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sábado, marzo 28, 2026

El pesimismo en Georges Sorel

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En una carta dirigida a su amigo Daniel Halévy en la que narra cómo y por qué algunas reflexiones que escribió desordenadamente, y de forma poco sistemática por aquí y por allá, fueron reunidas para dar nacimiento a su famoso tratado “Reflexiones sobre la violencia”, Georges Sorel señala que el pesimismo es “algo muy diferente de las caricaturas que de él nos suelen ofrecer”.

Comenta que el pesimismo “es una metafísica de las costumbres en mucho mayor medida que una teoría del mundo; es una concepción de un camino hacia la liberación, estrechamente ligado, por una parte, al conocimiento experimental que hemos adquirido de los obstáculos que se oponen a la satisfacción de nuestras ideas (o, si se quiere, ligado al sentimiento de un determinismo social) y, por otra parte, a la convicción profunda de nuestra debilidad natural”.

Para explicar la profundidad de esta frase liminal, conviene recordar que Sorel advierte que el tema en torno al cual elucubra es la violencia, pero también dice que es de la convicción de que “los hombres que más sangre hicieron correr fueron aquellos que tenían el más vivo deseo de que sus semejantes llegasen a gozar de la Edad de Oro con que ellos habían soñado”, eran los “optimistas, idealistas y sensibles; se mostraban tanto más inexorables cuanta mayor era su sed de felicidad universal”.

Da la impresión que la dicotomía pesimista/optimista juega un papel preponderante en torno a la cuestión de la violencia, y por lo tanto, me pregunto si la sociedad mexicana, frecuentemente asediada por violencias de todo tipo, es una sociedad optimista o pesimista.

Habría que empezar por diseccionar la frase, que en la primera oración afirma que la actitud pesimista es más una metafísica de las costumbres que una teoría del mundo. Sabemos que una teoría del mundo sería una macroteoría que intenta explicar la totalidad de las cosas -esas cosas incluyen al ser humano que existe en, y es parte de, la totalidad-, cómo son, por qué son, y cómo y por qué son como son.

¿Pero qué es una metafísica de las costumbres? Primero debe ser un aparato crítico más sencillo y humilde que una teoría del Todo. También debe ser de carácter antropocéntrico, puesto que la violencia que nos interesa es la que se ejerce por un agente consciente y con capacidad volitiva, pero además porque nos libera de explicar cómo son las cosas, hacia la más asequible explicación de cómo son los individuos frente a la totalidad de las cosas.

La metafísica es la rama de la filosofía que estudia al ser, sus principios, propiedades y causas primeras, así que de manera muy general, una “metafísica” de las costumbres sería un constructo eidético orientado a dilucidar los principios y causas primeras que dan lugar a las costumbres.

La cosa se torna más difícil si reconocemos que lo anterior también nos obliga a reflexionar sobre qué es la costumbre. En sus “Pensamientos”, Pascal diría “la costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera”, confesando que tenía “mucho miedo de que esta naturaleza no sea a su vez sino una primera costumbre, al igual que la costumbre es una segunda naturaleza”.

Para evitar complicarnos más, convengamos que el pesimismo es una actitud crítica que busca comprender las causas de por qué los distintos sujetos se comportan como lo hacen frente a la totalidad de las cosas que les acontecen; en contraposición a pretender explicar la causa fundamental de los acontecimientos.

Por ello Sorel esgrime que el pesimismo es el camino hacia una liberación, estrechamente ligado a dos factores esenciales, “al conocimiento experimental que hemos que hemos adquirido de los obstáculos que se oponen a la satisfacción de nuestras ideas y, […] a la convicción profunda de nuestra debilidad natural”.

La liberación psicoemocional del individuo queda sujeta a la comprensión y conocimiento empírico del fracaso y de todo acto que no sea socialmente percibido como exitoso. El pesimista, entonces, es el individuo que se realiza cuando comprende que su influencia sobre las cosas se limita a su forma de responder a ellas; es decir, se responsabiliza frente a lo que le corresponde.

En consecuencia con lo anterior, Baruch Spinoza prevenía que “en lo que concierne a las causas humanas, ni reír, ni llorar, ni indignarse, sino comprender”, y Marco Aurelio argüía que “el ser dotado de razón puede hacer de cualquier obstáculo materia de su trabajo, y sacar partido de ello”.

De su lado, pareciera que el papel del optimista es ignorar sus limitaciones frente al universo. Prefiere lamentarse por los obstáculos que no fueron superados en lugar de reflexionar sobre ellos; se decanta por condenar a los incapaces y renegar de las desgracias, en lugar de estudiar nuestro papel en ellas.

¿En qué sentido, entonces, el optimismo es violento? Yo diría que la violencia del optimismo reside en no aceptar las cosas como son. En sostener una idea preconcebida sobre cómo un individuo “debe” actuar frente a las experiencias que vive. La sociedad, en tanto entelequia, desarrolla usos y costumbres que después son empleados automáticamente por el sujeto, sin que se detenga a pensar sobre el sentido de sus acciones.

El sujeto pesimista se pregunta por qué debe hacer tal o cual cosa ¿por qué actuar de la manera esperada frente a una acometida inesperada de la realidad? El optimista, por el contrario, deja sentir toda su violencia opresora cuando se obstina en la bondad de sus fines y el carácter supuestamente objetivo de sus medios; en última instancia exige, bajo el peso de la opinión pública, se le conceda la razón en nombre de una Verdad socialmente aceptada.

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