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martes, septiembre 15, 2026

Caballo de Troya

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Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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“En el lenguaje político contemporáneo, el “caballo de Troya” describe una estrategia específica: introducirse en el campo adversario bajo apariencia de colaboración para, desde dentro, desvirtuar sus objetivos, dividir sus fuerzas o terminar entregando el poder a quien realmente se sirve.”

Antes de entrar en materia política, conviene recordar de dónde viene la expresión. Porque el Caballo de Troya no es un invento de los analistas contemporáneos: es una de las trampas más antiguas y eficaces que la imaginación humana ha registrado.

Según la tradición, tras diez años de asedio infructuoso a la ciudad de Troya, los griegos recurrieron a un ardid. Construyeron un enorme caballo de madera hueco, escondieron en su interior a sus mejores guerreros y simularon retirarse, dejando la estructura como supuesta ofrenda a los dioses. Los troyanos, creyendo que era un símbolo de victoria, introdujeron el caballo en la ciudad. Por la noche, los soldados salieron, abrieron las puertas y el ejército griego entró para destruir Troya.

La historia aparece mencionada apenas dos veces en La Odisea de Homero, y fue Virgilio, en La Eneida, quien la desarrolló con mayor detalle. La frase que resume la advertencia es la del sacerdote Laocoonte, que se traduce como: “Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos”.

Lo que sí es seguro es que Troya existió, que fue destruida y que la historia del caballo se convirtió en una de las metáforas más poderosas que Occidente ha conservado sobre el engaño, la infiltración y la caída desde dentro.

Pero lo más importante, para efectos de esta columna, es que hablamos de una estrategia de guerra. Y la guerra no es otra cosa que una lucha por el poder, igual que lo son las batallas electorales entre partidos políticos.

En la cotidianidad de la agenda política, estas tácticas, que algunos llaman simplemente “mañas”, están comenzando a chocar unas con otras. Y cuando todos creen dominar la misma destreza, el enfrentamiento de fuerzas se vuelve cada vez más difícil de descifrar.

Más adelante, en otras columnas, me atreveré a identificar con nombres y siglas quiénes juegan hoy ese juego del caballito de Troya. Algunos lo hicieron abiertamente en la elección anterior en Sonora, con un resultado numéricamente medible, y ahora parecen extender esa destreza en formato a sus amigos de grupo al servicio del poder en turno. Sus prácticas son tan evidentes que basta seguir la hoja de ruta desde la elección pasada y observar cómo venden su estrategia a grupos de los cuales existe suficiente evidencia de que son tratados con consideración, privilegio y respeto en la mesa del poder estatal y nacional.

Pero al curso de “caballos de Troya” parece que fueron muchos en este estado. Otros se presentan como redimidos políticos, solitarios, y le venden a Sonora la idea de que regresan después de un largo aprendizaje. Sin embargo, bien podrían ser portadores de un virus que entra directamente en los engranes de quienes hoy llaman sus aliados políticos.

Lo complicado es que esos hospitalarios aliados también fueron al curso. Y a lo mejor no están construyendo específicamente un caballo de Troya, sino una especie de Arca de Noé; se trata de una nave para resguardar su propio mundo y su nuevo proyecto político cuando todo esto acabe. Mientras tanto, entretienen a la opinión pública haciendo pruebas de la nave para cuando llegue el momento de echarla a andar.

No puedo negar que la política es la gran escuela de las destrezas. El problema es que, a veces, esas destrezas se confunden con inteligencia, y no necesariamente lo son. Muchas veces son simples repeticiones de trampas ya probadas que, por exceso de uso, terminan chocando unas contra otras.

Y esto puede suceder porque los partidos políticos, en realidad, nunca han sido una sola organización constituida por personas unidas de manera uniforme por los mismos ideales o por una sola visión de país o de estado. Desde antaño, los partidos se forman de movimientos que pactan caminar juntos. Así ocurrió en México después de la Revolución: el movimiento laboral y el movimiento campesino tuvieron grandes batallas y causas que nacieron por separado, pero encontraron en la unidad de fuerzas el camino más corto para alcanzar la victoria.

El mismo modelo se repite dentro de los partidos una y otra vez. Lo diferente, con el paso del tiempo, es que cada vez existen más opciones para que los engranes de un partido busquen hacer “alianza” con otras células políticas y abandonen su origen.

Sí, un líder de un movimiento dentro de un partido puede sentirse tan poderoso como para salir con lo que suelen llamar “toda su gente”. Solo que en este nuevo tiempo comienza a observarse un fenómeno que yo llamaría de “libertad oportunista”: los grupos también se componen de subgrupos, y esos subgrupos tienen sus propios líderes, que a su vez ponen en el mercado su propia “alianza”. Es así como el poder se fragmenta, se cotiza y después se reorganiza. Así que les puedo afirmar que tener una estructura es un arma de dos filos, porque se puede poner el “mercado” antes o durante la elección.

Si lo piensan bien, esto ya sucede en todas partes: en los gobiernos, en los partidos políticos, en la delincuencia y, claro, hasta en las mejores familias.

Al final, el dilema de los ciudadanos es observar algo que nunca termina de verse claro. La honorabilidad o el compromiso de un político queda muchas veces supeditado a lo que los medios de comunicación decidan desglosar o no. El juego se vuelve especialmente peligroso dentro de los partidos, porque llega un momento en que ningún participante puede estar completamente seguro de a quién tiene enfrente realmente.

Y eso ocurre porque las “destrezas” han provocado, poco a poco, un desprecio por los valores de ética partidista y por la lealtad a una causa.

La metáfora política

En el lenguaje político contemporáneo, el “caballo de Troya” describe una estrategia específica: introducirse en el campo adversario bajo apariencia de colaboración para, desde dentro, desvirtuar sus objetivos, dividir sus fuerzas o terminar entregando el poder a quien realmente se sirve.

La advertencia de Laocoonte sigue vigente. En política, ni los regalos ni los redimidos son gratuitos, y las ofrendas siempre tienen un propósito oculto. La pregunta no es si el caballo es codiciable, sino quién lo construyó, qué lleva dentro y quién abrirá la puerta.

Lo que sigue es aplicar esta lógica al tablero actual. Porque los caballos de Troya no son una lejana leyenda; son reales y muy destructivos, especialmente si los guardamos adentro: en nuestra confianza y, más grave todavía, en nuestra esperanza. En fin, ojalá que no sólo Viva México, sino que sobreviva.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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