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viernes, septiembre 17, 2021

Sarapes, sombreros de charro, Zapata, Pancho Villa y la revolución: el imaginario de lo mexicano

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“Ya se van los carrancistas,

ya se van por el alambre,

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porque dicen los villistas,

que se estarán muriendo de hambre…”

Este noviembre se celebró el aniversario No. 110 de la revolución mexicana, una lucha que tiene registro haber durado 7 años, pero sus secuelas fueron mucho más allá de eso. Y a raíz de su impacto, una corriente visual de las más preponderantes a la fecha se comenzó a formar desde sus ciernes, incluso antes de su estallido; dio pie a la construcción del nacionalismo y toda su imaginería. A través de la fotografía y la producción cinematográfica posterior, que culminó con todo lo que al día de hoy se conoce como lo mexicano, su imaginario.

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México tiene una diversidad cultural de identidad y tradiciones que difieren desde el norte, sur y centro, pero que, en esa difusión de imágenes a partir de los primeros cortos producidos durante el periodo de Porfirio Díaz, y bajo la dirección de los mismísimos asistentes de los hermanos Lumiére, se retrató a un México centralista, de caballos y batallas en 1896 y así nació el género mexicano en el cine mundial.  

Fotoramas. 1.  Veyre y Bon Bernard 1896. Izquierda. Un duelo a pistola en el bosque de Chapultepec. Derecha. Don Porfirio montando a caballo.

El primer corto de ficción realizado por encargo del entonces Presidente Díaz: “Un duelo a pistola en el bosque de Chapultepec” y “Don Porfirio montando a caballo” (Veyre y Bon Bernand, 1896) y que al parecer fomento ese estilo de México de charros, caballos y pistolas, al contar con un apoyo de distribución bastante amplio de parte del gobierno federal. Esta filmación causó un revuelo en su transmisión en las esferas internacionales, ya que en ese entonces no se distinguía entre el cine documental y el de ficción, por esto la audiencia llegó a pensar que estaban presenciando un duelo verdadero. 

Podemos ver como las primeras imágenes de México fueron retratadas por lentes extranjeras y exaltadas en una época marcada por el gobierno de Díaz como la belle époque, a decir de autores como Martínez Assad en su libro, La ciudad de México que el cine nos dejó. Los análisis a las imágenes del cine y su fotografía durante la reconocida como época de oro del cine mexicano, se debe a que los temas que se trataban eran netamente folclóricos con tinte histórico, en una “naciente urbanidad de la identidad mexicana”, según Aurelio De los Reyes. La ciudad es ahora un personaje que acompaña a los actores de las películas en donde esa urbe ayudó a delinear los arquetipos que dan forma a la mexicanidad de nuestros días.

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Desde Aurelio de los Reyes se define a esa “época dorada” como al periodo ocurrido a partir de 1910, cuando la producción nacional se multiplicó, lo que le permitió alcanzar una madurez técnica y estética considerable y que tuvo como protagonista a la revolución.

Pero a este auge del cine en México lo acompañó la situación mundial de guerra que se vivía en aquel entonces: bajó considerablemente la producción cinematográfica europea y estadounidense en una crisis global, lo que da paso a que en nuestro país se refugien grandes artistas y se convierta en sede de inversión en las expresiones artísticas.

Así fue como durante este periodo se manifiesta ese nacionalismo imperante en el cine, que al mismo tiempo forma el estilo de la industria cinematográfica que fija la imagen de la mexicanidad por todo el mundo. Bajo el tema de lo histórico, se marcan las características que darían como producto a ese género típico mexicano, y a su vez servirían como documentos históricos que mostraban el movimiento revolucionario.

Estos señalamientos sellaron ese arquetipo sobre lo mexicano en los inicios por la instauración y formación del nacionalismo, con un evento por demás boletinado en imágenes, películas y un sin número de ensayos, debido a su importancia y duración en el derrocamiento del gobierno del entonces presidente de México, Don Porfirio Díaz: La revolución mexicana.

