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sábado, agosto 22, 2026

Irán frente a la suerte del Emperador

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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En la gran línea del tiempo, los líderes que ambicionan poder y riqueza han encontrado en Napoleón Bonaparte un patrón a imitar. Su estrategia: expandir el imperio a golpe de cañón, centralizar la gloria en una figura, y creer que la voluntad puede suplantar a la historia. Pero Napoleón terminó sus días en Santa Elena, derrotado no solo por ejércitos, sino por algo que no supo ver: el cansancio del mundo ante su egocentrismo.

A 13 meses de su toma de protesta, el actual inquilino de la Casa Blanca ha llevado a Estados Unidos a una espiral bélica sin precedentes recientes. La Organización de las Naciones Unidas, concebida para evitar estos desbordes, ya no aguanta las revueltas. El Consejo de Seguridad se reúne, emite comunicados, y el mundo sigue ardiendo.

Donald Trump ha completado 58 semanas en la presidencia de Estados Unidos y Washington ha tocado tambores de guerra en:

• Irán: Dos ataques masivos, el último buscando la decapitación del régimen.
• Venezuela: Bombardeo y captura de Nicolás Maduro en Caracas.
• Yemen: Decenas de ataques contra los hutíes.
• Somalia: Más de 111 bombardeos, superando a tres administraciones previas.
• Nigeria y Siria: Ataques contra supuestos yihadistas.
• El Caribe: 45 ataques a embarcaciones con más de 150 muertos, según denuncias de expertos de la ONU.

Su cálculo número 1, hasta ahora, no ha estado equivocado. Gobierna sobre una sociedad que, en su mayoría, observa impasible el rebase de los límites. Una sociedad anestesiada por el espectáculo, que consume guerras como contenido y ha perdido la capacidad de asombrarse ante lo que antes era escándalo.

Pero hay algo que el emperador no ha visto. Esa misma sociedad que permanece inmóvil mientras él bombardea medio mundo, es la que esperará su declive para tampoco hacer nada. No habrá levantamiento, no habrá resistencia heroica. Solo habrá un bostezo colectivo el día que el imperio muestre sus primeras grietas.

De nada sirven los titulares, de medios aliados. De nada sirve declarar misiones cumplidas cuando los muertos se cuentan por miles. La historia no se escribe con comunicados de prensa, sino con caídos en combate.

Y en este tablero, América Latina juega su propio partido. México envía víveres a Cuba mientras observa cómo la doctrina Monroe regresa con uniformes de estrellas y misiles. La región vuelve a ser patio trasero, esta vez con fentanilo como excusa y con bases militares como amenaza silente.

Por lo pronto, lo más grave: nadie conoce en verdad el tamaño del enemigo en Irán. Porque lo que hace poderoso a ese pueblo no es solo su armamento. Es su ausencia de miedo a la muerte. Esa convicción, forjada en ocho años de guerra con Irak y en décadas de resistencia, es un factor que no cabe en los cálculos de ningún Pentágono. Se puede destruir infraestructura, se pueden matar líderes, pero ¿cómo se bombardea una idea?

La suerte del emperador Napoleón se acabó cuando confundió su poder con el de Dios. La historia no juzga con indulgencia a quienes creen que pueden reordenar el mundo a sangre y fuego. Y mientras tanto, desde el otro lado del espejo, Irán observa y espera. Sin miedo.

Al final, la verdad por dura que parezca es esta: vivimos en una sociedad que todo lo procesa como contenido. Las guerras entran por los ojos y salen por el pulgar que desliza la pantalla. No te juzgará por rebasar los límites —los límites, para ella, son solo otro género del entretenimiento— pero tampoco concede lealtades ni reconocimiento verdadero. Es una audiencia, no una corte.

Las elecciones de noviembre están a un paso. Lo que sigue es ver si esta indiferencia que hoy anima a este gobierno a avanzar, en realidad, es un callejón sin salida. Porque un emperador sin súbditos leales no es un emperador. Visiblemente todo se reduce a “el aprendiz” frente al espejismo, preguntándose dónde quedó el aplauso.

Lo que sigue es impredecible. Y en esa “impredecibilidad”, reside el mayor riesgo.

En síntesis, el poder en el siglo XXI ya no se mide en tanques o misiles. Se mide en atención y el equipo de Trump lo sabe. Ojalá también sepa que la atención es el recurso más volátil que existe. Sigue para demostrar el punto.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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