación. Hoy, casi todos son hondureños, ecuatorianos y haitianos.

La pastora Hilda Cambustón, fundadora y representante legal de la asociación civil, cuenta que empezó hace 18 años en la labor social, pero fue dos años después, el 19 de febrero de 2005, que se inauguró el comedor y albergue; ahora necesita del apoyo de la comunidad y de las instituciones para hacer frente a la crisis humanitaria.

Su historia inició compartiendo alimentos con los niños y niñas vulnerables del sector, en las colonias Café Combate, San Luis, Las Amapolas, Metalera y El Ranchito. Luego, conforme fue creciendo la actividad, llegaron los ancianos, las madres de familia, las personas en situación de calle y migrantes.

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A la par, crearon una escuela cultural para menores vulnerables donde, hasta antes de la pandemia de covid-19, recibían alimentos, clases de valores, deporte y artes; un lugar de apoyo para las mujeres que vivieron violencia, en colaboración con la Fiscalía de Justicia del Estado de Sonora.

Pero el tema de las personas migrantes ha sido particular. Acostumbrada a recibir cientos de personas que bajan del tren, cercano a la zona donde se ubica el comedor, Hilda asegura que esta ocasión -sobre todo, durante el último mes y medio- ha sido totalmente distinta.

“Son familias”, dice Hilda: “son niños… niños de brazos, familias completas con padre, madre e hijos. Es muy lamentable. Casi todos los centroamericanos que estamos atendiendo, son deportados y vienen con sueños rotos, pasan situaciones muy difíciles y pues ahora están los haitianos también aquí. La crisis humanitaria que está pasando ahorita en Centroamérica, en nuestro país, no sé cómo la vamos a solucionar, si es que hay solución”.

Varias veces por semana, llegan al albergue camionetas o camiones del INM con más de 20 personas. La tarde de este 29 de septiembre fue uno de esos días, donde la ocupación subió de 40 a 60 personas. Así se viven las horas: a la expectativa de que siempre llegue más gente.

“Me ha tocado ver que llegan más que con la pura ropa que traen puesta, porque les quitan todo”, cuenta la pastora: “he visto niñas que vienen desnudas porque no tienen pañales, o mujeres que necesitan una toalla sanitaria, por ejemplo o que traen seis días sin bañarse, pero no solamente es la higiene y la necesidad de descansar, sino el sentido de lo que traen dentro, la frustración o el llanto”.

Para Hilda, que escucha los testimonios de una cantidad ya incontable de personas, es difícil contener las emociones y la indignación de saber que la gente es desplazada de sus países por la violencia, la pobreza y el hambre.

“Es la crisis, la situación de impotencia porque perdieron todo”, explica la pastora, “¿y qué haces? Lo único que puedo hacer es orar por ellos y tratar de que estén cómodos. Entonces, piensas y sopesas la situación: ¿Cuál necesidad es mayor? ¿La que vivían o la que tienen que soportar ahora? Quiere decir que la que estaban viviendo es mucho más terrible”.

Y agrega: “Cuando llegan a este lugar, primero sienten tranquilidad, porque dicen ‘¡ah, es una iglesia’, porque nosotros fungimos como iglesia, pero como una consiente de la necesidad humanitaria, por eso abrimos un espacio para hacer una asociación civil. Hablo con ellos, les digo relájense, descansen, coman, báñense. Viene la Secretaría de Salud y los está revisando cada dos días, para ver cómo vienen y cómo están”.

Rogelio Gutiérrez, coordinador general de Vida Plena, Corazón Contento A.C. cuenta que han servido como apoyo a los albergues oficiales de Migración y de la Procuraduría de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, que se han visto rebasados en Sonora.

Aunque reciben apoyo del Banco de Alimentos de Hermosillo I.A.P. y del Club de Leones con aportación de despensas, así como de la misma Procuraduría y del DIF estatal y municipal, los insumos no son suficientes.

“Nosotros, como comedor, sabemos surtir las necesidades de forma común, con todo lo que tiene que ver con la alimentación”, explicó Gutiérrez, “pero ahora, como albergue, para las cuestiones de higiene personal, por ejemplo, no tenemos stock de pasta y cepillos de dientes, de toallas sanitarias, de pañales, papel higiénico y toallas para secarse; vemos a las mamás secando a sus hijos con su misma ropita y no tenemos de qué forma suplir esas necesidades tan básicas”.

Lo mismo sucede con el uso de utensilios desechables para comer, agregó, pues siempre se usan grandes cantidades de platos, vasos, tenedores y cucharas de plástico, dependiendo de la cantidad de personas que atienden a diario.

“Creo que, en un día y medio, nos acabamos un bulto de mil platos”, afirmó. También se consumen incontables kilos de verduras, carne, pan y otros alimentos y bebidas, como el café, que hace mucho no pueden costear.

Pero no todo es material y Rogelio recuerda lo importante que es la presencia de personas voluntarias para ayudar con las tareas de la asociación y, sobre todo, acercarse a conocer y escuchar las necesidades y experiencias de la gente que permanece en el albergue.

“Muchas personas ocupan con quien platicar, ocupan alguna palabra de apoyo, desahogarse”, cuenta el coordinador, “la invitación es a no voltear hacia el otro lado: vamos viéndonos de frente”.

Hilda coincide con Rogelio: si al menos pudiéramos voltear para hacer una lectura de nuestro entorno, sobre la situación que prevalece en la ciudad, con las familias y qué es lo que está pasando en Centroamérica, todo sería distinto.

“Mi petición sería a no perder la sensibilidad”, concluyó, “el sentido propio humanitario de saber que, si yo tengo un kilo de arroz y hay otra persona que tiene hambre, lo comparto. Es una manera de luchar contra el egoísmo y la falta de compasión, de consideración, de respeto hacia los demás. Vivimos tiempos de violencia, de maldad, pero, en medio de todo eso, todavía hay personas que se acercan para traer algo. Yo estoy muy agradecida, de verdad, y he crecido como persona al ver que vale la pena”.

Para conocer más acerca del trabajo de Vida Plena, Corazón Contento A.C., puedes visitar su página de Facebook. También puedes llamar al (662) 226 0138 o visitar sus instalaciones en Calle F #9, entre Cerro del Oro y Realito, colonia San Luis. Es una donataria autorizada, por lo que puede emitir recibos deducibles de impuestos.

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