Por Arturo Ángel
A Nicolas Maduro lo había visto por años solo a través de una pantalla de televisión, en mi celular o en los periódicos. A veces rodeado de militares, a veces acompañado de civiles aliados, y en ocasiones solo frente al micrófono. Un discurso, un baile o una provocación podía ser la ocasión de su aparición. Odiado o amado por los venezolanos, intocable y lejano.
Por eso, aun ya sentado en la banca número 3 de la sala de audiencias del piso 26 de la Corte federal en Manhattan, no acababa de creerme que ese sería el sitio en el que estaba por conocer en persona al polémico líder venezolano, ni muchos menos que me tocaría verlo por casi 40 minutos sentado a solo cinco metros de donde me encontraba.
Pero a las 12 del mediodía con dos minutos pasó. Maduro salió de la puerta lateral de la sala color caoba enfundado con el uniforme de los presos federales: pantalón caqui, playera naranja, casaca azul. Las manos libres, pero pies esposados, y escoltado por tres alguaciles de los Estados Unidos.
En los últimos tres años he visto a por lo menos quince delincuentes de alto nivel, en su mayoría capos del narco mexicanos, salir de la misma manera para ser presentados en una audiencia en cortes criminales estadunidenses. Casi todos lo hacen cabizbajos, abatidos, tratando de esconder la mirada. Otros, como los líderes de Los Zetas en Washington, con el rostro descompuesto.

Con el líder venezolano, en cambio, fue distinto desde el inicio. Mirada al frente y saludo de mano a los abogados y hasta a los alguaciles que lo custodiaban, a los que el gesto les despertó algo de extrañeza. “Happy New Year” (o algo así) dijo tres veces mientras caminaba a su posición. Antes de tomar el asiento recorrió con la mirada a todos los que llenamos la zona del público. Era como si quisiera mandar desde ya el mensaje que era un político, y no un criminal, quien había entrado en la sala.
Y no pasó mucho tiempo antes de que el mandatario venezolano tradujera esas intenciones en palabras. A la primera y sencilla pregunta de si su nombre era “Nicolas Maduro Flores”, el mandatario aprovecho no solo para corregir su segundo apellido, sino para soltar todas sus cartas credenciales y hasta proclamas internacionales.
“Soy y me llamo Nicolas Maduro Moro… Nicolas Maduro Moro y soy presidente de la República Bolivariana de Venezuela, secuestrado en una intervención militar estadounidense el sábado 3 de enero. Me considero un prisionero de guerra y quiero acogerme a los acuerdos de Ginebra…”
Con notable dificultad la traductora trataba de seguirle el ritmo a Maduro hasta que el juez que llevaba la audiencia (el experimentado Alvin Hellenstein de 92 años) interrumpió al líder venezolano para subrayarle que lo único que le había pedido es que confirmara su nombre completo.
—Fui capturado en mi hogar, en Caracas, Venezuela en una intervención militar —insistió Maduro.
—Déjeme intervenir en esto, porque y habrá tiempo y momento para profundizar en estos aspectos – atajó el juez para frenar el intercambio y comenzar con la lectura de cargos.
La audiencia de presentación, considerada como audiencia de absoluta rutina, se había transformado ya en una exposición de motivos políticos. Maduro tomó un bloc de notas facilitado por su abogado Barry Pollack, de esos amarillos tamaño carta, y comenzó a anotar frenéticamente mientras escuchaba al juez en voz de la traductora.
Metros atrás yo intentaba hacer lo propio en mi libreta con las palabras pronunciadas por Maduro y la reacción del juez, al tiempo en que trataba de no despegar la mirada del mandatario ante el temor de perder cualquier gesto o momento en tiempo real. Mientras, colegas de medios estadounidenses batallaban para entender lo que este sujeto de 1 metro 90 de estatura estaba diciendo en franco castellano.
Inocente y presidente
Concluido el resumen de cargos, ya ampliamente difundidos públicamente y entre los que destaca la acusación de narcoterrorismo, el juez preguntó a Maduro si había entendido el resumen del caso y si había tenido acceso a la acusación. El líder venezolano afirmó que era la primera vez que tenía el expediente en sus manos, que le gustaría leerlo con calma, pero que por lo pronto había entendido los cargos.
— ¿Puedo entonces preguntarle si se declara culpabe o no culpable de ellos señor Maduro? —dijo el juez en tono directo.
— No culpable, absolutamente inocente. Soy presidente… —respondía Maduro
— Me quedó con el no culpable en el registro —lo frenó otra vez en seco el juez decidido a evitar mayores intercambios.
Las mismas preguntas avanzaban también para Cilia Flores, la esposa de Maduro, acusada al igual que él de narcoterrorismo. Cilia estaba sentada a la izquierda de su esposo, solo separados en medio por uno de los abogados defensores. Su ropa: la misma camisa naranja y pantalón caqui del uniforme de los presos federales.
De un perfil mucho más discreto que el de Maduro (y una estatura promedio) Cilia se limitó a responder sin mayores intercambios las preguntas del juez, salvo cuando también quiso dejar en claro que no solo se llamaba como se llama, sino que además era la “Primera Dama y Primera Combatiente de Venezuela”.

