
Si usted convive con adolescentes o jóvenes, probablemente ya escuchó alguna expresión que lo hizo preguntarse si todavía hablamos el mismo idioma: “tiene mucha aura”, “perdió mil puntos de aura”, “eso le dio +10,000 de aura” o “está farmeando aura”. Aunque para muchos adultos pueda parecer una expresión sin demasiado sentido, detrás de este juego existe una interesante combinación de cultura digital, videojuegos, redes sociales y humor, y una preocupación profundamente humana: cómo somos vistos por los demás.
La palabra aura, por supuesto, no nació en TikTok. Tradicionalmente se ha utilizado para referirse a una cualidad o atmósfera particular que parece rodear a una persona. Sin embargo, internet le otorgó un significado diferente. En el lenguaje digital contemporáneo, tener “aura” significa proyectar algo difícil de medir, pero aparentemente fácil de reconocer: carisma, seguridad, estilo, presencia, autenticidad o esa capacidad de llamar la atención sin que parezca que estamos esforzándonos demasiado por conseguirlo. Merriam-Webster recoge este uso de aura relacionado con ese factor cool, la seguridad y una especie de poder de atracción social.
Parte de la popularización del término puede rastrearse en comunidades digitales vinculadas con el futbol y el basquetbol. Know Your Meme documenta su utilización para hablar de deportistas cuya presencia parecía ir más allá de su rendimiento, entre ellos el futbolista Virgil van Dijk. Poco a poco, decir que alguien “tenía aura” dejó de pertenecer exclusivamente al lenguaje deportivo y comenzó a utilizarse para describir a cualquier persona que proyectara seguridad, carisma o una presencia especialmente atractiva para los demás.
Pero faltaba algo para convertir el aura en un juego: ponerle puntos. Durante 2024 comenzaron a popularizarse en TikTok publicaciones en las que los usuarios asignaban puntuaciones imaginarias a situaciones cotidianas. Know Your Meme identifica un video publicado el 1 de mayo de 2024 entre los primeros ejemplos localizados de esta dinámica de Aura Points. A partir de ahí, internet hizo lo que sabe hacer muy bien: exagerar, reinterpretar y convertir prácticamente cualquier experiencia en una oportunidad para ganar o perder aura.
La dinámica es sencilla. Entrar con seguridad a algún lugar puede significar +10,000 puntos de aura; resolver elegantemente una situación incómoda, +50,000; tropezarse frente a la persona que nos gusta, −5,000; intentar hacer algo espectacular y fracasar frente a todos, −20,000. No existe una tabla oficial, tampoco un árbitro y mucho menos una puntuación correcta. Precisamente ahí está buena parte del humor: ponerle números a algo que en realidad no puede medirse.
Después apareció la idea de farmear. Quienes han jugado videojuegos reconocen inmediatamente el concepto de farming: realizar determinadas acciones, algunas veces de manera repetitiva, para acumular experiencia, recursos u objetos. Al combinar esta lógica con el nuevo significado de aura apareció una expresión perfecta para las redes: farmear el aura, es decir, hacer algo que aumente simbólicamente nuestra presencia, nuestro carisma o nuestra imagen frente a los demás. Merriam-Webster utiliza para definirlo las palabras “cool, impressive, stylish“, mientras que Cambridge Dictionary incorpora un elemento particularmente interesante: hacer cosas con la intención de proyectar una personalidad que otras personas consideren atractiva e interesante.
Es importante aclarar que no podemos atribuir la invención del término a una sola persona. Existen registros digitales de la expresión aura farming anteriores a algunos de los videos que posteriormente la hicieron viral. Como ocurre con muchas expresiones juveniles, probablemente estamos frente a una construcción colectiva que circuló por distintas comunidades digitales hasta adquirir el significado con el que hoy la conocemos.
Hasta aquí podríamos pensar que estamos simplemente frente a otra tendencia divertida de internet. Sin embargo, para quienes estudiamos adolescencia, educación, comportamiento y vida digital, farmear el aura resulta mucho más interesante cuando dejamos de preguntarnos solamente qué significa y comenzamos a preguntarnos por qué este juego tiene tanto sentido para los jóvenes.
