
Durante más de tres décadas, México apostó por la apertura comercial como eje de desarrollo. Hoy, esa lógica enfrenta una reconfiguración silenciosa desde su principal socio: Estados Unidos. Cuando México ingresó en 1986 al GATT, lo hizo con una decisión estratégica clara: dejar atrás un modelo cerrado y sumarse a la integración global. La reducción de aranceles, la apertura a la inversión extranjera y la inserción en cadenas productivas internacionales marcaron un punto de inflexión que, con altibajos, permitió al país consolidar una plataforma exportadora competitiva.
Ese proceso se profundizó con acuerdos posteriores —incluido el actual T-MEC— bajo una premisa fundamental: el libre comercio como motor de crecimiento. Sin embargo, esa premisa hoy está siendo puesta a prueba.
En los últimos años, particularmente a partir de 2018, la política comercial de Estados Unidos ha comenzado a girar hacia una lógica distinta. Ya no se trata únicamente de facilitar el intercambio, sino de **proteger sectores estratégicos, relocalizar industrias y competir geopolíticamente**. Las recientes declaraciones de funcionarios como Jamieson Greer apuntan en esa dirección: el uso de aranceles —especialmente en acero y aluminio— como condición para fortalecer la industrialización estadounidense. El mensaje es claro, aunque no siempre explícito: el comercio ya no es un fin en sí mismo, sino un instrumento de política industrial.
Este cambio no implica una ruptura formal del T-MEC, pero sí una reinterpretación de sus alcances. Estados Unidos ha recurrido a mecanismos como los argumentos de seguridad nacional para justificar restricciones comerciales en sectores clave, una práctica que ya tuvo precedentes y que ahora adquiere una dimensión más estructural. En los hechos, el tratado sigue vigente, pero su operación se está ajustando a nuevas prioridades. Para México, esto plantea un escenario complejo. La integración productiva con Estados Unidos —particularmente en industrias como la automotriz— depende en buena medida de insumos como el acero y el aluminio. La imposición de aranceles o restricciones, incluso selectivas, introduce incertidumbre en cadenas de valor altamente interdependientes.
Más aún, detrás de estas medidas emerge una condición implícita: la necesidad de alinearse con la estrategia industrial estadounidense. Esto puede traducirse en reglas de origen más estrictas, mayores exigencias de trazabilidad y controles sobre insumos provenientes de terceros países, especialmente de China.
El fenómeno no es menor. Lo que está en juego no es solo el acceso preferencial al mercado estadounidense, sino la naturaleza misma del modelo de integración que México ha construido durante décadas. La lógica de apertura irrestricta está siendo sustituida por una de **integración condicionada**, donde los beneficios del comercio dependen cada vez más de criterios políticos y estratégicos. En este contexto, el llamado *nearshoring* —que ha sido presentado como una oportunidad para México— también adquiere matices. Si bien la relocalización de cadenas productivas puede atraer inversión, también puede aumentar la dependencia respecto a decisiones de política industrial en Estados Unidos. El riesgo es que el país pase de ser un socio comercial a un eslabón subordinado dentro de una estrategia definida externamente.
La transición es evidente: del libre comercio al comercio estratégico. Frente a este escenario, México enfrenta una disyuntiva que no admite respuestas simples. Puede optar por alinearse plenamente con las nuevas condiciones, negociar márgenes de flexibilidad sector por sector o buscar diversificar sus relaciones comerciales para reducir su dependencia. Cada opción implica costos y beneficios, pero lo que parece cada vez más claro es que el margen de maniobra se está estrechando.
A futuro, es previsible que las tensiones comerciales dentro del T-MEC se intensifiquen, no necesariamente en forma de rupturas abruptas, sino mediante ajustes graduales que redefinan sus reglas de operación. Sectores estratégicos como el automotriz, el energético y el de manufacturas avanzadas serán particularmente sensibles a estos cambios. La pregunta de fondo no es si el libre comercio seguirá existiendo, sino bajo qué condiciones. México construyó su inserción internacional apostando por mercados abiertos y reglas claras. Hoy, esas reglas están evolucionando hacia un terreno donde la economía y la geopolítica convergen.
En ese nuevo escenario, la capacidad de adaptación —y de negociación— será determinante. Porque más que el fin de una era, lo que se vislumbra es el inicio de otra, donde el comercio ya no se mide solo en términos de eficiencia, sino también de poder.
Moisés Gómez Reyna, economista y maestro en derecho constitucional


