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jueves, junio 24, 2021

Ensayos, de Michel de Montaigne

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Anteriormente mencioné que los Ensayos me lo regaló mi hermana mayor hace aproximadamente 13 años. El obsequio vino acompañado con un “yo preferiría otro tipo de autor, pero es tu regalo…”, o algo así.
Parecía que el autor fallecido 400 años atrás no era de su agrado, mas no era novedad, pues en el ámbito familiar siempre hemos sido antagonistas en lo concerniente a creencias e interpretación del mundo.
Tratándose de música otro gallo es el que canta. Mi eclecticismo como “escucha” de géneros, el haber aprendido a “apreciar” la música de una manera y no de otra, el que haya desarrollado cierto gusto musical -aunque distinto al de ella-, se lo reconozco como influencia absoluta y directa.
Pretendo evidenciar el hecho de que toda unidad -el núcleo familiar en este caso- contiene en sí misma su antítesis, su polo positivo y negativo; este conflicto inherente determina su personalidad, su carácter y su esencia (El conflicto, Georg Simmel), y sobre estas cuestiones trata Michel de Montaigne, nacido en Francia el último día de febrero de 1533, bajo el pretexto de responder a la pregunta “¿Qué sé yo?”.
Harold Bloom lo calificó como el más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos (El canon occidental); se le atribuye la paternidad del género ensayístico, y aunque ciertamente es la figura más representativa, el método existía previamente en tanto lo reconozcamos como una forma de analizar, medir, sopesar y atribuirle ley a algo.
Este hombre fruto del Renacimiento es uno de los humanistas más influyentes del mundo literario y filosófico, y con toda razón, pues su monumental obra está compuesta por 107 ensayos entre los que encontramos temas diversos como “Cómo el alma descarga sus pasiones en objetos falsos cuando le faltan los verdaderos”, “De la ociosidad”, “Del hablar pronto o tarde”, “De la costumbre de vestirse”, “De la desigualdad que existe entre nosotros” y “De los pulgares”.
Esta lectura me tomó 2 años; empecé el 25 de junio de 2018 y concluí el 11 de julio de 2020, razón por la que me limitaré a tratar el ensayo más extenso, “Apología de Raimundo Sabunde”, localizado en el capítulo XII del Libro II y que trata sobre este filósofo español del Siglo XV, fallecido en Toulouse en 1436 y de quien Montaigne había traducido previamente su “Theologia naturalis”.
La apología abarca de la página 363 a la 520, la inicié el 23 de febrero de 2019 y es en ella donde el escritor deja por escrito su “¿Qué se yo?”, indagatoria equiparable a la socrática afirmación “conócete a ti mismo” (Curiosidad. Una historia natural, Alberto Manguel).
Empecé la lectura por la noche y cuando sentí sueño hice lo que muchas veces hago, buscar en las páginas siguientes si es que está próxima la conclusión del capítulo. Me fui hojeando página por página hasta que noté que no era un ensayo breve. Cuando encontré el final del mismo, apunté entre este y el título del siguiente ensayo la frase “recuerda registrar la fecha en que lo termines”. Así lo hice, concluí el 1 de julio de 2019.
No soy capaz de exponer un mensaje concreto de algún ensayo, porque todos son una invitación al vagabundeo discursivo y reflexivo para momentos de congoja, desesperanza y desasosiego; esgrime “no hay tema tan fútil que no merezca ser puesto en este revoltijo de cosas” (Ceremonia de las entrevistas de los reyes, Ensayos).
Montaigne es abusivamente intertextual, en innumerables pasajes afirma estar parafraseando a diversos autores sin referirlos, como en “De la pedantería”, en el que dice “voy espigando aquí y allá, en los libros, las sentencias que me placen, no para conservarlas, sino para transportarlas aquí”.
Esgrime que la actitud que debe regir en un intercambio de ideas es la de obligar al interlocutor a “que se someta a la fuerza de nuestras pruebas o que nos hagan ver otras mejor tejidas y trabajadas”, una molestia que nadie se toma. Sobre la tecnología y el progreso dice “mas el desbordamiento y desgobierno de nuestros apetitos rebasan todas las invenciones con que queremos saciarlos”.
Cuenta un par de anécdotas que me recordaron la historia del perro Hachiko, aquel que esperó infructuosamente el regreso de su amo durante 10 años, hasta que murió. Conocí la historia gracias a Futurama, en la que dedican un capítulo donde Seymour, el perro de Fry, personaje central de la seria, lo espera fuera de la pizzería donde trabajaba y a la que nunca regresó por quedar congelado dentro de la máquina que lo llevó al futuro.
Estas anécdotas son parecidas, una es la de un hombre llamado Pirro y la otra trata de Lisímaco, gobernante de Asia Menor y Tracia, y sucesor de Alejandro Magno, que tenía un can de nombre Hicarno y que permaneció sobre el lecho de su amo sin comer ni beber hasta que su difunto dueño fue cremado y el perro saltó hacia la hoguera para consumirse junto a él. Montaigne concluye que “hay ciertas inclinaciones afectuosas que nacen con nosotros sin consejo de la razón y provienen de una fortuita temeridad que otros llaman simpatía. Las bestias son tan capaces de eso como nosotros”.
Entre las páginas 420-430 discurre sobre un tema de interés personal y que me parece de actualidad, los tipos de actitudes filosóficas a las que segmenta en tres: las que buscan algo y lo han encontrado, las que no lo han encontrado y las que continúan buscando.
No sé si David Hume se haya considerado a sí mismo “escéptico”, pero el uso que hizo del concepto se corresponde con la definición clásica donde también se conoce como Filosofía de la Academia, de la que Cicerón decía que “se caracteriza por someterlo todo a disputa, sin decidir nada […] opinamos que lo falso se mezcla con lo verdadero, pareciéndose tanto que no hay señal cierta para distinguirlo” (Sobre la naturaleza de los dioses).
De su lado, Montaigne señala que cuando los pirrónicos “afirman que los pesos caen hacia abajo les disgustaría que ello se creyese a pies juntillas, y prefieren que se les contradiga, para generar la discusión y duda que tiene por fin. Solo expresan sus opiniones, pues, para combatir las que piensan que tenemos nosotros”.
Por la época convulsa en la que estamos inmersos, la falta de autoridades o principios a qué remitirnos para solucionar controversias y el dogmatismo y escolasticismo que impera en el ámbito académico, es que me pareció interesante.
Asevera el ensayista que “sobre fundamentos admitidos es fácil construir lo que se quiera, porque, según la ley y ordenanza de ese principio, el resto de las piezas de la obra se monta fácilmente sin contradecirse. De esa manera hallamos nuestra razón bien cimentada y discurrimos atolondradamente, porque nuestros maestros empiezan por asentar en nuestra creencia lo que necesitan para concluir lo que quieren mediante preguntas aceptadas. El consenso y aprobación que le damos les permiten arrastrarnos a diestra y siniestra y zarandearnos a su capricho”.

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