
Los Piratas del Caribe era el nombre de una serie de películas de Walt Disney que acapararon las salas de cine del mundo en la primera década del siglo, desde 2003. Recordemos un poco de la trama en esta ocasión que iniciamos periodos de descanso por la estación de primavera.
Jack Sparrow, el personaje central y por supuesto “pirata”, no llega a puerto en un galeón imponente. Llega en un bote que se está hundiendo, pero se planta en el muelle como si fuera el almirante de la flota. El poder, a veces, no es tener el barco más grande. Es saber que el otro no puede permitirse que te hundas.
Irán llega a este conflicto igual: con una armada pequeña, una economía en ruinas y un régimen herido. Pero tiene algo que ningún portaaviones puede comprar: el estrecho de Ormuz. Y en ese estrecho decide quién pasa y quién no.
Pero comencemos desde el principio, por el mapa del tesoro. En Piratas del Caribe, el tesoro no era el oro. Era el control de las rutas marítimas. La East India Company no quería matar piratas por odio; quería monopolizar el comercio. Su método: barcos de guerra, ahorcamiento en masa y contratos firmados con sangre.
Hoy, la East India Company no tiene su sede en Londres, sino en Houston y Washington. Sus ejecutivos se llaman Chevron, Exxon, Continental Resources. Su Cutler Beckett se llama Donald Trump, y su flota no son galeones, sino destructores y bombarderos B-2.
El tesoro que buscan: el petróleo del mundo. Y el método es el mismo: guerra, asfixia económica y reparto de botín.
Davy Jones entregó su corazón a cambio de poder. Luego lo guardó en un cofre. Cuando alguien encuentra el cofre, puede dominarlo.
Venezuela es igual que ese corazón. Durante años, estuvo sellado por sanciones. Trump llegó, capturó a Maduro en enero de 2026, y abrió el cofre. El petróleo venezolano —el 80% del cual iba a China— ahora fluye hacia Estados Unidos. Chevron está a cargo.
Aquí está la pieza que nadie cuenta: Trump sabía que encender una guerra con Irán tendría como consecuencia el cierre del estrecho de Ormuz. No fue un error de cálculo. Fue parte del plan.
Porque el objetivo no era solo destruir a Irán. Era asfixiar a Asia. China, Japón, Corea e India dependen del Golfo Pérsico para más de la mitad de su petróleo. Con el estrecho cerrado, sus economías entran en crisis. Y Estados Unidos, con el petróleo venezolano bajo su control, se convierte en el único abastecedor estable.
No es una guerra contra Irán. Es una guerra por el control energético del mundo.
Los números son fríos: China perdió el petróleo de Irán (1.38 millones de barriles diarios) y el de Venezuela (640,000). En marzo, las exportaciones del Golfo a Asia cayeron un 32%. Japón, que recibe el 98% de su crudo del Golfo, está en emergencia energética. Y mientras Asia se asfixia, el petróleo supera los 100 dólares.
Will Turner era un herrero honesto que no quería la guerra. Lo arrastraron a ella y terminó condenado.
Los países del Golfo (Kuwait, Catar, Arabia Saudita, Emiratos) son Will Turner. No pidieron esta guerra. Pero están atrapados entre dos fuegos: Irán los ataca porque albergan bases estadounidenses; Estados Unidos los usa como escudos humanos.
Sus refinerías arden. Su petróleo no puede salir. Están condenados a un mar en llamas.

En Piratas del Caribe, la primera lección que aprende Elizabeth Swann es: “No te fíes de un pirata”. Cree que los villanos son los que llevan parche y bandera negra. Pero descubre que los peores piratas son los que firman contratos desde oficinas elegantes.
En el Golfo, la lección es la misma. Trump ha vendido la historia de que Irán es el pirata. Pero los verdaderos piratas no están en Teherán, sino en Washington y Houston, en las salas de juntas de Chevron y Exxon.
No te fíes de un pirata. Pero tampoco de quien te dice quién es el pirata. Porque en esta historia, el parche en el ojo y la bandera negra los lleva quien menos lo parece.
En Piratas del Caribe, la historia termina bien. Beckett muere, los piratas son libres. En el Golfo Pérsico, el final aún no está escrito. Pero la historia enseña algo:
los imperios que intentan controlar los mares terminan ahogados por su propia ambición.
La pregunta sigue vigente: ¿Quién es el verdadero pirata? Porque hay dos formas de robar un barco:
abordarlo con espada… o comprar el astillero.
Esta batalla no solo es inmoral, es desleal y abusiva. Y los americanos mancharán las páginas de su historia para siempre. Tendrán país, pero será una América Pirata.
Está un poco complicada esta reflexión, habrá que ver las cinco películas de la gran saga cinematográfica.
Y eso, por lo pronto, es “lo que sigue”. Felices vacaciones.


