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lunes, junio 8, 2026

Mundial dividido

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La expresión es de los cronistas deportivos —“balón dividido”— y se usa para describir una jugada del futbol en la que dos rivales pelean por la pelota en un partido cerrado. En 2016, Juan Villoro se robó la expresión para resignificarla, en un libro magnífico en el que nos hace ver que “disputar una pelota es una peculiar forma de estar unidos”.

Filósofo y cronista, Juan Villoro —como en su momento Eduardo Galeano— nació para explicarnos que el futbol es mucho más que un juego, un deporte o un negocio. El futbol, como escribió el argentino Eduardo Sacheri —otro profeta del balón—, también existe para entender el funcionamiento general del mundo.

Como me ocurre cada cuatro años, últimamente pienso mucho en Villoro, en Galeano, en Sacheri y en Jorge Valdano. Mientras recorro una ciudad decorada con balones, copas de la FIFA, anuncios de Coca-Cola y ajolotes morados, no puedo dejar de pensar en lo mucho que nos ha dividido este Mundial, nuestro tercer Mundial.

Y no sé si son los precios imposibles de pagar, la frustración por no poder llevar a mi hijo a ver aunque sea el peor de los partidos, la extravagante decoración de la Ciudad de México, la obsesión de Clara Brugada con un animalito que se extingue irremediablemente en Xochimilco, los cierres en el Metro, la cursilería de las lamparitas en la estación Hidalgo, las burlas de un funcionario impresentable como César Craviotto, la improvisación de obras de última hora, la sensación de que el Gobierno despilfarra dinero público por no haber planeado bien, las banquetas naranjas de Samuel García en Monterrey, las manifestaciones de la CNTE o la certeza de que somos el tercer convidado —o un convidado de tercera— a la fiesta que la FIFA le hizo a Donald Trump. O es todo al mismo tiempo. Pero lo cierto es que el Mundial no termina de atraparme.

El Mundial no cuaja en el ánimo social y eso, para los que amamos el futbol, eso es una desgracia. Y pienso que también lo es para el Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, que luce sometido por la FIFA, chantajeado por la CNTE —que el obradorismo empoderó desmesuradamente en 2018—, ridiculizado por sus críticos y atrapado en el laberinto retórico del injerencismo y la soberanía nacional.

México en 2026 no está, ni de lejos, en la situación en la que estaba en 1970 o en 1986 y, sin embargo, el Mundial nos está dividiendo. Recordemos:

En agosto de 1970, cuando México se preparaba para la inauguración de su primer Copa Mundial de Futbol, aún estaba fresca la memoria de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; Gustavo Díaz Ordaz era presidente y Luis Echeverría acababa de arrasar en las elecciones del 5 de julio. Dos represores se pasaban la estafeta con absoluta impunidad sobre los cadáveres de cientos de jóvenes masacrados el 2 de octubre de 1968.

El 31 de mayo de 1986, en la inauguración de nuestro segundo Mundial, el presidente Miguel de la Madrid fue abucheado en el Estadio Azteca en cuanto fue mencionado, por una muchedumbre dolida por el terremoto de septiembre de 1985; resentida con un gobierno inepto que minimizó la tragedia, trató de maquillarla y rechazó la ayuda internacional en la emergencia. Una sociedad que rebasó al Gobierno aprovechó el Mundial para resignificar el ritual del futbol, que cada fin de semana congrega a millones en ligas llaneras, torneos escolares y cascaritas en la cuadra, y que ese día prefirió chiflarle al presidente, antes que al árbitro.

Marcados por la tragedia, ambos Mundiales fueron organizados por Gobiernos urgidos de legitimidad, y utilizados políticamente para proyectar la imagen de un país exitoso, muy distinto al que vivían sus ciudadanos en el día a día. En los dos casos, sin embargo, la población terminó apropiándose del Mundial, unida en la ilusión inspirada por “los 11 de la tribu”, aunque no hayan llegado ni siquiera a la Semifinal. Hicimos rey a Pelé, presenciamos el milagro de la mano de dios, inventamos la ola y admiramos a la “Chichitibum”, porque, además de todo, era posible colarse a un estadio; la gente rodeaba hoteles y aeropuertos para ver a las selecciones, los hooligans tomaban caguama y comían quesadillas.

El Mundial le dio a Díaz Ordaz un cierre de sexenio en aparente paz y gobernabilidad, que no se merecía, y a Miguel de la Madrid, un respiro en un país que se pudría por el empoderamiento de los Cárteles, la intervención de la CIA en México y la inminente ruptura del partido —y el régimen presidencial y caudillista— emanado de la Revolución.

Aún no sabemos cómo será recordado el México mundialista de 2026, ni si la imagen histórica de la Presidencia de Claudia Sheinbaum será de luces y sombras, o solo de sombras. Pero no hay una tragedia nacional explícita que anteceda a la fiesta mundialista. Y, sin embargo, ella ni siquiera quiso pararse en la inauguración.

Hay, eso sí, una suma de tragedias que, de tan cotidianas, se han normalizado: los 30 mil homicidios dolosos anuales, las personas desaparecidas, la corrupción de todos los días, la exhibición de la narcopolítica en el partido gobernante, los afanes injerencistas de Estados Unidos, la baja estatura moral de nuestros políticos y la obsesión del régimen por controlar todo y ganar elecciones aunque las pierda.

Aunque no depende solo del Gobierno federal, y de los Gobiernos de los tres estados sede (Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León), da la impresión de que se perdió la oportunidad de unir a los ciudadanos en torno al Mundial. Quizás es la inmediatez de los tiempos, lo insustancial de nuestra conversación pública, la polarización, la posverdad o el odio que mueven a las redes sociales, pero el Mundial se ha convertido en un nuevo tema de confrontación.

Y no, no pretendo que el futbol resuelva uno solo de los muchos problemas que tenemos. El Mundial no es más importante que ninguna de nuestras tragedias cotidianas, pero vale la pena recordar una frase de Galeano: “el futbol sí es la metáfora de todas las demás cosas”.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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