
En economía rara vez basta mirar un solo indicador. Para entender realmente el momento que atraviesa México hoy conviene observar tres variables al mismo tiempo: inflación, crecimiento económico y el entorno internacional. Vistas en conjunto, las señales son claras: la economía mexicana mantiene una base de estabilidad, pero el equilibrio se ha vuelto más frágil.
Empecemos por la inflación. En febrero se ubicó en 4.02% anual, un nivel considerablemente menor al observado hace dos años, cuando el país enfrentaba el pico inflacionario posterior a la pandemia. Sin embargo, el dato sigue por encima del objetivo permanente del Banco de México, que es 3%. Eso explica por qué el banco central mantiene una postura monetaria todavía restrictiva. La tasa de referencia se ubica actualmente en 7.00%, un nivel elevado diseñado para contener presiones inflacionarias. En términos simples: cuando la inflación aún no está completamente bajo control, los bancos centrales prefieren actuar con cautela antes de abaratar demasiado el crédito.
El segundo elemento es el crecimiento. La economía mexicana sigue expandiéndose, pero a un ritmo menor. Banxico ajustó su previsión de crecimiento para 2026 a 1.5%, lo que refleja una economía que continúa avanzando, aunque con menos impulso que en años recientes.
Este menor dinamismo no es necesariamente una señal de crisis. En buena medida responde a una normalización del ciclo económico después de varios años de recuperación y a los efectos de tasas de interés todavía altas. Sin embargo, sí implica que el margen de maniobra de la economía es menor.
A esta ecuación se sumó recientemente un factor externo que cambia el panorama: la tensión geopolítica en Oriente Medio. El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel elevó de forma abrupta la incertidumbre en los mercados financieros y provocó un repunte en los precios del petróleo. Aunque posteriormente hubo correcciones, el episodio recordó que los choques geopolíticos siguen siendo un riesgo real para la economía global.

Para México esto importa más de lo que parece. Un aumento en el precio del petróleo puede reintroducir presiones inflacionarias a través de los combustibles, el transporte y los costos logísticos. En otras palabras, aunque el proceso de desinflación continúa, se vuelve más vulnerable a factores externos.
Al mismo tiempo, los mercados financieros globales reaccionaron con mayor aversión al riesgo. Varias bolsas registraron caídas y los inversionistas buscaron activos considerados más seguros. En México, el principal índice bursátil acumuló retrocesos recientes y el tipo de cambio mostró episodios de depreciación, con el peso pasando de 17.22 a 17.35 por dólar en pocos días.
Nada de esto significa que México esté entrando en una crisis económica. Los fundamentos macroeconómicos siguen siendo relativamente sólidos: inflación en proceso de moderación, crecimiento todavía positivo y un banco central que mantiene credibilidad en su política monetaria.
Pero sí indica que el entorno ha cambiado.
Durante los últimos meses México había transitado un escenario relativamente favorable: inflación bajando gradualmente y actividad económica todavía creciendo. Ese equilibrio ahora enfrenta un contexto internacional más incierto, donde el precio del petróleo, la volatilidad financiera y las tensiones geopolíticas pueden alterar las expectativas.
El reto económico para 2026, por lo tanto, ya no es únicamente llevar la inflación hacia el objetivo de 3% sin frenar demasiado la economía. El desafío es hacerlo en medio de un entorno global más inestable. Por eso la palabra clave para describir el momento económico de México no es crisis. Tampoco bonanza.
Es algo más preciso: resiliencia macroeconómica en un equilibrio bajo tensión.
Moisés Gómez Reyna, economista y maestro en derecho constitucional.


