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viernes, mayo 15, 2026

El olvido de la atrofia

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Traigo una revoltura en mi mente, y el problema es por el olvido: resulta que sé quiénes son, recuerdo nítidamente las imágenes de las personas o de las cosas a las que quiero nombrar, pero al tratar de recordar sus nombres se quedan atrapados en los recovecos de mi memoria, o bien, cuando menos pienso, saltan a mi mente desde sus escondites neuronales, por lo que, en ocasiones, tengo que hacer malabares mentales para integrarlos, con apuros, en la conversación que estoy sosteniendo, o salen a la luz cuando ya no tiene caso y, como ya no ni al caso, regresan al olvido. En otras ocasiones, apurado me quedo cuando, por más empeñones que le doy a mi memoria para que salgan estos rejiegos olvidadizos, más se niegan a salir de mi boca. Ahora estoy acá, pero se me olvida para qué vengo desde allá. O, en ocasiones, me pasa que a las cosas a las que debo poner atención, las desatiendo porque se me olvidan. ¡UF! “Carmen: llámame, no encuentro mi teléfono”. “¿En dónde quedaron las llaves?” “En donde tú las dejaste”, me responde.

Esto es en lo individual, pero si uno compara nuestros olvidos personales con los olvidados de la historia, tal vez encontraríamos grandes similitudes, pero con la diferencia de que los olvidos en las políticas de los políticos podrían dejar olvidadas comunidades completas, y más hoy, que, con sus mayúsculos olvidos, tienen en jaque a la humanidad entera.

Le comento: hace días me realizaron una tomografía craneana y el diagnóstico radiológico fue: “Atrofia Cortical” (la corteza cerebral es la parte pensante de nuestro cerebro). No le miento, la palabra “atrofia”, del diagnóstico radiológico, me impactó de tal modo que: “A mí que todo se me olvida, no la puedo olvidar”. “Atrofia cortical”. No, no estoy conforme con el uso de la palabra “atrofia”, pero renglones abajo le diré el porqué de mi inconformidad.

Pero antes de que mi cerebro se quede encerrado en el cajón de lo olvidado, deseo recorrer, a saltos, algunos olvidados caminos de la historia.

Estamos en los tiempos cuando los humanos todavía no sabían que los clasificarían como especie humana. Sí, desde allá, y aunque no supieran hablar, ya desde entonces empezó la historia de unos olvidados, quienes apenas bajaban de los árboles rumbo a la sabana, y ya desde entonces eran obligados por un fortachón todoterreno y su aliado el chamán (una mancuerna dictatorial muy socorrida a lo largo de los siglos), los cuales exigen a los olvidados recolectar semillas sin parar; la cintura duele, los días son largos, del tamaño de su cansancio: “y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. En este no retorno, el poderoso va acrecentando territorios y esclavos; los graneros de Amenenhat III se llenan, pero los olvidados de abajo “ni se ven ni se oyen”, la comida para ellos es de “vacas flacas”. Ginés de Sepúlveda, con una memoria mentirosa, “olvida” la humanidad de los habitantes originarios de sus virreinatos al afirmar que carecen de alma humana (para justificar que sigan siendo tratados como bestias de carga), mientras Bartolomé de las Casas, desde su memoria, contradice el falso olvido de su colega al sostener que: “son seres humanos libres, con almas racionales, por lo tanto no deben de ser esclavizados” (y cinco siglos después, ¿cuál es la situación de aquellos, estos mismos olvidados?). Los europeos se lanzan a colonizar la mayor parte del planeta. Los esclavistas, en una prolongada emigración forzada, olvidan que las personas que cautivan en África son humanas. Y, por el color de piel (negra o morena), los habitantes del sur del planeta, en un largo vasallaje, fuimos incorporando una habitud (hexis) de servidumbre, dejando <en el olvido> nuestra capacidad pensante y creativa, igual que cualquier persona del norte del planeta. La esclavitud sigue teniendo matices. Y nuestros territorios siguen siendo codiciados por sus riquezas naturales: ni quién lo dude, la esclavitud tiene matices.

Me pregunto, a propósito de olvidos: ¿si habrá una mayor esclavitud que los límites que uno mismo se pone, o tal vez nos fue impuesta desde nuestra más tierna infancia y lo hemos olvidado, o quizá sean las dos, o ninguna de las dos, o nos viene de “naturaleza”? Dígamelo usted.

A propósito, le comento un libro de dictadores y sus dictaduras: la trama se ubica en el siglo pasado y, muy específicamente, en un instante del día 23 de febrero de 1981; los personajes son Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, a quienes, por su gobernanza, en su tiempo, los catalogaron como ineptos y traidores, pero en un instante de aquel día, cuando las balas de Tejero y sus secuaces rozaban sus incólumes cuerpos, en aquel momento sus figuras se convirtieron en los cimientos de la transición de la dictadura (franquista y posfranquista) hacia una naciente democracia española. “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas, es un libro que vale la pena leer.

Ahora le comento el porqué de mi inconformidad con la palabra “atrofia”, de mi diagnóstico radiológico: “Atrofia cortical”. Atrofia es una voz compuesta de a y trophé, en donde a significa privación, carencia, ausencia, sin, negación, y trophé se refiere a nutrición; entonces, atrofia es privación de la nutrición cerebral, o carencia de nutrición, o ausencia de nutrición, o sin nutrición. Ciertamente, atrofia es un término que se ha venido utilizando y normalizando en el uso médico desde tiempos remotos. Pero hoy, bien podría cambiarse el prefijo a privativo por el prefijo hipo: hipo significa disminución, insuficiencia, escasez, etc. Hipotrofia sería un término más funcional. Sé que mi cerebro está arrugado como mis manos o mi cara, pero aún, por mis arrugas, circula sangre llevando nutrientes, ciertamente ya no como antes. Por lo que creo que la palabra hipotrofia sería más adecuada y funcional, y más si se acompaña con las mediciones clínicas de: leve, moderada o severa.

Por favor, ubique usted en qué rango pondría mi “hipotrofia cortical”, o, de plano, me quedo ya con el diagnóstico de: “atrofia cortical”.

Pero, antes de que se me olvide, le pido a usted, si lo cree prudente, busquemos juntos estar en PAZ en esta Navidad.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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