Desde principios del siglo XIX en México varios acontecimientos políticos desataron la revolución, en la inconformidad con el largo régimen que se vivía en un país supuestamente democrático. Durante este mismo periodo es cuando se comienza a demarcar en la cultura y el arte mexicano esa definición por lo mexicano.

“Para legitimarse, el grupo que asumió el poder a partir de 1920 invocó constantemente a aquellas masas que participaron en el proceso revolucionario y que bajo la composición de “pueblo mexicano” incorporó a sectores tanto rurales como urbanos, cuyo anonimato empezaba a buscar una definición que permitiera aclarar los elementos que formaban a la nación mexicana. La idea de “pueblo mexicano” estuvo ahora mucho más ligada a aquellos que el buen vivir porfiriano ignoró y que llevaban el estigma de ser, tal como Mariano Azuela los llamara, “los de abajo” (Hausberger 2013, La revolución mexicana en el cine).

Es así como comienzan a permear esas imágenes revolucionarias en la pantalla y se difunden con el afán de comenzar a crear la idea del nacionalismo mexicano; se comienza a instaurar la representación del México antiguo en lo provinciano, como en la película La india Bonita de 1938, en donde esa exposición de la identidad nacional, la ciudad no tiene lugar, se ve alejada de los valores de la mexicanidad, ya que éstos sólo sobreviven en el campo.

Por su parte el autor Juan Pablo Silva Escobar habla en su artículo La colonización de un imaginario social sobre la película Allá en el rancho grande, como el inicio de la moda del cine mexicano a nivel continental, la cual se trata de la vida en la hacienda y la ciudad: en la hacienda Allá en el rancho grande se educan juntos dos niños, el hijo del dueño y el hijo de un peón, adornada con canciones por doquier, serenatas, peleas de gallos, “reconciliación, armonía entre las clases sociales y un matrimonio múltiple para coronar un ´happy end´ en ese paraíso rural.”

Fotoramas. 2. Izquierda: escena de la película Allá en el Rancho Grande. 1936. Protagonizada por Tito Guízar. Dir. Fernando Fuentes. Derecha: escena de la película Allá en el Rancho Grande. 1949. Remake protagonizado por Jorge Negrete. Dir. Fernando Fuentes.

De esta película, De los Reyes coincide que en la comedia ranchera nace la ideología conservadora que pretende aferrarse al pasado, al defender el status quo. Así no es extraño que en el film mencionado se observe la institución de la imagen del charro. Este personaje del “chinaco”, – que se conoce hasta nuestros días como el charro- , es reconocido como un símbolo mexicano. En un principio desde su significado estricto la palabra charro hace referencia a un habitante de la región de Salamanca en España: “Para los mexicanos, y gracias al cine para varios países, sobre todo para la misma España, América Latina y los Estados Unidos, significa un personaje que encarna lo mexicano, montado a caballo con una indumentaria que incluye sombrero ancho y que canta” (De los Reyes 1986, El nacionalismo en el cine).

La mujer mexicana: Enamorada y Pueblerina

Otra de las películas emblemáticas por su popularidad y los estereotipos que comenta Silva Escobar es Enamorada, dirigida por “El indio” Emilio Fernández y protagonizada por María Félix y Pedro Armendáriz en 1946; esta película que consagra a María Félix “como una de las actrices más importantes del periodo y a Emilio Fernández como uno de los directores más destacados de la Época de Oro”.

La película se desarrolla en tiempos de la Revolución Mexicana. Las tropas zapatistas del general José Juan Reyes (Armendáriz), toman la tranquila y conservadora ciudad de Cholula. Mientras confisca los bienes de los ricos del pueblo, el general Reyes se enamora de la bella, rica e indomable Beatriz Peñafiel (Félix), hija del hombre más acaudalado de Cholula. 

Desde el análisis de Silva, el general Reyes subordina su causa al amor que siente por la bella Beatriz, a pesar de mostrarse inflexible con la clase alta, y a su vez la joven motivo de los afectos del general cede a sus sentimientos y deja su posición cómoda para acompañar a su general como soldadera. La imagen final muestra un cuadro donde la antes dama de sociedad se une a la causa, y lo sigue a pie por un lado del caballo montado por el general, mientras se pone el sol en el ocaso.

