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sábado, junio 12, 2021

Friedrich Nietzsche

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En una de mis primeras incursiones a la librería, sino es que la primera en que visité una con la convicción de adquirir un título con recursos financieros propios, regresé a casa con dos autores complejos que pude no haber comprendido del todo.

La Náusea de Jean Paul Sartre y El Anticristo de Friederich Nietzsche, fueron las opciones ganadoras de una elección sin candidatos previos. En retrospectiva, fue una compra inoportuna porque seguramente no comprendí adecuadamente el pensamiento de estos filósofos.

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Con todo y eso, Nietzsche me cautivó y en la medida de lo posible trataba de documentarme sobre su vida y pensamiento. Tanto así que, en la preparatoria, para la clase de filosofía debíamos preparar un trabajo sobre el filósofo de nuestra elección y posteriormente presentar sus ideas frente a los alumnos de otro campus, en una especie de debate.

Mi equipo y yo elegimos al filólogo, poeta, músico y filósofo nacido el 15 de octubre de 1844 en Röcken, Alemania, en el seno de una familia luterana. La familia se trasladó a Naumburgo en 1850, tras la muerte de su padre y su hermano, así es que el joven Friederich fue educado en un entorno femenino; un dato relevante en su biografía debido a que, como pensador, frecuentemente se le acusa de misógino -lo que solo es contextual y parcialmente cierto-.

Por ejemplo, una de sus ideas en relación al matrimonio era que los hombres debían casarse jóvenes con una mujer mayor que se hiciera responsable de su formación, para posteriormente unirse a otra mujer más joven de la que él debía ser ahora el preceptor. Asimismo, la característica más importante que debía tener la pareja de un hombre, era la inteligencia, ya que la conversación es lo más importante con la persona que conviviremos toda la vida.

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En su obra Humano, demasiado humano -dejé su lectura incompleta- señala que aunque sea un espécimen mucho menos abundante, la mujer perfecta es por mucho superior al hombre perfecto. Vivió enamorado de la filósofa Lou Andreas-Salomé, que nunca le correspondió, y tal vez sus comentarios misóginos deriven del despecho por haber sido despreciado. Es importante señalar que Lou nació en Rusia y salió de la misma para estudiar en Suiza, único lugar de Europa donde se permitía estudiar a una mujer.

En lo personal, considero que si tuviésemos que realizar una síntesis sobre la historia de la filosofía, bastaría con señalar a tres filósofos: Platón como el iniciador del pensamiento idealista, Aristóteles como el pionero del pensamiento racional-materialista, y Nietzsche, como el originador del cisma en el pensamiento occidental, el demiurgo del hombre moderno, el inventor del pensamiento crítico y el escepticismo tal y como lo entendemos actualmente. Suele atribuírsele cierta influencia en corrientes filosóficas como el existencialismo, vitalismo, la fenomenología, el postestructuralismo, el posmodernismo y en la sociología de Max Weber.

Antes de licenciarse le fue ofrecida una plaza de profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea, lo que lo convirtió en el profesor más joven de la universidad. En 1869 la Universidad de Leipzig le otorga el doctorado sin la necesidad de presentar un examen, justificándolo en la calidad de sus investigaciones y estudios. Dos de sus principales influencias, y me parece que también amistades, fueron Richard Wagner y Arthur Schopenhauer, en quienes no escatimaría en insultos cuando así lo creyera necesario y pertinente.

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Al igual que Hannah Arendt, aunque por motivos distintos, Friederich Nietzsche fue un apátrida; renunció a la nacionalidad alemana en 1870. Asimismo, como una bonita casi-casualidad, Arendt nació un 14 de octubre (1906), un día antes que este filósofo; ambos del signo libra, igual que este tundeteclas.

Junto a Karl Marx y Sigmund Freud, fue bautizado por Paul Ricoeur -filósofo francés de quien pretendo, aunque probablemente fracase, realizar una reseña de su obra Teoría de la interpretación, leída recientemente- como uno de los tres “maestros de la sospecha”, en atención a que los tres denuncian las ilusiones y la falsa percepción de la realidad.

Cuando era más joven y con menor capacidad de entendimiento leí El Anticristo, El nacimiento de la tragedia y Así habló Zaratustra, obras que por lo mismo no me marcaron. Dejé incompletas Aurora y Humano, demasiado humano, y entre las obras leídas, comprendidas en un porcentaje considerable y que son mis favoritas están Más allá del bien y el mal, La genealogía de la moral y la recientemente finalizada y que me trajo a escribir sobre este autor, El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos.

Es difícil hablar sobre este filósofo alemán debido a que su historia está rodeada de un halo de prejuicios y malentendidos. Se cree, por ejemplo, que era antisemita; sin embargo, fue esta característica en Richard Wagner lo que los alejó. Por lo anterior, creo que es mejor acercarse a él directamente, y gozarlo o aborrecerlo, pero desde una lectura particular. Creo que es difícil que alguien lo odie o lo desestime en su primer acercamiento.

Finalmente, dejo algunas citas de mis libros favoritos, como esta de Más allá del bien y el mal, donde dice “De la misma manera que ante ciertas cosas concretas vemos sólo una parte y nos imaginamos el resto, en presencia de sucesos más extraños obramos igual, imaginando gran parte del acontecimiento. Un lector, por ejemplo, no lee las palabras, y menos aún todas las sílabas de una página […] Asimismo, no vemos un árbol de una manera exacta y en su totalidad, con sus hojas, sus ramas, su color y su forma; nos es mucho más fácil imaginar aproximadamente un árbol. Todo esto nos muestra que estamos habituados a mentir. O, para decirlo de una manera más adornada y velada: somos mucho más artistas de lo que creemos”.

El cinismo es la única fuerza bajo la cual las almas vulgares rozan lo que se llama sinceridad (Más allá del bien y el mal).

¿Qué cosa ofende más hondamente, qué cosa divide más radicalmente que el hacer notar algo del rigor y de la elevación con que uno se trata a sí mismo? Y, por otro lado -¡qué complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros tan pronto como hacemos lo que hace todo el mundo y nos “dejamos llevar” como todo el mundo! (La genealogía de la moral).

El hombre activo, el hombre agresivo, asaltador, está siempre cien pasos más cerca de la justicia que el hombre reactivo; cabalmente él no necesita en modo alguno tasar su objeto de manera falsa y parcial, como hace, como tiene que hacer, el hombre reactivo (La genealogía de la moral).

Toda belleza incita a la reproducción, siendo éste su efecto más característico, desde lo más sensual a lo más espiritual (El ocaso de los ídolos).

Luchar en contra de que el arte tenga una finalidad equivale a luchar contra la tendencia moralizante en el arte, contra su subordinación a la moral (El ocaso de los ídolos).

Hay que necesitar ingenio para acabar adquiriéndolo; en cuanto ya no se le necesita se pierde. Quien tiene fortaleza prescinde del ingenio. Como puede verse, entiendo por ingenio la previsión, la paciencia, la astucia, el disimulo, el gran dominio de sí mismo y toda clase de mimetismo (El ocaso de los ídolos).

Solo a los degenerados les resultan indispensables los medios radicales; la debilidad de la voluntad, o, con más precisión, la incapacidad de no reaccionar ante un estímulo es otra forma de degeneración (El ocaso de los ídolos).

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