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miércoles, noviembre 25, 2020

Antonio, el escultor de Álamos. A sus casi 50 años comenzó a crear rostros humanos de barro

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Hermosillo, Sonora.- A los 46 años, Antonio tuvo el primer acercamiento a la escultura de barro, cuando recibió un taller que iba dirigido hacia niñas y niños. Era el único adulto inscrito, pero eso no detuvo el sueño de aprender e incursionar en este nuevo arte para él.

Tres años después, a punto de llegar a los 50, José Antonio Figueroa Carrasco se ha convertido en un artista del barro y ha creado obras -sobre todo rostros- que son capaces de mover sinfín de emociones en quienes las observan.

La aventura inició en 2017 cuando leyó “Tus zonas mágicas” de Wayne Dyer; ahí encontró un momento para reflexionar y meditar sobre algún suceso que causara un impacto en su vida: la memoria de Figueroa Carrasco se trasladó entonces a cuando era pequeño.

Imagen: Miguel Ángel Hernández

 

“Lo hice al pie de la letra -las indicaciones del libro-, me puse a buscar en mi interior, en donde encontré varios puntos y entre ellos recordé cuando yo estaba en primero de secundaria.

Vi que un primo había hecho un pez de piedra muy bonito, me emocioné, dije ‘yo quiero hacerlo’ y fue tanta mi emoción que investigué el tipo de piedra y conseguí un carro que me llevara a ese rancho tan retirado para conseguir esa piedra y trabajarla”.

Agregó, “así fue, traje varias y sin tener herramientas, con un desarmador, me puse a esculpirlas, a hacer un rostro. Se quebró de más, no me gustó y la tiré. Fue todo. Ya no volví a hacer nada más ni a recordarlo”.

Residente de Álamos, Sonora, durante 23 años Antonio vivió de la fotografía, hasta que decidió dar un giro de 180 grados; comenzó a trabajar sus primeras figuras y a experimentar grandes satisfacciones y decepciones en un viaje artístico a base de prueba y error.

Su primera obra la ofreció como regalo a un par de amigos y fue rechazada. Se preguntó si era mala, si era fea, si no tenía el talento necesario para dedicarse a ello, pero después entendió que cada rostro y cada figura plasmada en barro ya tiene un dueño esperando.

Recordó una exposición en la que participó en Álamos. Una mujer observó un rostro en varias ocasiones pero no lo compró. Al día siguiente volvió, mojada de los pies y dijo que quería llevarse la obra con ella.

La mujer iba camino de regreso a Ciudad Obregón para tomar un vuelo a la Ciudad de México pero no podía dejar de pensar en el rostro que vio plasmado en barro, así que volvió a Álamos, cruzó un pequeño arroyo corriendo y se aseguró de comprar esa escultura.

Imagen: Miguel Ángel Hernández

¿Por qué elegir rostros en barro? Antonio compartió que le gusta trabajar las facciones y los rasgos, plasmar aquello que que no siempre se ve y que cada persona encuentre algo en su interior cuando las observe.

“Que encuentre lo que yo estaba sintiendo cuando la estaba realizando, aunque lo más común, y eso me motiva y me da satisfacción, es que veo la parte importante que es dejar algo que transmita a los demás.

Para ellos es como un mensaje, unos les da paz. Es satisfactorio que las personas identifiquen lo que tú haces”, comentó Antonio.

De las obras que ha expuesto o vendido a lo largo de tres años, consideró que ninguna es la mejor. “La mejor es la que no puedo mostrarte, la que no he hecho”, dijo, pero también aquella que no ha salido como desea, la que se ha quebrantado, la que le ha enseñado cómo hacer mejor las cosas.

“La mejor obra es la que aún no he hecho y sobre todo esa que he estado realizando y me explota en el horno porque no cumplió con las técnicas, porque ha sido mi maestra, es la que me ha enseñado a identificar lo mal hecho, lo que debo mejorar.

Aún al ver una obra bonita que me quedó bien, para mí tiene más sentido aquella que no logré hacer una y otra vez. Esa es la más importante”, dijo.

José Antonio no se detiene en el camino. Ahora busca trabajar también la escultura en piedra y en metal, así como descubrir un poco más sobre el mundo de la pintura y una amplia cantidad de posibilidades que se quedan pequeñas comparadas con sus ganas de aprender.

 

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