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jueves, julio 30, 2026

El poder de los fandoms: la participación como nuevo capital cultural

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Por Michelly Félix Velarde

Parece que ya no nos basta con vivir los acontecimientos. Necesitamos formar parte de ellos.

No basta con ver el Mundial. Hay que ponerse la camiseta. No basta con escuchar a un artista. Hay que preparar freebies, aprender los códigos del fandom y compartir la experiencia.

Los fandoms, el Mundial y los grandes eventos no solo generan entusiasmo. Están cubriendo una necesidad que se ha vuelto psicológicamente escasa: la experiencia de una pertenencia intensa, colectiva y visible.

Vivimos hiperconectados, pero cada vez compartimos menos experiencias al mismo tiempo. Cada persona habita un universo digital diseñado exclusivamente para ella. Por eso resulta tan poderosa la sensación de que, durante unas horas, millones de personas estén viendo lo mismo, hablando de lo mismo y sintiendo lo mismo.

En psicología social existe un concepto llamado efervescencia colectiva. Describe ese momento en el que una multitud concentra su atención, sus emociones y su energía en una misma experiencia.

No es casualidad que un gol en un estadio o el regreso de un grupo puedan sentirse casi trascendentes. Durante unas horas dejamos de vivir dentro de nuestro algoritmo y entramos al presente colectivo.

La vida contemporánea nos exige construir permanentemente nuestra identidad. Ya no basta con preguntarnos quién soy; ahora también nos define qué consumo, qué comparto y qué me representa. Pertenecer a una comunidad, aunque sea por unos días, suspende momentáneamente todas esas preguntas. Simplemente eres parte.

Pero si solo necesitáramos pertenecer, bastaría con decir: “soy ARMY” o “vi el partido”. Y claramente no basta.

Queremos hacer cosas con el cuerpo.

Preparar pulseras. Comprar la camiseta. Ir al lugar. Hacer fila. Tomar fotos. Compartirlas.

Gran parte de nuestra vida ocurre en espacios que no podemos tocar. Trabajamos desde una pantalla. Conversamos por WhatsApp. Escuchamos música en Spotify. Tenemos amistades a las que pocas veces vemos. Consumimos experiencias que desaparecen con un scroll.

Entonces aparece una necesidad profundamente humana: convertir una emoción invisible en algo físico.

Una pulsera dice: esto que siento existe.

Una camiseta dice: soy parte de esto.

Los freebies, popularizados por las fans del K-pop, son uno de los gestos culturales más interesantes de la actualidad. Más allá de ser un objeto, transforman la relación entre las personas.

Comprar una camiseta conecta a alguien con una marca.

Un freebie conecta a una persona con otra.

Hay tiempo, creatividad y cuidado ofrecidos a un desconocido. Es una pequeña experiencia de generosidad en una sociedad donde muchas de nuestras interacciones están mediadas por transacciones.

Quizá por eso esta práctica se popularizó tan rápido. Ya no solo consumimos cultura. También la construimos. Durante décadas se contruyó una economía basada en audiencias. Lo importante era conseguir que millones de personas miraran. Hoy lo que importa es que las personas quieran participar.

La fan que hace cien pulseras no está consumiendo un concierto. Está produciendo una parte de la experiencia. La persona que organiza una reunión para ver el partido no solo está viendo fútbol. Está construyendo comunidad.

El evento pertenece a una empresa. Pero la experiencia pertenece a quienes la viven juntos.

Y ahí aparece una de las preguntas más interesantes para el futuro de nuestras ciudades y comunidades.

Si la participación se está convirtiendo en uno de los bienes más valiosos de nuestra época, ¿quién está creando esos espacios donde las personas sienten que pertenecen?

El mercado ya entendió que necesitamos pertenecer. Por eso proliferan las experiencias VIP, las ediciones limitadas y los objetos que prometen demostrar que estuvimos ahí.

Pero eso también plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando pertenecer empieza a convertirse en un producto? ¿Y cuándo participar en la conversación cultural depende, cada vez más, de cuánto podemos pagar?

Los seres humanos seguimos necesitando rituales, símbolos y experiencias compartidas. La diferencia es que hoy muchas de ellas están siendo diseñadas por el mercado.

Quizá ahí exista una oportunidad para nuestra comunidad. Si entendemos que las personas no solo buscan entretenimiento, sino espacios donde sentirse parte, también podemos crear experiencias que fortalezcan la confianza, el encuentro y la participación ciudadana.

Porque el verdadero recurso ya no es únicamente nuestra atención. Es nuestra participación.

Y el futuro de nuestras comunidades dependerá menos de cuánto observemos y mucho más de en qué decidimos participar y qué construimos juntos cuando estamos ahí.


La autora es Maestra en Marketing e Inteligencia Artificial. Consultora de comunicación para organizaciones civiles. Co-Fundadora de Voluntariados Hermosillo. Integrante de la Red HCV.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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