
Mario es un joven médico a quien quiero mucho. Me hizo unas preguntas por WhatsApp. La primera: “¿Puede llamarse padecimiento a una enfermedad que no se siente?” (Usted, quien me lee, puede contestarlas con un (sí) o (no)). La segunda es: “¿La alta presión que no se siente es un padecimiento?” (sí) o (no). La tercera: “¿Los factores de riesgo son enfermedades, (sí) o (no)?”
Las preguntas me las hizo Mario a las 7.40 de la tarde (hora del centro de México); para él, eran las 1.40 de la medianoche en Londres. Me quedé pensando las posibles respuestas, revueltas con la incógnita sobre qué estaría haciendo a esas horas de la noche, y en este mi revoltijo, sin darme cuenta aplasté el ícono del micrófono del WhatsApp, mientras garabateaba en una libreta unas posibles contestaciones.
“Nino” (así me nombra mi nieto): “viene en blanco, no dices nada”. Enseguida, por el micrófono le leí lo que había escrito: “Padecer y enfermedad ciertamente van de la mano, por ello con frecuencia pensamos que significan lo mismo, pero no lo son. Padecer es lo que sentimos las personas cuando nos aqueja algún mal en nuestro cuerpo, y enfermedad es el diagnóstico que hacen los médicos con los síntomas que padece la persona.
Los padecimientos han acompañado a la humanidad desde antes de ‘Terrón’ (aquel homo sapiens), quien un día se sintió cansado, se dio cuenta de que su piel estaba caliente, vio que sus orines eran obscuros y sus heces blanquecinas”. Terrón tenía conciencia de que aquello que estaba padeciendo era una real realidad. Tiempo después (siglos, quizá milenios), los chamanes lanzaban conjuros en contra de algún demonio, ordenándole que dejara en paz al <padeciente>*, o bien, con ensalmos le pedían a Dios (con mayúsculas, porque desde los tiempos de los homo sapiens, con sus pensamientos abstractos y simbólicos, ya presentían la presencia del mismo Dios de todos los creyentes, de todas las religiones y de todos los tiempos), a quien imploraban por la curación del <padeciente>; y en aquellas súplicas y conjuros ya se veía la relación profunda entre padecer y enfermedad. Y corriendo por esta misma historia, en la Edad Media, a las enfermedades epidémicas que padecían poblaciones enteras las diagnosticaban como castigos divinos: peste blanca, peste negra, peste amarilla, y hoy con frecuencia, por esta larga historia, consideramos como sinónimos padecer y enfermedad. Pero, como ves, no lo son”.
Sigo con las preguntas de Mario: “¿Un factor de riesgo es un diagnóstico?” Esta pregunta tiene también su historia: “Paquito, o Techita, o tú, o yo… tenemos una genética que nos identifica como miembros de la especie humana, pero como individuos tenemos un código genético único (en el cual podríamos traer cada uno de nosotros algunas fallas genéticas). Antes se creía que nuestros genes estaban metidos en una hermética caja negra, impenetrable, pero esto no es así: nuestros genes están ‘al aire libre’, expuestos, prestos y puestos para satisfacer los mandatos de nuestra voluntad (la epigénesis). Nuestra genética-epigénica nos deja en libertad para lo que uno quiera hacer de uno mismo. Cierto, pero con nuestro comportamiento podemos llevarnos entre los pies a nuestros solidarios y ciegos genes.
Te ejemplifico: ‘Paquito’ nació dentro de una familia que sabe comer muy bien, en donde el sobrepeso es normal. Paquito come hasta la llenura y, en esta su histórica saciedad, los protones y neutrones de los átomos de todas sus células, pero en especial las de su páncreas, lo han venido acompañando a marchas forzadas para digerir tantos y tan dañinos alimentos que consume. Paquito (otros paquitos) ha aprendido a fumar, a beber alcohol, a vivir entre el fecalismo, en estrés continuo, en represión, en soledad, etc. Los paquitos ignoran que están viviendo de una manera (<factores de riesgo>) que les está minando el micro universo de cada una de sus células; hasta que un día, allá en las profundidades genéticas, una de ellas mutó y apareció un diminuto cáncer que aún no ha dado síntomas; por lo tanto, aún no lo padece, por lo que tampoco se le ha diagnosticado enfermedad alguna. O bien, sus células ya no aguantan el ritmo de su vida y empezarán sus padeceres, que se diagnosticarán: sobrepeso de todos los pesos, diabetes II, males cardíacos, cirrosis A-N, cáncer. ¿En dónde?
