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martes, enero 20, 2026

Cuatro años de American carnage (Masacre Americana)

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El 20 de enero de 2017 estaba en uno de los estacionamientos del campus central de la Universidad de Houston. La voz del que ese mismo día temprano se convertiría en el presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos sonaba por la radio. Recuerdo bien ese día, no sólo por iniciar estos cuatro años de tensión y caos político, sino por verse también como un día normal, como una apariencia de lo que ya había dejado de ser.

El discurso de Trump esa mañana se le conoce ahora como el discurso del American carnage: la matanza americana. Con esas palabras, que ahora hacen eco de otra forma en el presente, la administración entrante pretendía establecer el tono de la crisis heredada (¿suena familiar?). Así, una de las primeras cosas que se dijeron ese día fue lo siguiente: “El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en el que el pueblo volvió a ser quien gobierna en esta nación de nuevo”.

Así mismo, lo que la administración de Trump llamó en aquel entonces la American carnage no fue otra cosa que una especie de ultranacionalismo palingenético, una definición del estado de las cosas para probar que era necesario un “renacer”, un “volver a los orígenes”. En aquel discurso, el país más rico de la historia de la humanidad, imperfecto siempre y cargando con sus pecados históricos, sonaba más bien como un precipicio interminable: ciudades empobrecidas, fábricas oxidadas y abandonadas por lo largo y ancho del país, el sistema educativo con mucho dinero y sin conocimiento adecuado, crimen, pandillas, drogas por todas partes. Esa es, pues, la matanza americana a la que se refería el flamante y repudiado nuevo presidente.

Lo que queda muy claro con los acontecimientos de la semana pasada, especialmente el ataque al capitolio, pero también el discurso de odio y demagogia, es que el pueblo del que hablaba la administración entrante en 2017 – ese pueblo olvidado y sin poder alguno que ahora volvía a la cabeza de la nación – no era de entrada la totalidad de las y los residentes norteamericanos. Sabemos ahora, con la ventaja de haber vivido estos cuatro años, que esta administración nunca tuvo la mínima vergüenza para dirigirse al común. Sólo, desde siempre, le habló al grupo minoritario de sus simpatizantes, al grupo en su inmensa mayoría de raza blanca que vimos el miércoles pasado atentar contra el desarrollo normal de la democracia de este país.

La verdadera American carnage está entonces en el larguísimo camino recorrido hasta 2021. Estados Unidos no es excepcional en sus pecados, hay que decirlo. Es, mejor, excepcionalmente bueno en tratar de justificarlos de una infinidad de maneras, sobre todo convenciéndose a sí mismo de su propia excepcionalidad, de su pluralismo inagotable y de la supremacía de su gente como un faro brillante de la democracia en el mundo. Esa autoficción terminó por desmoronarse el 6 de enero.

Muy brevemente lo que quiero decir el día de hoy es que es muy fácil asignarle la responsabilidad de los problemas fundamentales de una nación a una sola persona, llámese como se llame. Es más fácil hacerlo así, poner toda esa culpa sobre sus hombros, que reconciliarnos con la larga historia que produce nuestros propios demonios. Sí en Estados Unidos el racismo sistémico y la inacabable desigualdad socioeconómica, pero también en México la obesidad del Estado, sus líderes mesiánicos y la violencia cotidiana de que nada sirve casi nunca. Esto somos, y en la medida en que comencemos a reconocer la historia de nuestros fracasos podremos empezar a dejar de apuntarle a los culpables con el dedo y hacer lo necesario para, aunque sea, avanzar un poco.

Se viene un año complejo, de elecciones en Sonora y de grandes retos a nivel mundial. ¿Vamos a seguirle apostando a quienes vienen a prometer una soluciones unilaterales y discursos vacíos? ¿Vamos a seguir convenciéndonos de nuestra propia excepcionalidad sin vernos en el espejo? Por lo que veo, no hay nadie aún que tenga el atrevimiento de hacer las cosas bien.

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