
Lo que está pasando en México y Estados Unidos ya no cabe en la palabra “polarización”. Ese término sugiere dos orillas enfrentadas, pero igualmente válidas. Lo que vivimos ahora es otra cosa: una apuesta abierta al absolutismo asfixiante que se alimenta del miedo, que sustituye instituciones por lealtades, y que convence a la gente de votar con “el estómago” para que nunca lo procese con la razón.
En México, el gobierno empuja un “Plan B” electoral porque la reforma constitucional no pasó. La estrategia es clara: si no puedes cambiar la Constitución, cambia las leyes secundarias. Si no puedes destruir al árbitro, debilítalo hasta que nadie confíe en él. No importa que el INE haya sido una conquista ciudadana. No importa que la certeza electoral sea la base de cualquier democracia. Lo que importa es concentrar poder, aunque sea erosionando las reglas del juego.
La contradicción del “mejor perdedor”
Admitámoslo: en el debate hay ideas que podrían tener sentido. Asignar diputaciones plurinominales por la vía del “mejor perdedor”, como ha sugerido la presidencia, es un mecanismo que en otros tiempos dio voz a minorías. El problema no es la propuesta. El problema es el contexto en el que se presenta.
Porque cuando el mismo gobierno que propone esa fórmula es el que insiste en recortar hasta el hueso el presupuesto de los partidos políticos, el ejercicio se vuelve indigno. No se puede debilitar a los partidos con una mano y con la otra fingir que se crea espacios o que salvaguardan el patrimonio de los mexicanos. Lo que parece una apertura democrática se convierte, en la práctica, en una estrategia burda: perpetuar al partido en el poder mientras se desangra a la competencia.
Y esa es “la prueba no superada”: Otra presidencia que llega al poder y, lejos de fortalecer las rutas de acceso a la representación, se obsesiona con cómo blindar su propia continuidad. Olvida que sólo un país con equilibrios es un país que puede crecer. Olvida que la alternancia no es una amenaza, sino la prueba de que las instituciones funcionan y que un país es confiable.
El espejo en Estados Unidos
En Estados Unidos, el síntoma es el mismo, solo que con otro rostro. Esta semana, Donald Trump celebró públicamente la muerte de Robert Mueller, el exdirector del FBI que investigó la injerencia rusa en las elecciones de 2016. Mueller fue, para muchos, el símbolo de una institucionalidad que intentó poner freno al abuso de poder. Para Trump, fue un enemigo. Y su muerte, una ocasión para recordar quién manda. No es rencor personal. Es un mensaje: las instituciones que me estorban, las desprecio. Y si puedo, las destruyo.
En ambos países, la estrategia ha sido la misma. Primero, hacer que la gente crea que el único problema es el hambre. Después, convencerla de que quien promete soluciones rápidas —aunque sea a costa de las instituciones— merece su confianza. Y finalmente, polarizar hasta que cualquier crítica sea vista como traición. El resultado es un gobierno en desequilibrio.
Pero hay algo que comparten México y Estados Unidos, y que quienes vivimos en esta frontera binacional vemos con claridad: la estabilidad no se negocia. La certeza electoral no se improvisa. Y las instituciones no se reconstruyen con discursos, sino con hechos.
¿Qué sigue?
Que, en México, el Senado discutirá esta semana el “Plan B”. Que la Suprema Corte tendrá que decidir si frena lo que el Congreso no supo detener. Que, en Estados Unidos, las próximas elecciones pondrán a prueba si la ciudadanía prefiere la estabilidad institucional o la demolición continua de los contrapesos.
Y que, en ambos lados del río, el verdadero reto no es vencer al adversario, sino recuperar la confianza en que las reglas no se cambian a escondidas, que la justicia no se celebra con rencor y que la democracia no se sostiene con el estómago vacío, sino con la razón despierta.


