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jueves, mayo 13, 2021

Degenerado, de Ariana Harwicz

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Si usted hizo el honor de leer mi columna del 18 de diciembre, en el que mencioné las lecturas del año anterior, habrá notado la ínfima cantidad de libros escritos por mujeres que leí. Apenas tres; el ensayo de “La Condición Humana” de Hannah Arendt, uno de poesías de Elizabeth Bishop y “El traidor”, una investigación periodística de Anabel Hernández.
Cuando caí en cuenta, me sorprendí, pues, aunque puede sonar como un intento vano por escucharme políticamente correcto, procuro activamente y con mayor empeño la literatura escrita por mujeres.
Existen varias razones que lo explican, la principal consiste en que la mayoría de los escritores construyen “grandes novelas”, narraciones macro que procuran abarcar grandes periodos de tiempo, ser universales y absolutas, que se contengan a sí mismas. En sentido contrario, las escritoras son más intimistas, trascienden las historias individuales, mucho más cercanas a las narraciones micro orientadas a lo que podemos leer en las autobiografías o los diarios, más ad hoc con mis intereses literarios.
Retomando la idea, me percaté de haber leído a pocas mujeres, aunado a la falta total de novedades literarias, y decidí poner manos a la obra. Antes de finalizar el 2019 busqué recomendaciones de algunos títulos y me encontré con un par de notas intituladas “Los mejores libros de 2019 han sido escritos por mujeres” y “Diez novelas imprescindibles del 2019”.
Decidí explorar una de las recomendaciones de la segunda lista y sugerí de regalo navideño “Degenerado”, de la escritora argentina que reside en Francia desde 2007, Ariana Harwicz.
Empiezo por señalar que no sabía de su existencia, pero la solapa frontal informa que nació en Buenos Aires en 1977 y que estudió Guion Cinematográfico, Dramaturgia, Artes del Espectáculo y Literatura Comparada. Además cuenta con tres novelas publicadas anteriormente, “Mátate, amor”, “La débil mental” y “Precoz”.
Parece que toda su producción ha sido exitosa, pues la misma solapa señala que sus obras se han traducido al alemán, árabe, croata, francés, georgiano, hebrero, inglés, italiano, polaco, portugués, rumano y turco; también se han adaptado al teatro en países como España, Argentina, Ecuador, Uruguay e Israel. Nada mal para una creadora que recién rebasa los 40’s.
“Degenerado” cuenta la historia de un proceso judicial en el que se acusa al narrador de violar a una menor, lo que lo convierte en un pedófilo, y de haberla asesinado posteriormente. La novela está narrada en primera persona por el supuesto victimario, recurriendo técnicamente a una especie de monólogo en voz alta que es registrado por escrito, o a un soliloquio. No obstante, en algunos fragmentos de las escasas 124 páginas, se escuchan las voces narrativas de los padres y vecinos del victimario, de la madre de la víctima y de los jueces. Así es que no es en su totalidad un monólogo.
A riesgo de sonar anticlimático, quiero señalar que la novela es totalmente prescindible, poco interesante y relevante, no aporta nada nuevo, es repetitiva y poco actual o novedosa. Existen otras ficciones que en su discurso crítico son muy similares como “El fin de Alice” de A.M. Homes, “El libro de las pruebas” de John Banville y la más reciente película de “Joker”. Aquí se reflejan los estudios en literatura comparada.
La prosa tiene su mérito. Como dije antes, la técnica narrativa recurre al soliloquio o monólogo y a pesar de la brevedad de la novela, su lectura no es nada fácil y de la misma se infiere que su escritura fue sumamente compleja. Ejemplifico con el párrafo inicial:
“La mente es como un trineo inmundo que nos arrastra por los malos caminos dejando huellas para que nos atrapen, callate y decí por qué la manoseaste, por qué la infiltraste en tu casa para enseñarle sobre las aves y las abejas. Cuando está así frente a un trofeo y más si tiene posibilidades se lo ve salido y asqueroso, como un infectado y da vueltas, vueltas, agarra las latitas de cerveza que dejaron los otros, se arrastra, se pierde, parece un chico malcriado, pero si no, le juro que suele ser un vecino ejemplar, doy fe, gendarme, un vecino sin historias, un hombre normal, si hasta fue él el que nos ayudó con toda la instalación eléctrica acá, antes esto era un chaperío”.
Harwicz aprovecha el espíritu del tiempo para hacer una novela de corte crítico social muy oportunista. Moralizar, al mismo tiempo que erigirse como un juez arrogante, pero también justificado y algo elocuente, de tus propios críticos y jueces, de tus detractores, es moda y materia obligatoria en todos los planes de estudio a nivel mundial; ya sea que curses el kínder o estés por concluir un doctorado. Sobre todo sucede en este último nivel académico.
Regresando a la trama, me parece que no queda claro si el narrador es verdaderamente el asesino o no, ya que en ocasiones se asume como tal y en otras lo niega. Evidentemente esto es un detalle menor; lo importante es dejar claro a quienes moralizan, que ellos son peor o igual que uno. Un panegírico a favor del autómata; primero juzguemos a todos los demás, que de ellos aprendí mi comportamiento.
En algún momento en el que el presunto criminal cuenta su niñez y sus razones, señala que “tampoco es que eso que me hicieron lo justifique todo porque nada justifica nada”. Confieso mi inclinación por el pensamiento del absurdo, donde más allá de que las cosas son como son porque así son, se pretende asumir una responsabilidad y voluntad sobre los actos personales, pero entonces la novela cae en una contradicción. Si nada justifica nada, no hay algo que justifique a un delincuente llamando la atención y sentenciando lapidariamente a sus congéneres.
Casi al final de la novela también se dice que “son las víctimas las únicas que no son abandonadas, a las únicas a las que escucha este siglo, a condición de que sean víctimas ideales. De que sean sus víctimas. El sistema las designa y nosotros compramos. El mercado nos las muestra y nosotros prendemos velitas”, me recuerda los trágicos sucesos de Charlie Hebdo y Aylan Kurdi. Coincido con este último pensamiento, pero también considero que son este tipo de trabajos los que, tal vez involuntariamente, promueven la normalización de la tragedia.
Aunque escrito por una mujer, “Degenerado” cuesta 340 pesos y no es una novela que recomendaría. De hecho, lo primero que pensé una vez concluida su lectura, es que debía deshacerme de algunos cuantos libros de mi biblioteca. Si no hubiese sido un regalo, su destino estaría en otras manos.

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