Mientras eso ocurría, una reportera que estaba a mi lado me hizo ver que Cilia parecía tener algo debajo del ojo derecho. Aproveché que Maduro seguía abocado a su frenética escritura en el bloc que le dió el abogado para tratar de concentrarme unos minutos en ella y, en efecto, su rostro mostraba tanto en una mejilla como en la frente ciertos enrojecimientos y hasta moretones. O laceraciones, como le gusta decir a los expertos.
Casi al final de la audiencia los abogados quienes pidieron al juez que se ordene una revisión médica de su clienta pues afirman que es necesario esclarecer las circunstancias de esas lesiones, e incluso otras que podrían estar presentes como una posible fractura de costillas.
“Soy hombre de Dios”
La audiencia avanzó hacia su cierre con los detalles que desde ayer se han informado. No hubo petición de fianza, la defensa adelantó que presentará varias mociones suspensivas del proceso pues alegan, entre otras cosas, que Maduro tenía una inmunidad como jefe de Estado que fue violada, y se fijó para el 17 de marzo la primera audiencia de seguimiento del caso.
Maduro pidió permiso al juez para tomar la palabra por última vez. Hannigan, sin mucho entusiasmo, lo concedió. Tal vez pensaba, como yo y casi todos en la sala, que venía una proclama política de nueva cuenta. La petición, no obstante, resultó bastante más pragmática y … curiosa.
“Quiero pedir que se me respeten mis notas que he tomado en esta sesión. Que se me entregue posteriormente, así como la estoy dejando”, dijo Maduro.
El juez, que no se si en sus décadas de experiencia había escuchado ya antes una petición similar, dijo no tener ningún problema con ello. Los fiscales estadounidenses asintieron en que supervisarán que eso ocurra.

Con ello la audiencia terminó, pero la historia política en la que se había convertido la sesión tenía reservado un último instante. Al momento en que todos nos pusimos de pie porque el juez salía de la sala, los alguaciles le ordenaron a Maduro que se dirigiera hacia la salida y, para ello, tenía que girarse como al inicio, y vernos a todos de frente en la sección del público.
Cuando la mirada del líder venezolano avanzó hacia mi izquierda se encontró con un hombre que estaba sentado a dos metros de dónde me encontraba. Era una persona en el grupo del público que destacaba porque estaba vestido cual si fuera fiscal: traje oscuro, camisa blanca, y corbata negra impecable. El cabello totalmente arreglado. Pulcro.
-Vas a pagar por todo el daño que le has hecho al pueblo venezolano – le dijo en tono firme. No fue un grito, pero no hacía falta, porque la voz del individuo avanzó como navaja partiendo en dos el silencio que reviste la solemnidad de la sala
Maduro (político al fin acostumbrado a esto intercambios) no desaprovechó la oportunidad para responder de inmediato y poner con ello el epilogo de la sesión.
—Yo soy hombre de Dios. Estoy secuestrado… pero soy presidente —respondió al individuo.
—… y vas a pagar —le volvió a asegurar el hombre mientras los alguaciles de la sala ponían fin al intercambio con una orden de “ES SUFICIENTE”.
Sí. La primera audiencia del proceso contra Maduro fue una sesión digna de un proceso que a todas luces apunta a ser histórico. Y fue un privilegio estar en esa misma habitación del piso 26 de la Corte de Manhattan. Ser testigo de este pedazo de historia.