Fotoramas. 3 . Izquierda: actriz Columba Domínguez en una escena de la película Pueblerina. 1948. Derecha: actriz María Félix en una escena de la película Enamorada. 1946.

También bajo la dirección de Fernández, cabe destacar la película Pueblerina de 1948, protagonizada por la actriz Columbia Domínguez y el actor Roberto Cañedo. Esta cinta también se encuentra plagada de estas imágenes rurales y llena de los iconos revolucionarios, en los temas de la venganza y la aplicación de la ley, en la recién legislación instaurada postrevolucionaria, tratando de pasar la antigua ley por la propia mano.

Otra imagen de la mujer, sumisa y entregada a su fatídico destino de manera estoica, el personaje de Domínguez sufre la tragedia de ser violada y queda como mujer mancillada a cargo de un hijo ilegítimo. Se gana la vida lavando ropa ajena y así conoce a Aurelio (Roberto Cañedo), quien se compadece de la mujer y su situación.  

Estas películas consideradas una viva exposición de la semiótica del imaginario que instauró esa época de oro del cine mexicano, llevan de la mano la creación fotográfica de Gabriel Figueroa en todas ellas, quien desde la película La Perla de 1945, en lo que fuera su primer mancuerna con el director Emilio Fernández, se dedicó a capturar magistralmente, por medio del manejo de la luz sobre los matices del blanco y negro, esa postal de la mexicanidad para plasmarla a través del lente hacia la mirada mundial.

Fotoramas. 4 Escena de la película La Perla. 1945. Dir. Emilio “el indio” Fernández.

Los temas y la música en las películas, la ranchera en este caso, proporcionó un elemento de involucramiento entre el público, que implicó que la proyección de la pantalla resultara en una eficacia simbólica de fuerte arraigo en un imaginario social.

Figueroa retrato un México inmediato a la revolución: lleno de adelitas, la mujer cubierta en manto de rebozo, hombres a caballo protegidos del sol bajo grandes sombreros, algunos dedicados a las prácticas de la lucha revolucionaria, otros dedicados a los trabajos del campo, calles de tierra, labores agrícolas, socialización religiosa de un catolicismo posicionado y la fiel devoción a la figura de la Virgen María; bajo un escenario de arquitecturas en lugares que derivarían en esa fotografía de lo que hoy se considera como lo típico mexicano: puerto de Veracruz, Puebla, Cocotitlán, Xochimilico, Chapultepec y la misma ciudad de México, entre otras locaciones de los estados del centro del país.

Estas imágenes tan popularizadas y repetidas son prueba de que el cine constituye uno de los medios de comunicación masivos más importantes y efectivos: aquí nos enseña lo que es lo mexicano, en favor de la producción de una identidad que se propagó por todo el territorio, en resignación de cada uno de los contextos regionales y locales.

Así es como nace que lo relacionado con la urbe pequeña o pueblo mexicano refiera un lugar tranquilo, lleno de valores tradicionales y con una expectativa de una vida mejor alejada de la modernidad y el bullicio de las grandes ciudades.

Hoy en día resulta imposible no encontrar las referencias entre esos personajes históricos de la revolución como Emiliano Zapata y Pancho Villa, inmortalizados en las fotografías de la época y pertenecientes al imaginario social de la revolución mexicana. Por medio de la envergadura de sus vestiduras, artefactos guerrilleros y su fisonomía peculiar como la posta caudillera. Son los pilares de la imagen del hombre mexicano, así como la adelita es la representación de la mujer mexicana, por todo ese territorio, de manera globalizada.

Fotoramas. 5 Foto del General Francisco “Pancho” Villa. Fotorama del actor Pedro Arméndariz en la escena de serenata de la película Enamorada.

Las películas del cine de oro mexicano ayudaron a construir ese imaginario sobre las costumbres, tradiciones, música, sonidos, colores, ornamentos, edificaciones y demás instrumentación de la mexicanidad.

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