
El Estadio Azteca reabrió sus puertas y no fue para cualquier reinauguración. Fue para la antesala del Mundial de la FIFA, que por primera vez se juega en tres países, y México se reencuentra con su templo.
El monumental estadio es el único en la historia del fútbol que ha visto dos finales mundialistas (1970 y 1986) y que ahora alberga su tercera Copa del Mundo. Ningún otro recinto en el planeta puede presumir ese honor. El Coloso de Santa Úrsula, remodelado y rebautizado por razones comerciales como Estadio Banorte, seguirá siendo para siempre el Azteca.
El hombre que soñó el templo
Detrás de este gran proyecto hay la historia de un hombre que entendió, antes que nadie, que el poder en México se construye con imágenes. Emilio Azcárraga Milmo, “El Tigre”, heredó de su padre un imperio radial y lo transformó en la televisora más poderosa del mundo hispanohablante. Fue quien compró al Club América en 1959, contrató a Guillermo Cañedo para presidirlo y, en 1962, comenzó la construcción del Estadio Azteca, inaugurado el 29 de mayo de 1966.
El Azteca era la catedral de ese poder. Ahí se filmaban los goles y los discursos. Ahí se consagraban los ídolos que el régimen necesitaba.
El palacio de las coronaciones
Porque el Azteca no es solo un estadio. Es un palacio de coronaciones. En su césped se han coronado reyes del fútbol: Pelé en 1970, Maradona en 1986. También emperadores de la música: Michael Jackson ante más de 100 mil personas en 1993, Luis Miguel llenándolo en 2002 y 2022 con el récord de asistencia para un concierto, Juan Gabriel y Vicente Fernández en sus noches más gloriosas.
Ahí se ha arrodillado la fe: el Papa Juan Pablo II celebró una misa para 125 mil fieles en 1999. El Azteca ha sido, durante seis décadas, el escenario donde México se mira a sí mismo y se reconcilia con su grandeza posible.
La paradoja mexicana
Y aquí está la paradoja que ningún otro país entiende del todo. México es un país subdesarrollado, con fracturas profundas, con pobreza y violencia, con una clase política que a menudo avergüenza. Pero es capaz de construir un estadio que compite con cualquier capital del primer mundo. Es capaz de organizar dos Mundiales y está en curso para un tercero. Es capaz de llenar ese coloso con 100 mil almas que gritan, lloran, cantan y creen, aunque sea por 90 minutos, que este país sí puede.
El eco de la película
En las últimas semanas, la plataforma de Netflix estrenó la gran producción protagonizada por Diego Luna, México 86. La película nos cuenta lo que en aquella época sucedió detrás del telón: los acuerdos, las urgencias, los riesgos y también la fiesta que se vivió cuando el mundo entero puso sus ojos en nuestro país.
México no ha cambiado tanto desde entonces. La película muestra que, igual que hoy, México tiene color, que es un destino donde la fraternidad encuentra su alma, y que nuestra mayor virtud —y a veces nuestra mayor trampa— es la capacidad de improvisar grandeza cuando las circunstancias nos exigen estar a la altura. Y lo hizo apenas un año después de que la tierra temblara, de que una ciudad entera se desmoronara y el dolor pareciera la única certeza. Contra todo pronóstico, el país se levantó, rearmó su fiesta y recibió al mundo con la misma energía con la que siempre recibe: con la frente en alto y el corazón abierto.
Y, sobre todo, México 86 habla de una historia de lucha contra los grandes, de un país que, contra todo pronóstico, supo encontrarse cara a cara con los más grandes y mirarlos a los ojos. Eso es el Azteca. Eso es México. Una realeza que no pide permiso, sino que se gana con el alma y el grito de una multitud.
La realeza que no se compra
Así mismo es la realeza del Azteca. Una realeza que no viene de sangre ni de títulos nobiliarios. Viene de la hazaña colectiva, de la memoria compartida, de la capacidad de un pueblo para convertirse en multitud, y de una multitud que siempre prestará su casa.
Al final, en medio de tanta confusión y desesperanza, la selección mexicana ha ganado dos partidos, y los visitantes parecen estar viviendo un tiempo para la memoria. Es un gran privilegio ser parte. Veamos qué sigue.


