
Durante años se nos dijo que el éxito era una meta clara: estudiar, trabajar duro, destacar, llegar antes que los demás. Hoy, muchas juventudes están siguiendo ese camino… y aun así se sienten agotadas, ansiosas y con la sensación constante de no ser suficientes.
No es una contradicción menor. Es una alerta.
El perfeccionismo se ha convertido en una de las cargas emocionales más comunes entre jóvenes. No se trata solo de querer hacer bien las cosas, sino de sentir que equivocarse no es una opción. Que fallar implica quedarse atrás. Que descansar es sinónimo de flojera. Que el valor personal depende de resultados visibles y permanentes.
Las redes sociales han amplificado esta narrativa. Éxitos editados, vidas aparentemente resueltas, comparaciones constantes. A eso se suman entornos académicos y laborales cada vez más competitivos, donde el error se castiga más de lo que se aprende de él. El mensaje es claro, aunque pocas veces se diga en voz alta: hay que poder con todo.
El problema es que ese ideal no es humano.
Desde la salud mental, el perfeccionismo sostenido tiene consecuencias profundas: ansiedad a edades tempranas, miedo a intentar cosas nuevas, culpa por detenerse y una sensación persistente de fracaso, incluso cuando existen logros objetivos. Muchas y muchos jóvenes no están desmotivados; están emocionalmente saturados.
Vale la pena decirlo con claridad: el perfeccionismo no siempre impulsa, muchas veces paraliza. Le quita a las juventudes la posibilidad de experimentar, de equivocarse, de construir procesos propios. Y cuando el error se vive como una amenaza a la identidad, el costo emocional es altísimo.
Como deportista, lo viví en carne propia. Caí muchas veces, pero esas caídas no fueron fracasos, sino lecciones. En mi caso, logré dos medallas, pero no fue de la noche a la mañana ni sin sacrificios. Fueron años de entrenamientos, de largas horas dedicadas a perfeccionar mi técnica, de superar mis propios límites y, sobre todo, de aprender a levantarse tras cada tropiezo. El proceso fue mucho más valioso que las medallas en sí, porque me enseñó que el éxito no se mide solo por el resultado final, sino por la fortaleza que se adquiere al caminar con perseverancia, al equivocarse y seguir adelante.
Por eso es urgente replantear la idea de éxito que estamos promoviendo como sociedad.
Redefinir el éxito no significa renunciar a los sueños ni a la disciplina. Significa reconocer que el bienestar también es una meta legítima. Que avanzar no siempre es lineal. Que pedir ayuda es una fortaleza, no una falla. Que poner límites, descansar y cuidar la salud mental no es un lujo, es una necesidad.
Desde el trabajo con juventudes se observa una constante: hay talento, hay compromiso, hay ganas de transformar su entorno. Lo que muchas veces falta son narrativas más humanas que permitan crecer sin romperse en el intento.
Hablar de salud mental no es suavizar las exigencias de la vida adulta, es hacerlas sostenibles. Implica construir espacios educativos, laborales e institucionales donde el valor de las personas no dependa únicamente de su productividad, sino también de su capacidad de vivir con equilibrio.
Tal vez el verdadero éxito para esta generación no sea llegar más rápido ni hacerlo perfecto, sino llegar completos.
Y para lograrlo, necesitamos dejar de exigirlo todo, todo el tiempo.


