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miércoles, mayo 20, 2026

Empecemos con la carreola y la cangurera

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Traigo en mi mente dos pensamientos de dos acontecimientos. Uno de ellos acaba de suceder en Buenos Aires, Argentina, en donde se reunieron los más altos conocedores de las funciones cerebrales, venidos del mundo entero, para hablar sobre la necesidad de cuidar nuestros cerebros. El otro acontecimiento fue muy discreto, de carácter doméstico, pero quizá podría ser el aprendizaje que nos ayudaría también a cuidar nuestro órgano pensante a lo largo de la vida. Mire a lo que me refiero: aquí están unos padres quienes, de mañanita, van trotando en el parque empujando una carriola con su hijo o hija de escasos meses de edad; y, por otra parte, una madre canta y su hijo de ocho meses sonríe sentado en una cangurera que ella carga mientras hace la comida.

En Argentina se hizo hincapié en cuidar nuestros cerebros. Dijeron que “hemos venido poniendo más atención en la salud mental y hemos olvidado la salud del cerebro”. De aquí saltó la pregunta, o quizá más bien fue una afirmación, cuando dijeron que “los neurólogos, los psiquiatras, los psicólogos y los trabajadores sociales poco toman en cuenta los daños que en el cerebro ocasionan los distintos trastornos mentales que atienden”.

¿Por qué podría estar pasando esto? Me viene a la mente el falso, añejo y tan actual dualismo platónico que descuartiza a la persona en dos mitades separadas, en donde, por un lado, está el cuerpo y, aparte, está la mente. Como consecuencia de esto, la ciencia médica, siguiendo el positivismo comteano, se orienta principalmente a lo biológico del cuerpo, olvidando que las moléculas de los genes son de un órgano y que este pertenece a un organismo; a su vez, este organismo es parte de una organización, y la organización es parte de un sistema, y este sistema es movido por la voluntad de una persona. Por este olvido y/o descuido, unos han venido estudiando la mente de una persona, en donde poco importa su cuerpo, y otros estudian el cuerpo sin tener en cuenta la mente de la persona.

Ante esta falsa dicotomía, recordemos que el cerebro humano es el órgano genético-epigenético por excelencia, en donde el cerebro, lo genético, es la fuente desde donde emana la capacidad pensante que tenemos. El cerebro —el tuyo o el mío—, sin el resto del cuerpo, es una pieza de laboratorio; pero cuando lo traemos plantado en la cabeza de nuestro cuerpo, entonces el cerebro es el motor de nuestra inteligencia y, con ella, uno va aprendiendo: la epigénesis, en donde todo lo aprendido queda prendido, en el mismísimo instante, en las profundidades genéticas y cerebrales de la memoria, a través de múltiples interconexiones neuronales, en una armonía biológica-mental, o mental-biológica, da igual, que abarca en unidad la totalidad de la persona. En este aprendizaje aparecerá la historia, una historia epigenética que va a tener gran impacto en las personas y en sus cerebros.

En el encuentro de Argentina salieron, además, unas cifras alarmantes sobre los habitantes europeos, como estas: “El 42% de la población europea, después de la pandemia del covid, padece de algún problema mental”; “los pacientes de enfermedades neurodegenerativas no solo van en aumento, sino que su aparición es cada vez más temprana”; “el Alzheimer asuela principalmente a sus mujeres”. En este contexto, los psicólogos sociales encuentran “una baja del juicio crítico y creativo en aquellas poblaciones. Esto repercute en una baja productividad de las empresas, por lo que hay que invertir en el ‘capital cerebral’, con temas preventivos en todas las edades, con contenidos sobre la alimentación, el descanso, el riesgo del consumo de drogas psicoactivas y drogas energizantes, cursos cognitivo-conductuales, etcétera”.

Con esta inversión en el “capital cerebral”, los expertos pretenden ayudar a la población para que pueda readquirir un pensamiento crítico y propositivo a través de estos programas y/o tratamientos oportunos. Este encuentro fue diseñado en Davos, Suiza, en donde se reúnen los gobiernos y los empresarios más poderosos del mundo. ¿Las farmacéuticas? Me llamó la atención que el proyecto está diseñado para invertir su capital en el cerebro izquierdo.

Ahora regreso con aquellos padres en el parque, y con los cantos y sonrisas de una madre con su hijo, para referirme un poco a la madurez cerebral y sus funciones.

Uno va madurando como persona a través del tiempo, y esto tiene que ver con la madurez cerebral. Aquellos niños, desde su nacimiento, ya tenían maduro el lado derecho de su cerebro —la parte creativa, intuitiva, la que tiene que ver con los sentidos—, y con ellos, epigenéticamente puestos todos en común, van aprendiendo a diferenciar palabras, imágenes, olores, sabores, a palpar cercanías… Y, junto con este aprendizaje, en las profundidades, su cerebro izquierdo va madurando.

Con esta regla, uno, a través del tiempo, va construyendo su vida y, a la par, su cerebro se va estructurando a la medida exacta de las decisiones tomadas. Esta es la mecánica de la plasticidad cerebral. O al revés también: con las decisiones tomadas, uno puede ir destruyendo su vida y, en la misma medida, irá siendo el deterioro neuronal.

Pienso en las alarmantes cifras de la población europea, y viene a mi memoria la historia de dos guerras mundiales, sus guerras civiles, sus muros… parejas sin hijos, la preferencia por las mascotas; profesiones devenidas en empleos, porvenires inciertos… y me pregunto si esta historia epigenética podría tener relación con el decaimiento de las mentes creativas y su impacto degenerativo precoz en aquellos cerebros.

De nuevo viene a mi mente el acontecimiento de los niños sonrientes y se me entrecruzan aquellas poblaciones europeas a quienes, tal vez, también les cantaron cuando niños. Y se me atraviesa de nuevo la historia actual, que le apuesta ciegamente al poder de la fuerza, a la descalificación del otro, y descuida el cuidado más elemental: el cuidado de la vida sobre la tierra, de la que somos parte.

Lo que sucedió en Argentina me dejó la impresión de que los expertos se empeñan en invertir en “el capital cerebral”, como si fuéramos animales de laboratorio. No. Los millones de años de evolución de la vida sobre la tierra nos dejaron una inteligencia epigenética que, desde el nacimiento, comanda —en términos generales— las funciones de la genética cerebral.

Ni quién lo dude: debemos cuidar nuestros cerebros.

¿Qué le parece si con la carriola y la cangurera empezamos a construir una historia que nos posibilite vivir en un mundo mejor?

José Rentería Torres
Mayo de 2026

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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