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martes, marzo 10, 2026

La discriminación: cuando olvidamos que la inclusión ensancha nuestra humanidad

Mariel Montes
Catedrática investigadora de la Universidad de Sonora. Educadora y psicóloga. Coordinadora del Laboratorio de Comunicación y Servicios de la Universidad de Sonora

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En las conversaciones públicas sobre discriminación solemos centrar la atención —con toda razón— en el dolor y las barreras que enfrentan las personas que son excluidas. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre otro aspecto igualmente importante: qué le ocurre a una sociedad y a una persona cuando decide no ser inclusiva.

La discriminación hacia personas con discapacidad o con necesidades especiales no solo hiere a quienes la padecen; también empobrece profundamente a quienes la ejercen y al tejido social que la permite. Desde la psicología social sabemos que el prejuicio no es únicamente una postura moral cuestionable, sino también un mecanismo que limita el desarrollo humano y emocional de quien lo sostiene.

Uno de los autores clásicos que analizó este fenómeno fue Gordon Allport. En su obra The Nature of Prejudice, Allport explica que el prejuicio es una actitud rígida que simplifica la realidad social y empobrece la percepción del otro (Allport, 1954). Cuando una persona discrimina, reduce al otro a una etiqueta —“discapacitado”, “diferente”, “incapaz”— en lugar de reconocer su complejidad humana. Este proceso psicológico no solo deshumaniza al otro; también empobrece la capacidad de empatía y comprensión de quien discrimina.

En otras palabras, la discriminación no es únicamente un problema ético: es también una limitación emocional y cognitiva.

La psicología contemporánea ha profundizado en este fenómeno a través del concepto de deshumanización. Según Haslam (2006), deshumanizar implica negar o minimizar las cualidades humanas del otro, lo cual permite justificar la exclusión, el rechazo o la indiferencia. Sin embargo, cuando una persona deshumaniza sistemáticamente a otros grupos, también empieza a deteriorar su propia capacidad de conexión social.

Las relaciones humanas se sostienen en la empatía, en la posibilidad de reconocernos en la experiencia del otro. Cuando esta capacidad se reduce, el mundo social se vuelve más pequeño, más rígido y más temeroso. De alguna forma, quien discrimina termina viviendo en un mundo emocionalmente más pobre.

Además, el prejuicio suele estar asociado con el miedo a la diferencia. La teoría de la identidad social explica que las personas tienden a favorecer a los grupos con los que se identifican y a desconfiar de quienes perciben como distintos (Tajfel & Turner, 1979). Este mecanismo puede ofrecer una sensación momentánea de seguridad, pero también puede producir sociedades cerradas, menos creativas y menos capaces de adaptarse a la diversidad humana.

En contextos educativos y sociales, la falta de inclusión también priva a las personas de oportunidades fundamentales de aprendizaje. Diversas investigaciones han demostrado que el contacto positivo con personas diferentes —ya sea por discapacidad, cultura o condición social— reduce los prejuicios y fortalece habilidades sociales como la empatía y la cooperación (Pettigrew & Tropp, 2006).

Cuando evitamos ese contacto, no solo estamos excluyendo a otros; también estamos limitando nuestra propia posibilidad de crecer como seres humanos.

Las personas con necesidades especiales, por ejemplo, suelen desarrollar capacidades extraordinarias de resiliencia, creatividad y adaptación. Cuando una comunidad decide excluirlas, pierde la oportunidad de aprender de esas experiencias humanas diversas. La inclusión, en este sentido, no es solo un acto de justicia social; es también una fuente de enriquecimiento humano y colectivo.

Desde una perspectiva educativa, esto tiene profundas implicaciones. La educación inclusiva no busca únicamente integrar a estudiantes con discapacidad en el aula; busca formar ciudadanos capaces de convivir con la diversidad. Cuando los niños crecen en espacios donde la diferencia se normaliza, desarrollan mayores niveles de empatía y habilidades sociales (UNESCO, 2020).

Sin embargo, en la actualidad existe un espacio donde estas actitudes se revelan con especial claridad: el entorno digital. Las redes sociales se han convertido en una especie de espejo social que exhibe con facilidad lo que muchas veces permanecía oculto en conversaciones privadas. Comentarios burlones, memes que ridiculizan la discapacidad o videos que convierten la diferencia en entretenimiento muestran cómo, en muchos casos, la discriminación sigue profundamente arraigada en la cultura cotidiana. La aparente distancia de la pantalla puede disminuir la sensación de responsabilidad personal y favorecer conductas que difícilmente se expresarían cara a cara, fenómeno conocido como desinhibición en línea (Suler, 2004).

Este consumo digital también revela algo más profundo: las plataformas amplifican aquello que las personas ya llevan dentro. Cuando el humor se construye sobre la humillación del otro o cuando la diferencia se vuelve objeto de burla pública, no solo se expone la falta de inclusión, sino también las carencias empáticas de una comunidad. En ese sentido, las redes sociales no crean necesariamente la discriminación, pero sí la visibilizan y la multiplican. Por ello, la responsabilidad ética en el mundo digital se vuelve cada vez más relevante: lo que compartimos, celebramos o ridiculizamos en línea habla no solo de nuestras opiniones, sino de la calidad humana de la sociedad que estamos construyendo.

En este sentido, el mundo digital se ha convertido en una especie de radiografía social. Lo que se vuelve viral, lo que genera risas colectivas o lo que provoca indignación revela mucho sobre nuestros valores como comunidad. Cuando la discapacidad, la diferencia o la vulnerabilidad se convierten en motivo de burla pública, lo que realmente queda expuesto no es la persona que aparece en el video o en el meme, sino la fragilidad ética de quienes consumen y celebran ese contenido.

Tal vez por eso la inclusión no puede limitarse a discursos institucionales o a campañas ocasionales. La verdadera inclusión se construye en los gestos cotidianos, en la forma en que hablamos de los otros, en lo que decidimos compartir o ridiculizar. En tiempos donde todo puede ser grabado, comentado y viralizado, también tenemos la oportunidad de preguntarnos qué tipo de sociedad queremos reflejar en ese espejo digital.

Porque al final, la manera en que tratamos a quienes son diferentes no solo define su lugar en la comunidad. Define, sobre todo, quiénes somos nosotros.


Referencias

Allport, G. W. (1954). The nature of prejudice. Addison-Wesley.

Haslam, N. (2006). Dehumanization: An integrative review. Personality and Social Psychology Review, 10(3), 252–264.

Pettigrew, T. F., & Tropp, L. R. (2006). A meta-analytic test of intergroup contact theory. Journal of Personality and Social Psychology, 90(5), 751–783.

Suler, J. (2004). The online disinhibition effect. CyberPsychology & Behavior, 7(3), 321–326.

Tajfel, H., & Turner, J. C. (1979). An integrative theory of intergroup conflict. En W. G. Austin & S. Worchel (Eds.), The social psychology of intergroup relations (pp. 33–47). Brooks/Cole.

UNESCO. (2020). Inclusion and education: All means all. UNESCO Publishing.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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