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miércoles, septiembre 9, 2026

Marchitos

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“Mira, Nino, le dibujé un cerebro a Mario”, me dijo mi nieta Ana Paula. El cerebro parecía el follaje de un árbol en donde las neuronas se asemejaban a nidos de pájaros, o si lo prefiere, unas frutas, de las cuales brotaban unos filamentos (las dendritas) uniéndose entre sí, y en aquel entre sí, juntas se hacían ramas que descendían haciéndose tronco (médula espinal) que terminaba en multitud de raíces nerviosas. Ante aquella alegoría de un cerebro, mi cabeza dio tumbos, y en un tumbo me pregunté “¿Dónde aprendería Ana Paula que el cerebro tiene tan linda forma?” y me respondí: “Quizá esta lindura le viene por la definición que se le ha venido dando a este órgano: el cerebro es el órgano principal del sistema nervioso central que coordina todas las funciones del cuerpo”. Cierto, pero algo falta. Ana Paula, pintó un cerebro bonito. Un cerebro sano. En otro tumbo pensé: “Para que un cerebro esté funcionalmente sanamente se necesita algo más. “Usted quien me lee, quizá ya le agregó lo qué a éste le falta.”

Hubo una historia por allá en el siglo XIII cuando Federico II, rey del Sacro Imperio Romano Germánico y del reino de Sicilia, quiso saber un día cuál era el idioma original, entonces, para salir de dudas, ordenó: “Traigan treinta niños recién nacidos. Los quiero, a todos sanos y que no hayan oído palabra alguna porque deseo saber con cuál idioma empezarán a hablar. ¿Serán las voces con las que Eva le hizo morder la manzana al inocente Adán, o será el alemán que mis institutrices me enseñaron, o el italiano, o el francés, o el español que me falta por aprender?” Los niños fueron escogidos, todos sanos. En ese entonces, no había tomografías, ni resonancias, pero sus lisas fontanelas indicaban unos cerebros saludables. Aquí vamos suponiendo que aquellos niños tenían unas medidas promedio de un perímetro craneal de 35 cm, talla 49 cm y un peso de 2,800 gramos. Este agregado, a todas horas ficticio, lo pongo para un resultado también ficticio. ¿Ficticio? Los cerebros de aquellos niños tenían la madurez propia de un recién nacido sano, madurez que les permitiría seguir madurando a través de sus aprendizajes, aprendizajes que en los primeros años de vida serían el motor que continuaría con una neurogénesis acelerada (producción de neuronas) que expandirían el volumen de sus cerebros, y a su vez este volumen aumentaría el perímetro de sus cráneos.

Las nodrizas y enfermeras hacían su trabajo y un clérigo tomaba notas de aquella importante indagatoria. Tres años pasaron en espera de que hablaran. No hubo ningún lenguaje. No hubo quien les enseñara a hablar. Todos fueron muriendo en aquel páramo, yermo de humanidad. El monarca siguió con su duda. Aquí me atrevo a pensar: En los tres años que fueron pereciendo, quizá algunos de ellos, por observación, aprendieron a caminar, pero a caminar hacia…nada.

“Ana Pau, en tu dibujo plasmaste solo la parte anatómica, del cerebro, pero hay algo que pasa con frecuencia desapercibo. Te comento: la biológica cerebral ¡humana!, tiene dos funciones inseparables: UNIDAS. Una función es para adentro del cerebro y la otra es para afuera (es la que con frecuencia se nos olvida). La de adentro es bioquímica. La de afuera es mental, es psíquica con la capacidad de sentir, razonar y decidir, que nos permite a los humanos, ir siendo con lo que vamos haciendo en el trascurso de nuestras vidas. Este ir haciendo nuestras vidas, es lo que pone en marcha los centros cerebrales específicos que nos permiten realizar lo que deseamos llevar a cabo (correr, dormir, etc., etc., etc.)

Federico II efectivamente escogió niños sanos con un cerebro normal, pero ¿cómo era la epigénesis que los rodeaba? En tres años, nada, fue lo que fueron aprendiendo, tiempo crucial para su desarrollo neurológico. Nada, se les fue metiendo en sus centros del habla, del afecto, de los sentimientos, de la razón, de la orientación, etc. Nada, les fue enseñando a aprender, nada, a recordar, nada. Nada, invadió sus sistemas endócrino e inmunológico. Ese nada, en sus tres años de vida, los hizo: nada.

Cómo me habría gustado haber sabido cuál era la somatometría (talla, peso, pero en especial el perímetro de los cráneos, de aquellas víctimas de una decisión, quizá propia de aquel tiempo). 

“Nino” me comenta Ana Paula, “qué importante es la epigénesis para tener un cerebro sano. ¿Entonces vida y cerebro son la misma cosa?” “Sí,” le respondí, “pero agregaría algo más: cuerpo, mente y persona, las separamos para su estudio. Pero en el fondo pertenecen a la acción, una de hacer la vida.

“Oye Nino, y en los abandonados, en los metidos en su soledad, en los deprimidos, ¿no les podría pasar lo mismo que a los niños de Federico II?”. “En estas personas, con el tiempo, tal vez podrían ir perdiendo (como el aire de las llantas de un carro), el ánimo para vivir, y en este desánimo, los centros neurológicos se podrían estar “desinflando” entre natas blanquecinas, que los podría estar llevando a: nada”.

“Nino, ¿y con la IA, no será algo ampliado de aquella jaula de los niños de Federico II?” “No, Ana, aquellos niños no tenían escapatoria. No le tengas miedo a este magnífico instrumento tecnológico. Tente miedo a ti, si obedecieras a los que dicen que <ya todo está pensado>, porque tu solita te meterías a la jaula. Tu inteligencia, Ana, no la tiene ningún robot que corre más rápido que Usain Bolt, ni a la IA que te responde a tus preguntas, y aunque te digan que la IA es inteligente, no lo es, es solo un artificio mercadológico, que no siente, no razona, no decide, ni tiene tu creatividad.”

Ya para despedirse Ana Paula, me dice: “El dibujo me lo encargó Mario -su hermano- porque con él quiere empastar su tesis recepcional para alcanzar el grado de Maestro en Neuro ciencias”.

“Ana Paula”, la detengo: “¿Cómo dibujarías los cerebros de aquellos niños de Federico II?”

“Marchitos”, me responde.

¡Aguas!

José Rentería Torres. Septiembre de 2026

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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