Desde la psicología sabemos que durante la adolescencia y la juventud se intensifican importantes procesos de construcción de identidad. Una parte de la pregunta “¿quién soy?” inevitablemente se responde también mirando hacia los demás: ¿cómo me ven?, ¿qué lugar ocupo dentro de mi grupo?, ¿qué características mías son valoradas?, ¿qué necesito hacer para pertenecer? Los pares funcionan como importantes espejos sociales y, por ello, el reconocimiento, la aceptación, el rechazo y la vergüenza pueden adquirir especial relevancia durante esta etapa.
Aquí aparece el autoconcepto, entendido como el conjunto de ideas y percepciones que construimos acerca de nosotros mismos. Una parte de ese autoconcepto se forma a partir de nuestras experiencias y otra también se alimenta de la interacción con los demás. El problema aparece cuando nuestra percepción de valor comienza a depender excesivamente de indicadores externos. Si mi sensación de ser interesante, atractivo, divertido o valioso cambia permanentemente de acuerdo con la reacción de quienes me observan, entonces la mirada externa comienza a ocupar demasiado espacio en la construcción de mi propia identidad.
Y resulta difícil ignorar que los jóvenes están creciendo dentro de un ecosistema tecnológico en el que prácticamente todo parece tener puntuación. Las redes sociales nos enseñaron a contar seguidores, likes, reproducciones, visualizaciones, comentarios, compartidos y rachas. En ese contexto, inventar puntos imaginarios para medir el aura parece casi una consecuencia natural. Lo interesante es que los jóvenes convierten en broma una dinámica que las plataformas digitales llevan años haciendo visible: cuantificar la atención y la aprobación de los demás.
También podemos entender el fenómeno desde la comparación social. Leon Festinger planteó desde 1954 que las personas utilizamos a otros como referentes para evaluar nuestras opiniones y capacidades. Décadas después, las redes sociales han ampliado enormemente ese escenario de comparación. Un adolescente ya no se compara únicamente con sus compañeros de escuela, vecinos o amigos. Puede hacerlo diariamente con cientos de personas seleccionadas por él mismo y también por los algoritmos. La pregunta “¿cómo estoy respecto a los demás?” encontró una enorme cantidad de nuevas respuestas posibles.
Pero hay otra lectura psicológica particularmente interesante: la gestión de la impresión. Erving Goffman describió hace décadas cómo, durante nuestras interacciones sociales, también presentamos determinadas versiones de nosotros mismos frente a diferentes audiencias. Mucho antes de Instagram elegíamos qué mostrar, qué ocultar, cómo vestirnos o cómo comportarnos dependiendo del contexto. Las redes sociales no inventaron esa conducta; simplemente ampliaron enormemente el escenario y las audiencias. Farmear aura lleva esa representación al terreno del humor: sé que estoy siendo observado y algunas veces también actúo pensando en el efecto que quiero producir en quienes me observan.
Por eso sería injusto interpretar esta tendencia como evidencia de una generación superficial o excesivamente preocupada por las apariencias. Todas las generaciones hemos farmeado aura; simplemente no lo llamábamos así. También elegíamos determinada ropa para una fiesta, intentábamos parecer interesantes frente a quien nos gustaba, cuidábamos nuestra reputación dentro del grupo y algunas veces modificábamos nuestra conducta para obtener reconocimiento. La necesidad de pertenecer y ser aceptados no nació con TikTok.
Lo que sí cambió fue la dimensión de la audiencia y la permanencia de esa evaluación. Antes podíamos hacer algo vergonzoso frente a cinco amigos y probablemente el episodio terminaría convertido en una anécdota. Hoy una situación puede grabarse, compartirse y ser observada miles de veces. Por eso resulta especialmente interesante que muchas de las conductas que supuestamente nos hacen “perder aura” estén relacionadas con pequeños momentos de vergüenza social: tropezarnos, equivocarnos, emocionarnos demasiado, intentar algo y fracasar o ser rechazados.
