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viernes, febrero 27, 2026

Preferiría no hacerlo: el placer de la resistencia

Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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Una de las cosas más desesperantes que la pandemia ha puesto en evidencia es la imposibilidad de escaparse del estado de las cosas. Esto es: por más que una(o) asuma una postura de resistencia o de escape momentáneo, lo real siempre está presente. Todo lo demás es pura ideología, pura pseudo acción. No se puede escapar de un sistema que abarca la totalidad de nuestras vidas. Y esto, obviamente, no se reduce a la pandemia del nuevo coronavirus, sino al sistema en general, al realismo capitalista.
El más claro ejemplo de esta imposibilidad ha sido tener que resignarnos a la educación a distancia como una alternativa imperfecta a la educación presencial. Todos estos meses que he tenido que convertirme en profesor a través de videollamadas y plataformas digitales, he estado pensando seriamente en dónde se ubica la reticencia o la incomodidad ante la instrucción a distancia. ¿Por qué, como sabemos, la computadora no puede suplir una escuela? ¿Por qué es tantísimo más trabajo? ¿Qué es lo que se nos hace tan difícil de aceptar?
Una posible respuesta a estas preguntas se encuentra, como siempre en mi caso, en la literatura. En el ampliamente citado y estudiado cuento de Herman Melville, “Bartleby, el escribiente”, publicado en 1853, Bartleby es un empleado en una oficina de títulos de propiedad en Wall Street (la versión más famosa al español es de Jorge Luis Borges, publicada en 1944). A pesar de ser un empleado ejemplar en un principio, Bartleby de la noche a la mañana comienza a negarse a realizar sus labores diarias simplemente contestando “preferiría no hacerlo”. Cada vez que el jefe o cualquier otro miembro de la sociedad le exige a Bartleby que haga algo correspondiente a su situación en el mundo, él sólo se limita a contestar “preferiría no hacerlo” y así termina por no hacer absolutamente nada.
Podría ponerme a citar la amplia lista de teóricos literarios y filósofos que han abordado de forma concreta un análisis profundo de este enigmático cuento (los más notables son Gilles Deleuze, Giorgio Agamben, y más recientemente Slavoj Žižek), pero en lugar de eso quiero pensar muy brevemente en lo que Bartleby representa para nosotros en estos momentos.
Algunos se atrevieron a llamarle a la pandemia “la gran pausa”, cosa que me parece algo terriblemente absurdo. Si algo ha demostrado nuestra crisis actual es que ni siquiera la peor crisis sanitaria de los últimos cien años puede “pausar” al capital (véase las reaperturas norteamericanas a costa de la vida de los trabajadores, pero ese es otro tema). Mejor, lo que hemos visto es una avalancha de promoción de lo digital (y distante) como la panacea que nos va a sacar de este apuro de no poder estar juntos. Es decir, la pandemia fue una aceleración de lo inevitable, o algo por el estilo.
Además de pensar en lo digital como el nuevo evangelio, lo que presenciamos es una serie de resistencias a lo real. Ya sea negarse a seguir las medidas de prevención o protestar en la calle contra el presidente, o invitarnos a “convertirnos en mejores personas” o a “ser positivos” ad nauseam, serían varios lados de una misma moneda (lo que Michel Foucault definiría como nuestra relación con el poder). Estas resistencias son, al final, trampas de un mismo sistema: pseudo acciones de resistencia que no nos permiten estar en un punto exterior al sistema. Dicho de otro modo: resistirnos es completamente inútil en nuestra relación con el poder, pero nos causa placer. Preferimos creer que nos resistimos porque nos hace sentir mejor que aceptar dócilmente los límites de lo que somos o dejamos de ser.
Volviendo a lo de la educación a distancia, hay también dos posturas. Una de ellas es resistirnos y decir: esto es mejor que nada. El dispositivo no es una escuela, pero es mejor que dejar que los niños “pierdan la oportunidad de tener una educación”, y un largo etcétera. Yo, al revés, creo que la respuesta de Bartlebly es mejor: preferiría no hacerlo.
No tener escuela es mejor que tener una resistencia imperfecta y pseudo proactiva al sistema. Es una actitud voluntarista que se queda corta en imaginación y en sus propias posibilidades. Es muy difícil de aceptar porque implica ponerse en una posición exterior al sistema en el que vivimos, cosa que nos resulta de facto imposible. Pero sería lo ideal: es mejor no hacer nada que hacer algo que reafirme el estado de cosas como si lo “anterior” a la pandemia fuera el ideal al que hay que volver.
Lo que yo creo, a fin de cuentas, es que no hay un anterior, sólo un después. Es una fantasía creer que hay vuelta atrás, una fantasía que nos hace sentir mejor momentáneamente. Una fantasía que, como resistencia fácil, nos da placer. Y podría seguir, pero preferiría no hacerlo.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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