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jueves, enero 29, 2026

Nuestra Frida

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Me presentó a la dama el querido Miguel Ángel Ferrer –economista egresado del IPN–, a quien apodamos con cariño y respeto como “Mentor”. Ahora está retirado porque así lo decidió La China, su amada esposa, pero valga el reclamo: muchos extrañamos al chaparrito de estatura y al grande del análisis político. 

No sobra decir que me acompañó muchos años en redacciones, estudios y cabinas. Viajamos juntos y hasta hicimos buenos negocios. Pero seguramente lo tienen amarrado en casa, para que no se escape a malgastar su pensión con los cuates. “Mike” (como le digo de cariño) me heredó el cariño que siempre le tuvimos a Frida Modak Schatz. 

Ella se convirtió por muchos años en comentarista internacional en mis espacios noticiosos de Radio y Telefórmula. Después colaboró en Proyecto 40 (hoy ADN), en la Revista Libertas y en el Canal 34 de Mexiquense TV. El culpable maravilloso de todo ese trayecto fue el Mentor. 

Era muy vanidosa. No le gustaban mucho las cámaras. Llenita, pero con una cara hermosa, siempre muy bien arreglada, y con ese acento chileno inconfundible. 

Decía en colaboraciones periodísticas y cuando nos íbamos a comer, entre trago y trago, que nunca más volvería a su amado país. En 1972, la nombró Salvador Allende, secretaria de Prensa de la Presidencia. Fue la primera mujer en desempeñar esa función. 

Ella estaba ese terrible 11 de septiembre de 1973 en la oficina del Presidente, en el Palacio de la Moneda, en Santiago, cuando llegó el asesino de Augusto Pinochet. 

Ella fue testigo viviente del Golpe Militar que logró una dictadura que se extendió hasta 1990. Vio desde México las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, las limitaciones a la libertad de expresión, la disolución de los partidos políticos y el Congreso Nacional Chileno. 

Un día le pregunté en el restaurante Casa Bell –donde comíamos con ella, Ferrer y Franco Carreño papá–, si se había suicidado Salvador Allende. Sus ojitos se llenaron de lágrimas y me dijo que lo dudaba mucho. Ella salió huyendo por instrucciones de su jefe, por la parte de atrás de la sede presidencial. Corrió sin voltear y llegó milagrosamente hasta la embajada de México. 

Le dio asilo, sin chistar primero, Martínez Corbalá. Después dijo que le autorizó el presidente Echeverría mantenerla ahí. Literalmente escondió a la vocera gubernamental, el que después se convirtió en gobernador de su estado. Le salvó la vida el diplomático potosino. 

A un día de que se cumplan 52 años del Golpe Militar del asesino Pinochet, y de la muerte de Allende, recordamos con emoción a Frida Modak; y ojalá sirva este texto para que dejen salir a comer y tomar un par de copas, a quien me hizo amigo de esta gran chilena-mexicana.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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