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miércoles, abril 8, 2026

Antropología de una marcha 8M

Dulce Esquer
Maestra en Ciencias Sociales con especialidad en Políticas Públicas y licenciada en Ciencias de la Comunicación Promotora de la igualdad de género y una vida libre de violencia.

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La primera ola del feminismo en México, se identifica con los movimientos de mujeres gestados en Yucatán, a inicios del siglo XX. Más de medio siglo antes, los movimientos sufragistas, que buscaban el derecho de las mujeres al voto, habían cobrado fuerza en Estados Unidos a finales de la década de 1840 y en otros países europeos a partir de 1865.

El auge del feminismo en México, puede leerse desde diferentes escenarios y demandas, como los movimientos que cobraron el logro del reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres hasta 1953, los movimientos que impulsaron y promovieron los avances de una participación política equilibrada, hasta llegar a la paridad; y los movimientos por visibilizar y enfrentar las brechas de desigualdad y violencias por razón de género en nuestro país, constantes hasta el día de hoy.

Las colectivas feministas, mujeres, instituciones, siguen siendo el motor para levantar la voz, avivar la memoria colectiva y promover, denunciar, exigir, acciones acertadas, responsables y comprometidas a favor de la igualdad y el acceso garantizado de todos los derechos de las mujeres y niñas, en su diversidad.

Las marchas en torno al 8M, describen un sinfín de significados, en donde convergen historias de vida, perspectivas y sueños de centenares de mujeres de todas las edades, la gran mayoría jóvenes, que buscan simbolizar un #YaBasta #NiUnaMás a través de su fuerza, su dolor, su empatía.

Marchar en un contingente feminista, nos permite transitar las calles, espacios públicos que se han convertido inseguros, y que, en fraternidad, se convierten en esos espacios de todas, mujeres que, tomadas de la mano, en unidad, avivan el reconocimiento y compromiso con las otras, desde la sororidad, porque ninguna merece sentirse insegura al transitar.

Las marchas son muestra de estrategia, las mujeres no necesitan conocerse o formar parte de una organización formal, aun así, se convoca, se gestiona seguridad, se plantea una salida y una llegada, se organizan en el acto para gritar consignas, y visibilizar luchas personales, aunque ninguna lucha es personal, dentro de la colectividad.

En las marchas se siente el dolor de las otras, se comparten historias, y sin preguntar, solo se abraza la posibilidad de ser hombro y apoyo. Se nombran a mujeres asesinadas buscando justicia, con dolor, con rabia, con respeto a su recuerdo, a su lucha, a su vida. Se rodea de apoyo a sus vivos, a veces infantes que un feminicida dejó en orfandad, o padres, madres con el alma rota.

Posiblemente muchas de las mujeres llevan consigo cargando una historia personal de dolor encarnado, una de esas vivencias que muchas mujeres pasan y callan, o que muchas hablan sin ser escuchadas. INEGI cuantifica que 7 de cada 10 mujeres y niñas mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Pero también existe otra cara, las otras, vestidas de hermanas, que simplemente abrazan, reconfortan y alimentan ese compromiso de luchar porque a nadie más le suceda.

Como logística de estas marchas, se prioriza que las personas se dividan por contingentes. Se busca sean separatistas, para que, quienes las encabezan, sean las luchadoras genuinas, quienes deben ser escuchadas, y quienes deben ser protagonistas. Las personas aliadas se pueden sumar al final, haciendo fuerza, y con el compromiso de que, sea el día al día, el tiempo para aportar a esta la lucha.

Los feminismos contemporáneos están marcados por la heterogeneidad, se suma el aprendizaje de generaciones sabias, de mujeres que sembraron y han cosechado derechos escritos en leyes; de memorias y frutos de antecesoras que derribaron muros estructurales; de jóvenes que llegaron a un mundo en el que las violencias cada vez son más visibles, se nombran, se sienten, y no buscan tolerarlas.

Las marchas del 8M están llenas de simbolismo, de pancartas rebeldes y amorosas, de frases e historias que cimbran y conmueven, de insignias institucionalizadas, de luces de celulares y velas, que hacen honor a quienes se fueron de forma violenta; se grita por todas a las que han callado, por quienes ya no pueden hablar.

También en las marchas hay rebeldía, hay disrupción, hay dolor y odio, ante no respuestas, ante la frustración, la impunidad y el dolo. Las marchas son muestras vivas de una colectividad fracturada que busca que ya no haya una asesinada más, que la balanza ya no se mantenga inclinada, situando a las mujeres por debajo, en los índices de  desigualdad, en todos los ámbitos de la vida.

#NIUnaMas

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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