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lunes, julio 27, 2026

Licencia para matar

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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Las acciones de Estados Unidos, al violar la Carta de la ONU con impunidad estructural, no solamente constituyen una licencia auto otorgada. Emiten una licencia implícita, por precedente, a cada actor —Estado, institución o individuo— que ostenta algún grado de poder y decide que sus fines justifican traspasar los límites.

En la cinta “Licencia para matar” de 1989, versión número 16 de James Bond, el agente 007, tras un acto de violencia personal contra su mejor amigo, ve cómo el servicio secreto británico le revoca su autorización oficial de matar. Aunque la trama transcurre en la ficticia “República del Istmo” (inspirada en Panamá), las escenas de exteriores e interiores se grabaron en varios puntos de nuestro país, como Acapulco, el Centro Ceremonial Otomí, el Edificio de Correos y el Gran Hotel de la Ciudad de México.

Gobiernos como los de Maduro, Cuba u otros regímenes populistas y absolutistas han perfeccionado el arte de usar la bandera de la “protección de la soberanía nacional” como narrativa suprema. Esta es su licencia interna, el permiso moral que invocan para cruzar la línea, quebrantar sistemáticamente la ley y cometer delitos de lesa humanidad que nadie les reclama.

Incomprensiblemente, del lado de quienes se postulaban como “los buenos”, encontramos una lógica gemela. El presidente norteamericano Donald J. Trump activó una intervención militar en Venezuela no autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Después de eso, inclina sus reflectores y amenazas hacia Groenlandia y Dinamarca, y asimismo contra todos los países que se opongan. Esta acción, amparada en una narrativa de seguridad nacional y lucha contra el narcoterrorismo, constituye la licencia geopolítica suprema: la que se toman quienes tienen el poder para hacerlo, asumiendo que las consecuencias serán nulas.

Mientras tanto, en Minnesota, se escribe el capítulo doméstico de esta tragedia. La “licencia para matar” nunca es un acto aislado. Ese mensaje de impunidad no se queda en el ámbito interestatal. Se filtra, se internaliza y se reproduce escalón por escalón en la pirámide del poder.

Hace dos semanas, una experiencia traumática personal pudo haber impulsado a un agente de ICE a sentir que tenía licencia para matar a Renée Good. Ahora, la licencia institucional de ese mismo cuerpo federal ejecutó a Alex Pretti. Lo mataron por atreverse a mirar, a grabar, a cuestionar. Lo mataron porque, en el manual del poder que se auto justifica, además de que los hechos reciben el respaldo de la autoridad más pleno antes visto.

Tenemos la seguridad de que no todos los agentes de ICE experimentan esta psicosis. Algunos han renunciado tras los hechos de Renée Good; otros, en los videos, parecen retraerse. Pero quien disparó contra Alex Pretti debe haber encontrado, en su frustración, en su rabia o en la cultura de impunidad que lo rodea, una licencia diabólica personal que seguramente le urgía desatar. El instinto violento humano existe, pero lo que estamos presenciando es su legitimación sistémica. ¿Cómo entender este brote donde las víctimas son ciudadanos estadounidenses blancos, muertos a sangre fría por sus pares? Es la psicosis desatada por un mensaje claro: los límites han desaparecido.

La creación de las Naciones Unidas en 1945 nació precisamente para erigir esos límites, para prevenir conflictos mediante un orden basado en reglas. Pero un mal ejemplo, especialmente el de un poder fundacional, detona tragedias. El sistema tiene un fallo fatal: está diseñado para que sus pilares más fuertes sean irresponsables. Cuando Rusia invadió Ucrania, usó su derecho a veto en el Consejo de Seguridad para bloquear sanciones. Si Estados Unidos enfrentara una condena similar, haría exactamente lo mismo. El mecanismo que otorga el veto a los miembros permanentes es, a la vez, su blindaje absoluto. La “parálisis por diseño” no es un pecado por omisión; es la constatación de que la arquitectura internacional sirve, con frecuencia, para proteger a los poderosos de sí mismos y de sus propias reglas.

Estados Unidos, bajo Trump, ejerció la licencia madre. Al violar el derecho internacional sin consecuencias tangibles, no solo actuó con impunidad. Normalizó y validó todas las licencias inferiores. Y es en las calles de Minneapolis, en la vida truncada de un enfermero, en el miedo de una comunidad, donde sus propios ciudadanos comienzan a vivir las consecuencias más amargas y paradójicas de un poder que, creyéndose por encima de la ley, termina devorando los cimientos de su propia sociedad. El círculo se cierra: la licencia para matar, una vez emitida desde la cima, no distingue entre fronteras ni banderas.

La película “Licencia para matar” curiosamente está de nuevo en Netflix. Verla nos recuerda el tiempo en que, en las películas de Hollywood, “el mal siempre era vencido”, distinto de difundir y propiciar una cultura de la muerte y la deshumanización colectiva que ya sabemos a dónde nos lleva. Es concluyente que, en medio de todo lo ocurrido, Trump ha declarado: “We are no longer the good guys”.

Las locaciones de la película del 007 nos recuerdan una gran época. Es bueno disfrutarla, y ya veremos qué sigue.

Aviso

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