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domingo, junio 20, 2021

Escribir

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Hace más de un año le pedí de favor a mi amigo Luis Alberto, quien dirige este espacio, que me diera la oportunidad de escribir en su portal de noticias.
Sin pensarlo me dio una respuesta afirmativa, que fue generosa en dos sentidos: en el sentido de la respuesta y en el tiempo que le tomó decidirlo.
Por esos días pensaba que tenía mucho qué decir y que sabía cómo decirlo, además de la voluntad requerida para hacerlo. Caigo en cuenta que eso no basta y me pregunto por qué no.
Creo tener una respuesta más o menos razonable a mi interrogante. En primer lugar, el qué, el cómo y la voluntad deben concurrir.
La única excepción a esta regla es el “qué”, pues existen formas coherentes de construir textos sin tener qué decir, pero a dónde irán, no lo sé. Tal vez lo descubra mientras escribo esto.
Por otra parte, el “qué” puede ser fácilmente sustituido, o mejor dicho, por lo general el “qué” le pertenece a alguien más. La mayoría de las veces nuestros leitmotiv vienen de otro lado. Fueron expresados por alguien más, cincelados en piedra desde que el hombre aprendió a comunicarse, y aunque nuestras motivaciones pueden coincidir con las del resto de la humanidad, no es necesario encontrarle un nuevo “cómo”.
Ahora bien, si quisiésemos discutir si es necesario encontrar nuevos “cómo” para este caso particular, sería preciso responder a la pregunta ¿Para qué escribir? El “cómo” es la forma del “qué”, el contenedor del contenido.
Una forma genérica es suficiente para transmitir un contenido; un solo “cómo” que sirva de estructura para transmitir un “qué” basta para materializar algo, cualquier cosa que esto sea; para este caso particular sería de una historia.
Frecuentemente la forma determina, como pecado original, la interpretación, alcance y relevancia que le otorga el receptor al “qué”. Un contenedor genérico no permitirá que los individuos que comparten opinión de manera mayoritaria reflexionen sobre el “qué”, lo asumirán sin matices.
Mientras más burda sea la forma, mayor cantidad de individuos compartirán la idea.
Se me ocurren dos cosas para responder qué sentido tiene escribir sobre una idea considerada fundamental. La primera de ellas es que sirve para socializar al individuo ya sea educándolo, o en versión inhumana, domesticándolo.

Para educar desarrollaremos activamente todos los “cómo” que nos sean posibles. Seremos capaces de encontrar los entresijos de la personalidad de nuestros interlocutores, porque un educador liberal es, ante todo, un sociólogo y sicólogo sin instrucción, un natural de esas artes.
Si lo que buscamos es domesticar la forma burda será la más exitosa. Esto no es forzosamente negativo. Existen épocas conflictivas, abundantes en diferendos, en las que la comunicación es casi inexistente y los discursos burdos logran domesticar a inmensas cantidades de individuos. Consiguen eso que en ciencia política se llama acción colectiva.
Si el “qué” con el cual se domesticó es positivo, le llamamos “civilización” o “progreso”.
Si existió violencia durante el proceso de domesticación el resultado serán individuos autómatas en el mejor de los casos, y en el peor, seremos trogloditas con actitudes premodernas, un dechado de virtudes medievales y arcaicas.
El otro sentido de la escritura es más egoísta y consiste en que es una forma de constatar nuestra propia existencia, convertirnos en la persona que va a labrar la piedra de los “cómo” porque desea explicar su “qué”.
Aunque es un sentido egoísta, también es el sentido más humanista porque es la manera de expresar nuestras emociones, con la intención de que puedan ser entendidas por una comunidad de personas que no nos conoce, pero nos entiende y conversa con nosotros desde la empatía y afinidad.
Por último está el requisito de la voluntad. Su importancia reside en que es el impulso que te lleva a plasmar algo dándole detalle a la forma; cincelando los valores y la cosmovisión propia, o en buen español, plasmando el estilo. Es la firma personal del emisor del mensaje.
En “El arte de la ficción”, James Salter escribe al respecto, manifestando que “el estilo es el escritor en su totalidad. Puede hablarse de estilo cuando un lector, tras leer varias líneas o parte de una página, es capaz de reconocer quién escribe”, aunque posteriormente señala, “me resisto a la palabra ‘estilo’, porque también puede sugerir algo superfluo, como ‘adorno’ o ‘moda’. A veces me inclino más bien por la palabra ‘voz’. No son exactamente lo mismo.
El estilo es una preferencia, la voz es casi genética, absolutamente definitiva […] Ser escritor es estar condenado a corregir. No era lo que se proponían escribir. O sí, pero estaba mal enfocado, o podría ser mejor; era demasiado largo, era anodino; no acertaba a expresar lo más importante, algo no encajaba”.
Pero le comentaba, estimado lector, cuando inicié en este espacio pensé que me sería fácil escribir. Ahora me doy cuenta que no. En esta ocasión no sabía sobre qué tema hablar y aquí estoy contándole mi problema, casi como si esperara de usted me sacara de un apuro, que me regalara un consejo, que me hiciera una sugerencia.

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