
Por Hugo Moreno Freydig
Para la mayoría de las personas en México, el tráfico es parte de la vida diaria. Lo vivimos en los trayectos al trabajo, al llevar a los hijos a la escuela o incluso en recorridos cortos que antes parecían sencillos. Aunque solemos asumirlo como algo inevitable, vale la pena preguntarnos por qué sucede y por qué, a pesar de tantas obras viales, el problema parece no mejorar con el tiempo.
Una de las claves está en cómo se mueve la ciudad. Cuando el transporte público no es confiable, no pasa con la frecuencia necesaria o no conecta bien los destinos, muchas personas optan por usar el automóvil. No es una cuestión de preferencia, sino de necesidad. En ese contexto, el uso del carro crece y con él también lo hacen la congestión, los tiempos de traslado y los costos para las familias. Además, distintos sectores económicos se benefician indirectamente de esta dependencia, ya que aumenta el consumo asociado al uso del vehículo.
Esto también ayuda a entender por qué, en muchas ciudades, no se ha invertido lo suficiente en transporte público de calidad o en infraestructura para caminar y andar en bicicleta. Mejorar estos sistemas implica reorganizar el espacio vial y cambiar prioridades, lo cual puede generar resistencia en el corto plazo. En cambio, ampliar calles o construir pasos a desnivel suele percibirse como una solución más rápida, aunque en realidad solo atiende el problema de forma temporal y focalizada a un punto en específico, no a la población en general.

Cuando no existen buenas alternativas al automóvil, cada vez más personas necesitan resolver su movilidad comprando un carro. Esto incrementa el número de vehículos en circulación y, en consecuencia, el tráfico. Es un círculo vicioso que se retroalimenta: más autos generan más congestión, y la congestión hace que el transporte público sea aún menos eficiente si no cuenta con carriles exclusivos o prioridad en la vía.
En este contexto, se habla mucho de cambiar a autos eléctricos como solución. Si bien esto puede ayudar a reducir emisiones contaminantes, no resuelve el problema principal. Un auto eléctrico sigue ocupando el mismo espacio, genera el mismo tráfico y requiere la misma infraestructura que un auto convencional. Es decir, cambia el tipo de energía, pero no el modelo de movilidad.
Para una ciudad como Hermosillo, Sonora, esto representa una oportunidad clara de replantear el rumbo. Apostar por un transporte público más eficiente, con menores tiempos de espera y mayor cobertura, puede reducir la necesidad de usar el automóvil. A la par, mejorar las banquetas para que sean continuas, accesibles y con árboles que den sombra, así como construir ciclovías confinadas, seguras y conectadas, permitiría que más personas opten por moverse de otras formas, permitiendo disminuir la cantidad de carros en las calles.
Experiencias en ciudades como Bogotá o Ciudad de México han demostrado que invertir en transporte público y movilidad activa no solo reduce el tráfico, sino que mejora la calidad de vida. Entender el tráfico desde esta perspectiva permite ver que no es solo un problema de autos, sino de cómo la ciudad planea resolver su movilidad. Al final, la solución no está en mover más carros más rápido, sino en mover mejor a las personas.
El autor es Arquitecto, Maestro en Ciencias Ambientales y activista por la movilidad sostenible, accesibilidad universal y seguridad vial. Cofundador del despacho de urbanismo y arquitectura: UrbanDot.mx. Integrante de la Mesa de Movilidad de HCV.



