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lunes, enero 26, 2026

Contra la naturaleza

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Hace poco descubrí una librería, avistada inconscientemente con anterioridad, especializada en ciertas editoriales entre las que se encuentra Herder, por lo que empecé a visitarla con cierta frecuencia.

“Empecé a visitarla con cierta frecuencia” significa que todos los libros que he comprado desde entonces han sido adquiridos en ese lugar. También significa que hace poco tiempo transité de un tipo de lectura a otra, sin notarlo hasta ahora.

Pienso que la diferencia entre estos tipos de lectura reside en la forma de argumentación. Con la palabra “forma” quiero decir la base o el fundamento onto-epistemológico del argumento que es presentado como “válido” en ese discurso, o, para sonar posmodernos, en ese relato.

Regresando al tema que me ocupa, decía que comencé a acudir a esta librería como primera opción de compra; incluso sobre la opción de ir “solo a ver”, en mi tiempo libre, las tres librerías que tengo disponibles a dos cuadras.

En una de las ocasiones que acudí al nuevo lugar compré “Contra la naturaleza”, de Lorraine Daston, directora emérita del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia. A decir verdad, creo que no comprendí el objetivo del libro a cabalidad, mejor dicho, ni me acerqué; pero lo valioso de las buenas ideas, así sean representadas en un espacio físico ínfimo -una hoja y la tinta siendo afectadas por la luz y el milagro biológico de la vista-, es que con una sola que logre ser comunicada, pueden generarse progresos portentosos.

Dicho esto, no intentaré generar una reflexión sobre la lectura, porque no logro dimensionar el alcance de este discurso, pero sí puedo enumerar las generales del libro y hacer unas cuantas citas que, tal vez, seduzcan su curiosidad.

Como una explicación de lo que trata el libro, la contratapa señala que “Durante siglos, los filósofos han insistido en que en la naturaleza no hay valores; esta, sencillamente, es. Transmutar ese ‘es’ en un ‘debe’ comporta un acto humano de imposición o proyección. Tratar de transferir valores culturales a la naturaleza y apelar a su autoridad para apuntalarlos es incurrir en una ‘falacia naturalista’ que muchos autores, a lo largo de la historia, han intentado desterrar. Sin embargo, la tentación persiste”.

Cuando leí esto no entendí nada, pero como había escuchado de esta obra, y para hacerme el interesante, la adquirí; afortunadamente, después encontré otra razón para justificar que había hecho una “buena compra”. Recordé que en una clase que llevé en una especialidad en ética que cursé, había leído que en realidad, uno de los primeros filósofos que realizó una crítica a la falacia naturalista, y no tuvo mucho éxito porque en su tiempo la mayoría de la población, que era muy experta en todo, era también muy obtusa, fue David Hume, ante quien siempre hemos de quitarnos el sombrero.

En la actualidad podemos encontrar la falacia naturalista con gran facilidad en el mundo académico. A los expertos les encanta espetar prejuicios y dogmas esencialistas, y contra eso lucha el argumento de este libro, aunque en la misma contratapa se diga que “la autora no pretende realizar otro intento de acabar con la falacia naturalista”.

Justo escribiendo lo anterior me percato que entendí humildemente parte del argumento de la obra y está relacionado con ese tránsito de forma argumentativa que señalo arriba. Bergson, Batthyány, James, Levrero, Merleau-Ponty, Husserl, Spinoza, Leibniz, Arnau, López Alós; todos ellos tienen o tenían un conocimiento profundo en las ciencias duras, y sin embargo, eran críticos perspicaces del expertismo.

Toda la literatura que he consumido últimamente se reduce a una crítica del mainstream, y Daston no es la excepción, solo que no se centra tanto en criticar, ni se deleita o regocija en el escarnio al neo-escolasticismo, como sí disfruta explicar y educar en un escepticismo primordialmente ilustrado y humanista.

La crítica se dirige al “pensamiento” imperante al que estamos sometidos culturalmente en la actualidad, una “actualidad” con la que se nos pide que seamos pacientes, pues ya se escuchan sus estertores, pero en la que nunca deja de reproducirse ese pensamiento conservador y castrado que la perpetúa. En ese sentido, este libro me recordó “la tesis de la futilidad” en la obra “Retóricas de la intransigencia” de Albert Hirschman.

En el primer capítulo, Daston define su objeto de estudio y se pregunta cómo es que el “ser” se convierte en “deber ser”. En el capítulo dos, tres y cuatro describe diferentes tipologías de naturalezas, las específicas, las locales y las leyes naturales universales.

En “Las pasiones de lo antinatural”, la autora realiza una distinción entre las pasiones y las emociones y explica cómo el asombro, el horror y el temor, juegan un papel primordial como pasiones que determinan nuestra concepción del mundo.

Después vienen los tres capítulos finales, “La mera idea de orden”, “La plenitud de los órdenes” y “Conclusión: salvar los fenómenos”, de entre los que, para cerrar, solo citaré la reflexión final de “La mera idea de orden”.

Esgrime “Es un hecho empírico que los seres humanos utilizan órdenes naturales para representar órdenes morales. Lo hacen incluso cuando el orden natural no posee más o menos autoridad que el orden moral que se propone representar; lo hacen cuando es posible encontrar modelos alternativos, como por ejemplo, en el arte, en la matemática o en la tecnología. ¿Por qué?”. La propia Daston pone a temblar a los positivistas argumentando que “la propia normatividad no tiene adherencia sin algún tipo de orden”, y lo peor es que buscan lograr el orden recurriendo a la Razón Universal y no a la razón humana.

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