En este apartado hago hincapié en los trastornos depresivos o ansiosos y los otros tantos sufrimientos crónico-emocionales, y aquí te pregunto: si estos sufrimientos (factores de riesgo) podrían alterar el ritmo de los protones y neutrones de las células cerebrales y si esto pudiera tener relación con el creciente número de enfermedades neurodegenerativas; o bien, si estos males mentales pudieran afectar el funcionamiento normal de cualquier otro órgano o tejido de nuestro organismo. Yo creo que sí. ¡La forma de vivir se nos hace cuerpo! Un cuerpo saludable o enfermizo.
Mario, pongo aparte la hipertensión arterial para puntualizar sobre los factores de riesgo: Paco no sabe que trae su presión arterial por arriba de lo normal; no la siente, no la padece, no está enfermo. Pero en cuanto se le diagnostique como un enfermo hipertenso, su enfermedad se convertirá en un factor de riesgo que podría originar múltiples padecimientos, con los consecuentes diagnósticos que elaborará el personal médico en sus distintos órganos dañados.
Mario, va algo que no le damos la suficiente importancia: somos seres sociables y las sociedades tienen sus costumbres y tradiciones, y estas, sin darnos cuenta, configuran nuestro comportamiento y nuestro cuerpo. Aquí uno se pregunta si en esta transmisión de haberes sociales pudieran existir factores de riesgo que nos pudieran dañar (pienso en las refresqueras mundiales y otras muchas sociopatías más) que ocasionan padecimientos endémico-epidémicos en nuestras sociedades.
Por esto, Mario, aquí agrego un comentario que podríamos acomodarlo antes de tus preguntas: ¿los factores de riesgo pueden prevenirse y, en particular, esos de transmisión social?
De nuevo, aquí está otro Paco, quien desde niño ha aprendido a cuidar su salud (Mario, déjame decirte que todo lo que bien se aprende se queda bien prendido en las células de todo nuestro cuerpo, en especial en las neuronas de nuestra memoria); por esto, a este paquito no le cuesta trabajo realizar sus hábitos saludables. En cambio, Paquito, el de enfrente, ha venido viviendo en soledad; la depresión y la ansiedad son sus acompañantes; las drogas fluyen en una adicción cada vez más profunda. Pero hoy se ha dado cuenta de que los factores de riesgo le están ocasionando sus padeceres: necesita hacer cambios en su vivir. ¿Qué hacer? ¿Los demás influyeron en su caída? Requiere reestructurar su mente, su cuerpo, su persona, y recuerda que posee el binomio genético-epigenético, por lo que recurre a la poderosa fuerza de su voluntad (su mente) para hacer cambios en su manera de vivir; cambios que darán reposo a sus sufridos protones y electrones de los átomos de sus células (su cuerpo), y estas, ya tranquilas, al paso de la fuerza de su voluntad, su autoestima crecerá, se sentirá confiado, confianza que mostrará en su presencia (la persona) por los espacios sociales por los que camina.
Los factores de riesgo SÍ se pueden prevenir, siempre y cuando tú y yo nos decidamos a cuidar la salud de nuestra persona y de las personas que nos rodean.
Esto es tan solo un esbozo a tus preguntas.
“Mario, te quiero”.
“Te quiero, Nino”.
Amable lector, disculpa por pedir tus respuestas con un (sí) o un (no), ante la realidad tan inabarcable que tiene la vida humana, en donde no hay un sí o un no que sea la absoluta verdad. Quizá.
José Rentería Torres. Enero de 2026.
* En cuanto a las personas que padecen de algún mal, creo que es más apropiado nombrarlos <padecientes> y no pacientes, por lo que implica en sí la palabra paciente.