Y aquí encuentro una dimensión positiva del fenómeno. Decir “acabo de perder 10,000 puntos de aura” después de hacer el ridículo también puede convertirse en una manera de reírnos de nuestra propia vulnerabilidad. El humor puede ayudarnos a disminuir la intensidad de una experiencia incómoda, compartirla con otros y descubrir que equivocarnos frente a los demás no necesariamente representa una catástrofe. No todo comportamiento juvenil necesita convertirse inmediatamente en un problema psicológico.
Sin embargo, existe una distinción que vale la pena conversar con los jóvenes: querer agradar no es lo mismo que vivir para agradar. Buscar reconocimiento y aceptación forma parte de nuestra naturaleza social. La dificultad aparece cuando comenzamos a organizar permanentemente nuestra conducta alrededor de la posibilidad de ganar o perder aprobación. Si dejo de participar porque podría equivocarme, no digo lo que pienso porque temo parecer poco interesante, modifico constantemente mi apariencia para obtener reconocimiento o construyo un personaje que debo mantener frente a los demás, entonces el juego toca temas mucho más profundos relacionados con autoestima, autenticidad y bienestar psicológico.
En el fondo aparece una tensión característica del desarrollo: pertenencia versus autenticidad. Necesitamos sentirnos parte de un grupo, pero también necesitamos construir progresivamente una identidad que no dependa completamente de la aprobación de ese grupo. Crecer también significa descubrir que algunas decisiones pueden hacernos “perder aura” frente a determinadas personas y, aun así, ser coherentes con nuestros valores, nuestros límites y la persona que queremos llegar a ser.
El fenómeno incluso ha comenzado a salir de las pantallas. En 2026, Associated Press documentó las llamadas “batallas de aura”, encuentros presenciales donde jóvenes realizan bailes, movimientos, imitaciones y actuaciones mientras el público participa y decide quién proyectó mayor aura. El fenómeno se ha observado en distintas ciudades latinoamericanas, incluida Ciudad de México. Resulta interesante porque un código surgido y popularizado en la cultura digital termina convirtiéndose también en una experiencia presencial de humor, creatividad, expresión y pertenencia.
Quizá por eso, cuando escuchemos a un adolescente decir que alguien “perdió aura”, nuestra primera reacción no tendría que ser explicarle que su expresión es absurda. Podríamos hacer algo mucho más interesante: preguntarle qué significa para él tener aura. ¿Qué cosas dan puntos dentro de su grupo?, ¿qué conductas los quitan?, ¿quién tiene mucha aura y por qué? Las respuestas pueden decirnos muchísimo sobre aquello que sus pares admiran, rechazan y esperan de los demás, pero también sobre cómo ese joven está aprendiendo a mirarse a sí mismo.
El lenguaje juvenil no solamente cambia palabras. También nos permite observar preocupaciones, valores, códigos de pertenencia y maneras de construir identidad. Algunas expresiones desaparecerán tan rápidamente como llegaron y otras permanecerán durante años, pero aquello que representa farmear el aura es mucho más antiguo que las redes sociales. Habla de identidad, reconocimiento, comparación social, vergüenza, pertenencia y de esa negociación permanente entre quién soy, cómo quiero mostrarme y cómo creo que los demás me ven.
Quizá el aura no exista como un sistema de puntos. Nadie lleva realmente un marcador sobre la cabeza que aumente cuando hacemos algo extraordinario o disminuya cuando hacemos el ridículo. Pero la necesidad de sentir que nuestra presencia importa, que pertenecemos y que somos reconocidos por los demás sí existe.
Y tal vez ahí esté la conversación más importante que podemos tener con nuestros jóvenes: no cuántos puntos de aura tienen, sino cuánto de lo que hacen responde a quienes realmente son y cuánto responde a la necesidad de ser aprobados por quienes los están mirando.
Porque madurar también implica descubrir que no todas nuestras decisiones necesitan sumar puntos frente a los demás. Algunas de las decisiones más importantes de nuestra vida simplemente necesitan tener sentido para nosotros.
Referencias
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140.
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.
Merriam-Webster: Aura Farming.
Cambridge Dictionary: Aura Farming.
Know Your Meme: Aura Points.
Know Your Meme: Aura Farming.



