El primer fin de semana de 2026 arrancó con una noticia que conmocionó al mundo: Nicolás Maduro fue capturado tras un ataque militar estadounidense a Venezuela. El impacto en México fue doble: una herida geopolítica que nos interpelaba se sumaba a la tragedia aún fresca del descarrilamiento del tren, obra emblemática de la 4T, con su estela de decenas de muertos.
Las cadenas de noticias en español saturaron la red con un mensaje triunfal: “El régimen ha caído”. Pero detrás del anuncio, el escenario es turbio y nos obliga a una disyuntiva visceral: ¿de qué lado estamos los mexicanos?
Para entenderlo, hay que mirar atrás. Venezuela es la paradoja trágica de un país empobrecido por su riqueza. Ancló su economía de forma suicida al petróleo, sacrificando toda otra industria. La renta petrolera no construyó patria; alimentó por décadas una corrupción sistémica que devoró todo a su paso.
Frente a esto, el gran protagonista de la puesta en escena, el secretario de Estado Marco Rubio, insiste en que es “cumplimiento de la ley”, no guerra. Pero cuando las bombas caen sobre el “pentágono venezolano” La Carlota y la Delta Force extrae a un presidente de su país, para el mundo es, lisa y llanamente, un acto de guerra. La historia advierte que estos conflictos, basados en pretextos flexibles, crean pantanos de “sangre y dinero”. Desde el Congreso de EE.UU., el senador Chuck Schumer ya lo alerta: sin una estrategia de salida, este es el camino a otro desastre.
La pregunta que nos atraviesa: ¿De qué lado está el corazón mexicano?
La crisis es emocional. Por un lado, la herida: ¿Cómo podemos alinearnos, aunque sea un instante, con el gobierno de Donald Trump? El mismo que nos hostiga y levanta muros. Sentirlo como una victoria sería una traición a nuestra dignidad.
Por el otro, la empatía: ¿Cómo negarle a un venezolano que llora de alivio en Caracas su destello de esperanza? Conocemos sus historias de hambre y huida. Es la solidaridad con el pueblo, no con sus gobernantes.
No hay respuesta fácil. Quizás la más honesta sea aceptar que podemos albergar ambos sentimientos en conflicto: una profunda desconfianza hacia los métodos de Trump y un anhelo genuino por la libertad del pueblo venezolano.
Un pronóstico que nos brinda claridad:
Esta intervención es la primera gran jugada de la segunda era Trump y definirá las elecciones de medio término en EE.UU. Se vislumbran dos escenarios:
- “Victoria Rápida” (Menos probable): Si para el otoño hay una transición ordenada en Venezuela, con menos drogas y migrantes y gasolina barata, Trump se fortalece con el relato del “presidente fuerte que puso orden en su patio trasero”.
- “Atrapado en el pantano” (El más probable): Si el caos persiste, aparecen bajas estadounidenses o la operación se expande, será un costo político alto. Los demócratas centrarán el debate en el “despilfarro de otra guerra interminable”, ganando terreno para recuperar el Congreso.
Sheinbaum en la viga de equilbrio
A esta ecuación se suma el juego de poder interno en México. La presidenta Claudia Sheinbaum está en una encrucijada, tironeada por dos legados.
Por un lado, el mandato ideológico de López Obrador, con su nacionalismo soberanista y afinidad con los gobiernos de izquierda en la región. Condenar a Maduro sin matices sería, para su base más dura, una traición.
Por el otro, ha sostenido, hasta el momento una relación funcional suficiente con Trump, vital para la estabilidad económica y de seguridad de México. Todo, del T-MEC a la migración, pasa por Washington. La “presidenta con a” no debe olvidar que la viga de equilibrio no sólo requiere destreza, sino la suerte de no ser sorprendida por un viento inesperado.
Construir desde la observación lúcida.
La política internacional nunca es aritmética pura. Los adversarios de EE.UU. invertirán en sabotear esta maniobra. Debemos ser lúcidos: esta acción obedece a intereses económicos y de seguridad nacional estadounidenses. El destino de los latinos no es prioridad en esa ecuación. Cualquier beneficio para los latinoamericanos será un efecto colateral, no el objetivo.
La postura más sabia es observar con atención crítica, sin idealizar a ningún actor. Nuestra tarea, desde este lado de la frontera, no es elegir entre el autoritarismo fracasado y el intervencionismo imperial. Es, con la frente bien puesta en nuestro contexto, tratar de construir, día a día, un México más estable, soberano y justo con base en el equilibrio del poder. Ese es el único destino que realmente está en nuestras manos. Feliz 2026.


