Vamos a hablar con seriedad sobre un tema recurrente en el cine, en este mes del orgullo. Porque la verdad es que cada vez que sale una película con temática LGBTI+ o un personaje no binario en Netflix,- o cualuquier plataforma-, no falta el despistade en redes sociales que grita: “¡Ya saltó la inclusión forzada! ¡Esto es la moda de ahora!”.
Pero spoiler: No. No es una moda. De hecho, la diversidad sexual y de género ha estado metida en el ADN del arte, y de los seres vivos orgánicos de todo el planeta, desde que el primer ser humano pintó en una cueva.
En el cine, que es el arte más joven, no fue la excepción. Desde el mismísimo día en que se encendieron las primeras cámaras, las identidades no hegemónicas ya estaban ahí, intentando asomar la cabeza entre la censura y los clichés.
El arte de resistir (a pesar de terminar en la hoguera)
Imagínate estar en 1919, hace más de un siglo; Alemania acaba de remover la censura por un momento y, pum!, nace la primera película de la historia que habla bien de la homosexualidad: Anders als die Andern (Diferente a los demás). Esta historia no se andaba con rodeos; el guionista era Magnus Hirschfeld, un sexólogo famosísimo que básicamente metió un discurso en la película diciendo: “Oigan, amar a alguien de tu mismo sexo es natural, dejen los prejuicios”.

Liga: https://youtu.be/T3DKSJ_7uv0?si=h8mFs9lCr7-_QSVW
A los conservadores les dio el patatús. Regresaron la censura más rápido que Trump a la Casa Blanca y en eso llega el nazismo. Quemaron las copias y destruyeron el instituto de Hirschfeld. Pero el cine si tiene una característica es la de ser necie y resistente.
En los años 70 encontraron una copia guardada en un museo y la película volvió a la vida. ¿Por qué importa esto? Porque nos demuestra que el cine LGBTI+ no nació para decorar las carteleras; nació como una necesidad social urgente de gritar “¡Existimos!”, incluso cuando las leyes digan lo contrario, son voces que no se pueden silenciar por mucho tiempo, siempre existirán, así sea entre murmullos.
Del payaso de la película a la revolución “Queer”
Es verdad que Hollywood pasó décadas metiendo la pata con la sobre reproducción de clichés en este tema. Durante años, si salía un hombre en un papel homosexual y/o queer en pantalla, tenía que ser el bufón de la historia, exageradamente amanerado, para que el público se riera. Si salía una mujer lesbiana o andrógina —como la espectacular Marlene Dietrich, vestida de esmoquin besando a otra mujer, como en la película Marruecos (1930)— se permitía solo porque era parte de un “show masivo”.

Luego vino la censura dura con el Código Hays y las cosas se pusieron más oscuras: los personajes de la diversidad pasaron a ser los villanos o los eternos deprimidos que terminaban suicidándose al final de la película. Un bajón total.
Pero en los 90 las cosas explotaron. Con la crisis del VIH y la violencia en las calles, la comunidad dijo “basta”. Nació el New Queer Cinema: películas independientes, hechas con un presupuesto parecido a menos de dos pesos, pero con una actitud rebelde, sexy, provocadora y sin pedirle perdón a nadie.
El cine queer dejó de ser un subtexto escondido para convertirse en un género con todas las letras, llenando festivales enteros, como el Premio Teddy en Berlín o el Premio Maguey en Guadalajara.
El cine queer en México: De la burla al “Lugar sin límites”
En México la historia no fue muy diferente. Durante la Época de Oro, la homosexualidad era el “secreto a voces” que Hollywood y el cine nacional preferían esconder o caricaturizar a través del chiste homofóbique o el personaje ultraamanerade para que la audiencia se burlara.
Pero el ingenio mexicano y las ganas de incomodar al sistema siempre han sido más fuertes, como se da a notar en las siguientes etapas:
El primer gran golpe. En 1978, el director Arturo Ripstein adaptó la novela El lugar sin límites. Ahí conocimos a La Manuela, un personaje trans/travesti interpretado magistralmente por Roberto Cobo. En plena época de represión, la película nos regaló un beso histórico entre dos hombres y desnudó la homofobia y el machismo de un México rural. Eso no fue entretenimiento; fue un gancho al hígado de la doble moral mexicana.

El lugar sin límites (1978. A. Ripstein)
Ahora, en la contracultura de los 90, mientras en el mundo nacía el New Queer Cinema independiente y provocador, en México Jaime Humberto Hermosillo rompía tabúes con películas como Doña Herlinda y su hijo, mostrando que las familias diversas siempre han existido, aunque la sociedad prefiriera mirar hacia otro lado.
Hoy en día, México es un referente gracias a plataformas como el Premio Maguey, en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde directores nacionales como Fernando Urdapilleta, con la película, Estrellas solitarias, demuestran que el cine queer mexicano ya no pide permiso: exige su espacio.
Más allá del “él” o “ella”: Dignificando lo no binario
Hoy la conversación ha seguido evolucionando. Ya no solo hablamos de orientaciones sexuales, sino de romper el molde de los géneros rígidos binarios, impuestos por el capitalismo patriarcal: hombre/mujer.
El cine contemporáneo está empezando a saldar una deuda histórica con las identidades no binarias y de género fluido, demostrando que no encajar en una casilla, es tan humano como respirar.
Aquí te presento unas muestras de películas que dignifican y abrazan estas realidades sin caer en el drama barato del sufrimiento:
Joyland (2022): Una obra maestra paquistaní bellísima que explora el género fluido a través de la relación entre el hijo de una familia muy tradicional y una bailarina trans. Es pura empatía y sensibilidad.


Something Must Break (2014): Una película sueca hermosa y cruda sobre la conexión entre dos chicos, donde uno de ellos desafía las normas de género de una forma súper poética y libre.

En resumen: La linterna no se apaga

Al final del día, el cine LGBTI+ nos ha enseñado que las pantallas no solo sirven para escapar de la realidad, sino para entenderla.
Mientras sigan existiendo prejuicios en el mundo real, necesitamos que el cine siga encendiendo sus proyectores para recordarnos que la naturaleza humana es un arcoíris completo, no una escala de grises.


