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viernes, septiembre 18, 2026

Rupturas amorosas y dramas digitales: terminar una relación en tiempos de redes sociales

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Mariel Montes
Catedrática investigadora de la Universidad de Sonora. Educadora y psicóloga. Coordinadora del Laboratorio de Comunicación y Servicios de la Universidad de Sonora

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Terminar una relación amorosa nunca ha sido sencillo. Hay conversaciones pendientes, explicaciones que quizá nunca llegan, enojo, tristeza y, en ocasiones, esa necesidad tan humana de saber qué está haciendo la otra persona después de nosotros. La diferencia es que antes muchas de esas preguntas se quedaban sin respuesta. Hoy basta con tomar el teléfono, abrir una red social y comenzar a buscar. Las relaciones de pareja cambiaron con la llegada de la vida digital, pero también cambiaron las rupturas. Ahora no solamente terminamos una relación con una persona: tenemos que decidir qué hacemos con todo lo que compartíamos con ella en internet.

Después del “ya no podemos seguir juntos” aparecen otras conversaciones que hace algunos años ni siquiera existían. ¿Lo elimino de mis redes?, ¿lo bloqueo?, ¿borro nuestras fotografías?, ¿dejo de seguir a su familia?, ¿qué hago con los amigos que tenemos en común?, ¿por qué todavía ve mis historias?, ¿por qué dejó de verlas?, ¿por qué comenzó a seguir a determinada persona? De pronto, una relación que aparentemente terminó continúa produciendo información todos los días. Cada movimiento digital puede convertirse en algo que observamos, interpretamos y, algunas veces, sobreinterpretamos.

Aquí comienzan muchos de los dramas digitales posteriores a una ruptura. Bloqueamos y desbloqueamos. Dejamos de seguir y después entramos a revisar el perfil. Publicamos una fotografía y esperamos comprobar si la otra persona la vio. Cambiamos nuestra foto de perfil, compartimos una canción, una frase o una salida con amigos y, aunque aparentemente estamos comunicándonos con todos nuestros seguidores, algunas veces existe un destinatario específico al que esperamos que llegue el mensaje. Las redes sociales se convierten entonces en una especie de escenario donde ambos pueden seguir representando una relación que, en teoría, ya terminó.

Incluso aparece una nueva forma de comunicación: las indirectas digitales. Frases sobre decepciones, infidelidad, amor propio, personas que “no supieron valorarnos” o fotografías cuidadosamente seleccionadas para demostrar que estamos extraordinariamente bien. No necesariamente publicamos porque queremos compartir algo; en ocasiones publicamos esperando provocar una reacción. Queremos que la otra persona vea que salimos, que estamos felices, que alguien más nos acompaña o simplemente que nuestra vida continúa. Paradójicamente, cuando necesitamos demostrarle constantemente a nuestra expareja que ya no nos importa, quizá todavía estamos organizando parte de nuestra conducta alrededor de ella.

También hemos convertido pequeños comportamientos digitales en enormes interrogantes emocionales. Un “me gusta”, una visualización, una nueva persona entre sus seguidores o una fotografía pueden adquirir significados que realmente desconocemos. “Vio mi historia, entonces todavía le intereso”. “Ya no ve mis historias, seguramente está con alguien”. “Le dio like a una fotografía antigua, quiere regresar”. El problema es que las redes nos proporcionan fragmentos de información, pero nosotros construimos historias completas alrededor de ellos. Y cuando estamos emocionalmente involucrados, no siempre somos los mejores intérpretes de esas señales.

A esto se suma una conducta cada vez más normalizada: investigar digitalmente a la expareja. Revisamos sus seguidores, observamos quién comenta sus publicaciones, buscamos a la persona que apareció recientemente en una fotografía o preguntamos a los amigos en común qué saben. Algunas personas incluso recurren a cuentas alternas o perfiles de otras personas cuando han sido bloqueadas. Lo justificamos diciendo que solamente tenemos curiosidad, pero vale la pena preguntarnos qué estamos buscando realmente cada vez que entramos a ese perfil. ¿Información?, ¿tranquilidad?, ¿una explicación?, ¿confirmar una sospecha?, ¿encontrar señales de que todavía nos extraña?

Los amigos también pueden convertirse involuntariamente en corresponsales digitales de la ruptura. “¿Viste lo que publicó?”, “ya salió con alguien”, “subió una foto en el lugar al que iban ustedes”, “creo que esa indirecta era para ti”. Aunque hayamos decidido no mirar, alguien puede terminar contándonos. Por eso los límites posteriores a una separación no solamente se establecen con la expareja; algunas veces también necesitamos decirles a nuestros amigos que preferimos no recibir actualizaciones permanentes sobre su vida.

Otro tema importante es qué sucede con la intimidad que alguna vez compartimos. Fotografías, conversaciones, videos y mensajes permanecen almacenados después de que la relación termina. Haber recibido ese contenido durante una relación no nos otorga el derecho de utilizarlo después para humillar, amenazar, exhibir o vengarnos de la otra persona. Una ruptura puede generar enojo, pero el enojo no elimina los límites, el respeto ni la responsabilidad sobre aquello que alguna vez nos fue confiado.

También tenemos que hablar de algo que ocurre con frecuencia: convertir las redes sociales en el tribunal de nuestra separación. Contamos públicamente nuestra versión, compartimos capturas de conversaciones, buscamos aliados y exponemos conflictos que pertenecían a la intimidad de la pareja. Es comprensible necesitar apoyo cuando una relación termina, pero apoyo y exposición no son lo mismo. No todos nuestros conflictos necesitan una audiencia y no todas nuestras emociones necesitan convertirse inmediatamente en contenido.

Nada de esto significa que exista una regla universal sobre qué debemos hacer digitalmente después de terminar una relación. Bloquear no necesariamente significa inmadurez, así como mantener a una expareja entre nuestros contactos tampoco significa que exista una relación saludable. El significado depende del contexto y, sobre todo, de la función que esa decisión tiene para cada persona. Si bloquear nos ayuda a establecer un límite necesario, puede ser útil. Si lo hacemos esperando que la otra persona se dé cuenta, reaccione y nos busque por otra vía, entonces probablemente estamos utilizando el bloqueo como una forma más de comunicación.

Quizá por eso las rupturas actuales necesitan conversaciones que antes no eran necesarias. No solamente tenemos que preguntarnos si una relación terminó, sino también qué tipo de contacto queremos mantener después, qué haremos con los espacios digitales compartidos y qué límites necesitamos establecer para evitar que las redes se conviertan en una prolongación permanente del conflicto.

Las tecnologías modificaron nuestra manera de enamorarnos, relacionarnos y construir intimidad. Era inevitable que también modificaran nuestra manera de terminar. Hoy podemos dejar de hablar con alguien y, al mismo tiempo, seguir sabiendo dónde estuvo, con quién salió, qué canción escuchó y aparentemente cómo se siente. Tenemos acceso a mucha información, pero tener acceso no significa que necesitemos consumirla.

Porque quizá una de las paradojas de las rupturas en la era digital sea precisamente ésta: nunca habíamos tenido tantas herramientas para alejarnos de alguien y, al mismo tiempo, tantas posibilidades para seguir mirando su vida.

Y ahí comienza otra conversación que tendremos la próxima semana: ¿qué ocurre cuando la relación ya terminó, pero digitalmente seguimos vinculados? Ese será el momento de hablar del duelo digital.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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