
Por Antonio Cáñez Cota
Durante décadas, en Hermosillo se ha vivido con la idea —y con razón— de que su principal desafío hídrico es la sequía. Nos preocupan las presas bajas, los acuíferos sobreexplotados y las temperaturas extremas. Sin embargo, pocas veces pensamos en el problema contrario: demasiada agua en muy poco tiempo. Paradójicamente, en una ciudad árida el agua debería ser siempre bienvenida. Sería lamentable que una ciudad acostumbrada a la escasez convirtiera la lluvia en un problema por no haberse preparado para recibirla.
Aunque Hermosillo se encuentra en una región desértica, no está exenta de lluvias extraordinarias, tormentas tropicales ni de los efectos indirectos de huracanes formados en el Pacífico. Nuestra historia reciente lo demuestra. El huracán “Jimena” en 2009 provocó severas inundaciones urbanas y daños en vialidades y viviendas. En 2014, “Odile” volvió a evidenciar la vulnerabilidad de parte de la infraestructura urbana en la costa de Sonora. Más recientemente, tormentas intensas han ocasionado colapsos viales, vehículos arrastrados por las corrientes y zonas temporalmente incomunicadas.
El problema no es únicamente la cantidad de lluvia, sino también la velocidad a la que el agua se desplaza sobre superficies pavimentadas y los drenajes insuficientes. Cuando el agua no encuentra espacios para infiltrarse, busca una salida ante cualquier barrera. Y es ahí donde la ciudad pone a prueba su capacidad de prevención y de adaptación.
En otros lugares del mundo, las inundaciones transformaron profundamente la manera de gobernar el agua. Uno de los casos más conocidos es el de los Países Bajos, donde gran parte del territorio se encuentra por debajo del nivel del mar. Después de una devastadora inundación en 1953, los neerlandeses desarrollaron el famoso Plan Delta: una estrategia nacional basada en diques, barreras móviles e infraestructura hidráulica a gran escala.
Lo interesante es que este país no se conformó con el éxito inicial. Décadas después entendieron que el cambio climático exigía nuevas soluciones. Además de la infraestructura, comenzaron a impulsar espacios urbanos inundables, la restauración ecológica y la infraestructura verde para dar cabida al agua. Comprendieron que adaptarse también implica innovar antes de que ocurran las crisis.
Algunas ciudades latinoamericanas también han avanzado en esa dirección. Curitiba, en Brasil, desarrolló desde hace décadas una estrategia para reducir las inundaciones mediante parques lineales y zonas capaces de absorber excedentes de agua durante lluvias intensas. En lugar de depender únicamente de grandes obras de concreto, incorporó soluciones urbanas y ecológicas para mitigar los daños y fortalecer la resiliencia de la ciudad. La lección es clara: adaptarse no siempre significa resistir a la naturaleza, sino aprender a convivir con ella.
¿Qué puede hacer una ciudad como Hermosillo para prepararse ante una gran avenida de agua? El primer elemento es la prevención. Mantener limpios los canales y las alcantarillas antes de la temporada de lluvias, proteger los arroyos naturales, evitar asentamientos en zonas de riesgo y ampliar las áreas verdes y las superficies permeables son acciones factibles para una ciudad como la nuestra.
La próxima vez que llueva fuerte, quizá valga la pena mirar nuestra colonia con otros ojos. ¿Hay alcantarillas obstruidas cerca de casa? ¿Existen calles donde el agua se acumula rápidamente? ¿Se invadió algún arroyo natural? ¿Hay basura acumulada en canales o en zonas donde el agua ya no puede infiltrarse? Muchas veces los riesgos de inundación están frente a nosotros en los trayectos cotidianos que recorremos, pero dejamos de percibirlos hasta que ocurre una emergencia. Construir una ciudad más resiliente también comienza por desarrollar una mirada más atenta al entorno que habitamos.
En Guadalajara tengo un amigo —Mariano— al que sus vecinos llaman “el guardián de la alcantarilla”. El apodo surgió porque, especialmente durante la temporada de lluvias, siempre está atento a que las alcantarillas cercanas permanezcan libres de basura y obstrucciones. Más allá de la anécdota, la imagen refleja algo importante: las ciudades resilientes también se construyen con pequeñas acciones cotidianas. Se necesitan más “guardianes de la alcantarilla”: no necesariamente personas que limpien por cuenta propia, sino ciudadanos conscientes de los riesgos y capaces de reportarlos, así como autoridades con una estrategia preventiva.
Quizá una de las lecciones más valiosas de los Países Bajos —y también de ciudades latinoamericanas como Curitiba en Brasil— es que las ciudades pueden prepararse antes de que ocurra una crisis. Aunque muchas veces aprendemos después de las inundaciones, también existen experiencias que demuestran que es posible anticiparse, adaptar el entorno urbano y reducir riesgos mediante la planeación, la coordinación y la participación ciudadana. Prepararnos con anticipación reduce los daños y los costos. También nos permite construir ciudades más resilientes, más seguras y mejor preparadas para convivir con los desafíos del agua en el futuro.
Demos espacio a los cauces, ampliemos la infraestructura verde de la ciudad y construyamos una ciudad ordenada que reciba la lluvia sin preocupaciones.
El autor es Doctor en Política Pública. Profesor-Investigador en El Colegio de Sonora. Integrante de la Mesa de Agua de HCV.


